En el que quizá sea el mejor libro sobre Hitler, Allan Bullock escribió en Hitler: a study in tyranny que la filosofía de Hitler es la filosofía “natural” de los albergues para personas sin hogar, una filosofía que aprendió viviendo en esos albergues de Viena durante un tiempo. Por supuesto, Bullock se olvidó de pedir perdón a las personas sin hogar porque entre ellas hay más de una filosofía y, sobre todo, hay filosofías contrarias a la que él identifica. Pero la que él identifica no es menos verdadera por ello. Tal y como se desprende de Mein Kampf y de los discursos y prácticas posteriores de Hitler, los elementos principales de dicha filosofía son los siguientes:
La idea de la lucha es tan antigua como la vida misma, pues la vida solo se preserva porque otros seres vivos perecen a través de la lucha. En esta lucha, los más fuertes, los más capaces, vencen, mientras que los menos capaces, los débiles, pierden.
En esta lucha, cualquier truco o artimaña, por muy inescrupulosa que sea, el uso de cualquier arma u oportunidad, por muy traicionera que sea, están permitidos.
Cualquier objetivo que los humanos hayan alcanzado se debe a su originalidad unida a su brutalidad.
La astucia es crucial: la capacidad de mentir, distorsionar, engañar y adular.
La eliminación del sentimentalismo o la lealtad en favor de la crueldad. Estas fueron las cualidades que permitieron a los humanos ascender. Y, sobre todo, la fuerza de voluntad.
Nunca confiar en nadie, nunca comprometerse con nadie, nunca admitir ninguna lealtad.
La falta de escrúpulos debe sorprender incluso a aquellos que se enorgullecen de su falta de escrúpulos.
Mentir con convicción y disimular con franqueza.
La desconfianza debe ir acompañada de desprecio.
Las personas se mueven por el miedo, la codicia, la sed de poder, la envidia, a menudo por motivos mezquinos e insignificantes. La política es el arte de saber cómo utilizar esas debilidades para sus propios fines.
Despreciar a las masas: las masas existen para ser manipuladas por el político capaz.
Los demócratas, en particular los socialdemócratas, envenenan la mente popular y explotan cínicamente el sufrimiento de las masas para sus propios fines. Los agentes de este envenenamiento son los judíos.
La historia no se repite y Hitler murió. Pero su filosofía está presente en dos políticos que dominan la actualidad política internacional. Esos políticos son Benjamin Netanyahu y Donald Trump. Está presente de diferentes maneras y por eso el Hitler de hoy tiene dos cabezas. Netanyahu es la cabeza del horror de la guerra, mientras que Trump es la cabeza del horror de la paz. Se dirá que no tiene sentido hablar de equivalencia con Hitler porque el núcleo central de su filosofía era el antisemitismo y los «Hitlers» de hoy, uno es judío sionista y el otro está incondicionalmente de su lado. La relación entre el sionismo y el judaísmo es muy compleja. Dada la intoxicación de la opinión pública que impera sobre este tema y la severa censura de las voces disidentes, no es fácil abordar esta cuestión. De ahí que abordarla sea muy importante para la supervivencia del pensamiento crítico al que, por cierto, el judaísmo europeo está íntimamente ligado y al que tanto deben los intelectuales críticos.
Sionismo y judaísmo
El historiador Yakov Rabkin resumiría así las contradicciones entre el sionismo y el judaísmo:
El sionismo fue, en sus inicios, un movimiento marginal. La oposición a la idea sionista se manifestaba tanto a nivel espiritual y religioso como a nivel social y político. La mayoría de los judíos practicantes, tanto ortodoxos como reformistas, rechazaban el sionismo, refiriéndose a él como un proyecto y una ideología que entraba en conflicto con los valores del judaísmo. Los judíos que se adhirieron a diversos movimientos socialistas y revolucionarios veían el sionismo como un ataque a la igualdad y como un intento de desviar a las masas judías de la búsqueda del cambio social. Por último, aquellos que, gracias a la Emancipación, se habían integrado en la sociedad en general y se habían convertido en liberales convencidos estaban convencidos de que el sionismo era, tan gravemente como el antisemitismo, una amenaza para su futuro. El nacionalismo judío fue, por tanto, rechazado porque se consideraba un peligro no solo para el judaísmo, sino también para el estatus social y los valores políticos de los judíos emancipados (What is Modern Israel? Londres: Pluto Press, 2016, p. 122).
A continuación se detallan algunas de las razones que han enfrentado a judíos y no judíos al sionismo1.
