Últimamente los finales no me satisfacen. Hablando con amigos escritores y guionistas, coincidimos en un punto que no se ha analizado lo suficiente: el fracaso a la hora de cerrar las historias.
¿Cuántas veces os ha pasado que estáis viendo una película que es excelente, que propone desafíos interesantes, con personajes profundos y bien preparados, con una trama que crece y crece y cada vez atrapa más… y en cuanto llega el final todo se cae por los suelos?
Siempre ha habido ese tipo de historias. La mayoría nacida de una idea genial, única, atrapante. Pero la idea no se sostiene por sí sola, ni puede sostener noventa minutos, ni trescientas páginas.
Una muy buena idea no es garantía de un buen guion y menos de una gran película o de una excelente novela.
No todo lo que brilla a primera vista puede llegar al buen puerto de las producciones de formato largo. Hay ideas que son excelentes para un relato corto, hay sensaciones tan profundas que son dignas de un buen poema, hay historias tan bonitas que se merecen un cortometraje. No todo tiene que llenar el espacio que nos piden que llenemos o que nosotros mismos —más de una vez somos nosotros mismos, los creadores— nos obligamos a llenar.
Bajo mi punto de vista, las ideas son únicas y cada una puede expandirse en creaciones en más de un formato, pero no son elásticas.
Me explico.
Hay ideas capaces de alojar en ellas subtramas, temas secundarios y muchos personajes conectados.
Funcionan a modo extendido y, como un fin en sí mismas y al mismo tiempo como un contenedor de otras que tienen que ver con ellas. Esas ideas ya desde el inicio tienen una potencia capaz de alojar más que a ellas mismas. Esas ideas son las que terminan siendo novelas, series, largometrajes, proyectos audiovisuales y musicales.
Pero no todas las buenas ideas necesitan o exigen formatos de ese tipo. Hay ideas excelentes que se materializan en una canción, en un poema, en un relato corto o en una escena de un cortometraje y no necesitan más. Y no son menos tampoco. Las ideas de formato corto —llamémoslas así— son tan puras e intensas, tan duraderas y fantásticas como pueden ser las demás ideas. Pueden llegar a buen puerto satisfaciendo a la audiencia durante un tiempo más corto, tal vez, pero permitirán mil relecturas, muchas más interpretaciones y visionados. Esas ideas tienen una entidad en sí mismas y su expresión artística no desmerece la idea que las origina siempre que se respete su entidad y su extensión.
El problema ocurre cuando el autor o —muchas veces, la mayoría de ellas— el editor, el director o el productor decide extender esa excelente idea para sacar mayor provecho. ¡Craso error!
El ejemplo mayúsculo de esta expansión lo tenemos en las temporadas extra que se añaden a una serie que ha triunfado tras la primera, donde el elástico se estira por años y capítulos hasta que ya nadie soporta ver algo que era fantástico al inicio. Pero no es el único ejemplo. Como decía al inicio de este artículo, ocurre mucho con las películas, los largometrajes. Cada vez hay más historias de hora y media o dos horas a las que les sobra más de la mitad de su extensión y, desgraciadamente, deslucen al final. Una gran idea puede estar en una o dos escenas y no es fácil sostener una gran idea mucho tiempo si esa trama no lo merece. Intentar extenderla artificialmente es algo que puede que colara al inicio del siglo XXI o en el siglo XX, y es posible incluso que no fuera tan evidente, pero hoy en día es algo que todo el mundo ve y muchos toleran apelando al entretenimiento como tapadera para ese tipo de trucos baratos.
Las novelas no se quedan atrás. Aunque es un formato que fomenta mucho más la imaginación, tampoco está permitido hacer que los lectores imaginemos cosas que no llevan a ningún lado con el solo objeto de tener en nuestras manos ladrillos, porque están de moda los formatos de más de cuatrocientas páginas. No es así. No todas las buenas novelas tienen que ser ladrillos ni tener mil subtramas. No todo lo largo es mejor ni todo lo detallado se entiende más o es más profundo, todo lo contrario. Muchos editores siguen creyendo esa vieja usanza de que los buenos lectores, una vez que empiezan una novela terminarán de leerla sea esta buena o no, tenga paja en el medio o no. Eso se está acabando. Cada vez somos más los lectores que dejamos una novela inacabada porque el autor ha empezado a dar vueltas en círculos y no nos quiere llevar a ningún lado, hasta que lleguemos a la página trescientos cuarenta.
Y cada vez son más los espectadores que dejan una película a medias. El cine nos obligaba (de forma relativa) a quedarnos en la sala porque habíamos pagado una entrada y nos daba cosa salir a oscuras, pero ahí y más en casa con las plataformas digitales, muchos estamos empezando a plantar cara a las escenas que no van a ningún lado. Siempre he visto necesaria una, dos o tres escenas de transición para relajar la tensión del momento, son completamente necesarias, pero las películas en las que durante media hora no pasa absolutamente nada, donde los personajes no crecen o decrecen, donde el sentimiento es siempre el mismo y la iluminación y los planos no aportan nada durante un buen rato, amigos, eso no es por lo que pagamos una entrada o una cuota de la plataforma. La vida está para vivirla, para disfrutar y que al final la historia quede inconclusa porque el guionista no sabía cómo terminar con tanta intensidad, que no sepa cerrar como se debe una buena historia, eso merece una crítica negativa.
Planificar, pensar en el receptor de la historia y, sobre todo, saber administrar la intensidad y los momentos es fundamental para acabar bien. Si no está claro el final, si el autor y todo el equipo que participa en una ficción no saben dónde quieren llegar y qué quieren lograr en sus espectadores o lectores cuando acaben la obra, sin eso, no merece la pena empezar, porque, bajo mi humilde punto de vista, es un fraude (si es premeditado) o un desperdicio en el mejor de los casos.
Los finales son para acabar, para cerrar y para dejar en un lugar distinto al espectador, al lector. Si nada ha cambiado o nos deja como si nada hubiera cambiado, lo siento mucho; prefiero no participar en ese juego.