El sionismo es una forma de nacionalismo que contradice la idea de la diáspora. El fundador del sionismo, Theodor Herzl, consideraba que, al pretender la expulsión o la emigración de los judíos, los antisemitas eran los amigos y aliados más fieles del sionismo. El sionismo tiene su origen en la experiencia de los judíos de Europa del Este, sobre todo tras los pogromos de Rusia de 1881 que provocaron la emigración de los judíos hacia Occidente, creando tensiones entre los judíos orientales y los occidentales. El sionismo refuerza la idea de separación del pueblo judío, cuando este siempre ha luchado por integrarse en las sociedades en las que vivía con autonomía para poder practicar libremente su religión, ya que el judaísmo es una religión y nada más.
El escritor y publicista judío austriaco Karl Kraus consideraba que la esencia del sionismo era el antisemitismo. El sionismo sirvió a los intereses del imperialismo europeo (británico) para controlar el acceso a los recursos naturales de Oriente Medio. El Estado de Israel fue concebido como una colonia europea de poblamiento que garantizaría el acceso a los recursos naturales y la libertad de comercio con Oriente. En su libro publicado en 1896, Der Judenstaat (El Estado judío), Theodor Herzl afirma:
Suponiendo que Su Majestad, el Sultán, nos concediera Palestina, podríamos, a cambio, encargarnos de administrar todas las finanzas de Turquía. Formaríamos allí una parte de la muralla de Europa contra Asia, un puesto avanzado de la civilización frente a la barbarie. Como Estado neutral, mantendríamos contacto con toda Europa, que tendría que garantizar nuestra existencia (The Jewish State, Londres, 1946: 30).
El sionismo fue promovido por antisemitas, como Arthur Balfour, que querían deshacerse de los judíos de Europa. En 1850, no habría más de 9700 judíos en Palestina. El sionismo judío se combina hoy con el sionismo cristiano, que se basa en las ideas de la supremacía racial y la extrema derecha, ideas contra las que los judíos han luchado con gran tenacidad y sacrificio en los últimos cien años. El sionismo cristiano es una forma encubierta de antisemitismo. El sionismo fundamentalista que domina hoy la política de Israel es el principal responsable del aumento del antisemitismo en el mundo, incluso por la forma en que critica a los judíos antisionistas. Todos estos argumentos refuerzan la posición de que el sionismo, lejos de servir a la causa de la religión judía en el mundo, puede suponer, a la larga, un duro golpe contra ella.
Benjamin Netanyahu, el horror de la guerra
La lógica del exterminio preside la filosofía securitaria y expansionista de Israel. La guerra contra el islam es religiosa y, como tal, solo puede terminar con la extinción o la rendición incondicional del más débil. El enemigo a abatir debe inventarse sin cesar, desde Palestina hasta Siria, desde Irán hasta el Líbano. Por encima de todo, el enemigo no puede renacer de sus cenizas, de ahí que sea crucial asesinar a mujeres y niños. La paz es anatema. El expansionismo se basa en un elemento mesiánico cuyos orígenes pueden encontrarse en la obra de Moses Hess, Roma y Jerusalén (1862). Es inminente la victoria de la idea judía, el «Sabbath de la historia», como él la denomina. Cuenta hoy a su servicio con un nuevo instrumento mesiánico, la inteligencia artificial, la nueva divinidad tan irresponsable como los dioses, incluso cuando comete el escandaloso error de confundir una escuela con un cuartel militar, como ocurrió recientemente en Irán.
Al igual que Hitler, Netanyahu tiene prisa y es incapaz de detenerse. Al igual que Hitler, inventa o dramatiza agresiones para justificar la continuidad de la guerra y hacerla cada vez más violenta. Un poco de historia ayuda a aclarar las cosas.
Fue la prisa de Hitler la que dictó el inicio de la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia. Militares y diplomáticos se manifestaban en contra de esa prisa. Göring advertía que la economía ya se estaba viendo afectada por el esfuerzo exigido por la preparación de la guerra. Por no hablar de los ingleses de Chamberlain, que no tenían otra estrategia que las negociaciones de paz, Mussolini, socio del Eje, envió a Hitler el 30 de mayo de 1939 un memorándum secreto en el que pedía el aplazamiento del inicio de la guerra (si esa fuera la decisión) hasta finales de 1942. Hitler no respondió y su silencio fue interpretado por Mussolini como un asentimiento. Pero mientras fingía estar a favor de las negociaciones, Hitler exhortaba a sus comandantes el 22 de agosto: «Cerrad vuestros corazones a la piedad. Actuad con brutalidad».
Proponía un tratado de paz con Polonia que no era más que la capitulación total de Polonia. Celebró un pacto de no agresión con su declarado «enemigo irreconciliable», la Unión Soviética, solo para ganar tiempo, ya que su objetivo era conquistar Lebensraum (espacio vital) en el Este y, por lo tanto, un pacto para violar tan pronto como le conviniera, es decir, un año después. Definió la invasión de Polonia como una blitzkrieg, una guerra que duraría poco tiempo, y la justificó con la invención de una supuesta agresión polaca.
En un acto de bandera falsa, las SS atacaron la emisora de radio de la pequeña ciudad alemana de Gleiwitz, junto a la frontera polaca, vistieron a delincuentes alemanes con uniformes militares polacos y los mataron a continuación. Se había puesto en escena otra fatal agresión polaca. El 1 de septiembre, Hitler invadió Polonia. A continuación, se sucedieron seis años de carnicería que comenzaron contra combatientes enemigos para terminar contra los millones de civiles inocentes víctimas del holocausto.
Donald Trump: el horror de la paz
Donald Trump es a la vez el aliado incondicional de Netanyahu y el autoproclamado ángel de la paz. Solo en su segundo mandato, Trump se jacta de haber promovido 10 tratados de paz o alto el fuego: entre Israel y el Líbano, entre Israel y Hamás, entre Armenia y Azerbaiyán, entre la República Democrática del Congo y Ruanda, entre India y Pakistán, entre Israel e Irán, entre Camboya y Tailandia, entre Serbia y Kosovo, entre Egipto y Etiopía. La realidad nos dice que toda esta actividad en pro de la paz ha sido un espectáculo político. No ha logrado ningún resultado permanente y, en el mejor de los casos, solo ha permitido treguas temporales. Asia Occidental está en llamas o en ruinas.
Pero lo más grave es que, cuando está en juego uno de dos objetivos —el acceso a los recursos naturales o los intereses de su aliado incondicional, Israel—, las propuestas de paz de Trump significan, al igual que las de Hitler, la capitulación de la «otra parte», el eufemismo para designar al «enemigo irreconciliable». En lugar de una propuesta de paz, hay un ultimátum, la «paz fuerte» de la que habla Netanyahu en sus escritos2, que no es más que la paz del más fuerte, la paz del fait accompli. Se trata, pues, de una paz violenta. Una paz horrible al servicio de una guerra horrible.
¿Por qué las dos cabezas de Hitler?
Si analizamos con atención los discursos y las prácticas políticas de Netanyahu y Trump, verificamos que los doce puntos de la ideología de Hitler están muy presentes. Pero están presentes de manera diferente y, sobre todo, con estilos diferentes, y esa diferencia no es casual. Pretende reforzar la eficacia de ambos. Mientras que Hitler se encargaba él solo (con Ribbentrop, Göring y otros) de proponer negociaciones de paz y de boicotearlas cuando le convenía, siempre con el objetivo de intensificar la guerra, hoy existe una división del trabajo entre dos “Hitlers”: el que propone negociaciones y planes de paz (Trump) y el que los boicotea e intensifica la guerra (Netanyahu).
Solo por ingenuidad se puede pensar que no están compinchados o que, al menos, no existe entre ellos un pacto para aceptar todo lo que hace el otro siempre que sirva al objetivo común de destruir a los pueblos islámicos de Oriente Medio para controlar los recursos naturales y neutralizar a China. La tragedia (y la comedia) de nuestro tiempo es que se necesitan dos “Hitlers” para hacer un Hitler. Un Hitler de dos cabezas, el monstruo de nuestro tiempo.
Notas
1 La bibliografía sobre este tema es inmensa y puede consultarse a partir de textos como:
Mazin B. Qumsiyeh, Sharing the Land of Canaan. Londres: Pluto Press, 2004: 67-84 (con bibliografía recomendada).
Robert Wistrich “Anti-zionism and anti-semitism” Jewish Political Studies Review, 2004, vol. 16, 27-31.
Walid Sharif “Soviet Marxism and Zionism”, Journal of Palestine Studies, 1977, vol. 6, n.º 3, 77-97.
Mim Kemal Oke “The Ottoman Empire, Zionism, and the Question of Palestine (1880-1908)” International Journal of Middle East Studies, 1982, vol. 14, n.º 3: 329-341.
Sara Roy, Mark Braverman, Ilan Pappe et al., Prophetic Voices on Middle East Peace (Claremont Studies in Contemporary Issues, Libro 1), Claremont Press, 2016.
Abdul-Wahab Kayyali, “Zionism and Imperialism: The Historical Origins”, Journal of Palestine Studies, 1977, vol. 6, n.º 3: 98-112.
2 Laura Drake “A Netanyahu Primer” Journal of Palestine Studies, 1996 vol. 26, n.º 1: 58-69. Shalom Lipner, “The Chosen People vs. Their Chosen People: Israelis Are the Victims of the Political Shenanigans of Their Elected Leaders”, Atlantic Council (2020).
Anthony H. Cordesman, “Israel and the Palestinians: From the Two-State Solution to Five Failed ‘States’”, Center for Strategic and International Studies (CSIS) (2021).















