Esta escuela es desde un punto de vista social y cultural un país en pequeño formato, los estudiantes llegan de diversos estratos sociales y rincones del país. El primer día partí de casa con desordenado pelo largo y una actitud de rebeldía. Al despedirme de la familia, quedé a merced de oficiales del ejército vociferando órdenes que nadie entendía. Tediosas formaciones para ser trasquilado por el peluquero, recibir un uniforme holgado y botas marciales que odie al momento de calzar. Desde ahí te convertías en un perro y según tu raza te defenderás como perro faldero o pitbull callejero.

Empecé a codearme con un alumnado separado por edades en diez divisiones y dos secciones. Éramos un grupo variopinto: alumnos humildes, arrogantes o engreídos, clase baja, media y unas pocas familias adineradas. Llegué a la séptima sección con cadetes de la misma edad, que te protegían contra abusos de los mayores. En las primeras secciones ya había unos cuantos padres de familia.

Mario Vargas Llosa, en la novela La ciudad y los perros, con sus personajes, ilustra bien la vida cotidiana. Están los prepotentes como el Jaguar, los que soportan todo tipo de vejaciones, como el cadete Arana apodado el Esclavo, por ser de color y un subordinado de todos. También está el Poeta, que ganaba dinero escribiendo novelas eróticas y cartas de amor. Este personaje es el alter ego del escritor, como lo pude comprobar años atrás. Muchas vivencias fueron descritas en su primera novela exitosa.

Algunos padres envían a sus hijos para propiciar una carrera militar, otros para enderezar con rígida disciplina a hijos incontrolables; también hijos de padres divorciados, o los interesados en la reputación del colegio. Sea cual fuera el motivo, debíamos elegir un arma con la que nos identificaríamos: caballería, infantería, artillería, etc., y quien no aprobaba el curso para oficial era un sargento.

Podrán imaginar que eso de ser sargento no era motivo de deshonra. Era un puesto cómodo que reflejaba mi escaso interés en convertirme en un militar. El mayor de mis hermanos pertenecía a una promoción anterior, por lo que tuve un grado de protección. Gracias a ello, pude defenderme y protestar, y obtuve independencia y disciplina que mantuve durante mi transitar en la vida. Usar el sentido común y navegar con bandera de cojudo fue parte de este proceso.

Las clases eran iguales que en los colegios, pero con instrucción militar y rígida disciplina. El día se iniciaba con el toque de diana a las cinco y media, a los malacates, tender tu cama, tomar desayuno y prepararse para el día de clases. Si por dejadez, la cama estaba mal tendida, o tu porción de piso no iba con cera, tendrías un castigo, si tus zapatos extrañaban betún o quedaste dormido en la imaginaria los puntos irían sumando.

La salida era el sábado al mediodía y el retorno el domingo a las diez de la noche, pero en la lista de castigados mi nombre aparecía habitualmente. Los puntos en contra me impedían salir, y era mi madre la que a veces visitaba; como lo hizo cuando cumplí quince años y de regalo le supliqué me llevara comida china que compartí con otros castigados. Detesto a los abusivos y el colegio andaba lleno de gente que había sido abusada y ahora era abusadora. A la hora del almuerzo nos sentábamos en mesas con instructor, ahí rotábamos para servir las comidas. “Los soldados han estado practicando tiro con las gaviotas”, era la inocente broma cuando comíamos pollo aún con plumas. Un instructor se había ensañado con un muchacho andino. Él era humilde, pero astuto, cholito pero avivado. Lo castigaban antes de las comidas. Una historia como tantas, pero su venganza es digna de mencionar.

Este muchacho tenía caspa y cuando le tocaba servir, la añadía a la sopa, como sazonador.

Los dos últimos eran castigados, y casi siempre éramos los mismos el Mostro Rivera y el Chorreado, que en la jerga militar describía a un cadete nada prolijo. Los viernes en la noche veíamos películas en pantalla grande. Todos esperábamos ver calatas o mujeres desnudas, lo cual ocurría pocas veces —para desilusión de todos—.

Mi hermano, Miguel, duró poco como cadete, ya a mediados había dejado el colegio al recibir una golpiza que le comprometió un riñón. Tuvo que ser internado durante dos meses en el Hospital Militar. El suboficial Uchu-Puma, o Puma frío, estaba a cargo de la séptima sección. Este personaje, al que no llegué a odiar, pero era recontra bruto, fue el causante de muchos encierros. Miguel se había burlado de él y ahora se vengaba conmigo. Fue así como se gestó uno de mis apodos: Panetón, este biscocho solo aparece en las fiestas. Este apodo junto al de “Pura Fibra” por ser flaco y sin músculos, son recuerdos de la vida militar.

A los nuevos el primer año, les llaman perros, tal vez por la docilidad con la que llega la mayoría. A los chivos de segundo año se les llama así porque adquieren libertad y espacio para moverse. Las vacas son del quinto año, especulo que algún hindú estuvo involucrado con este sobrenombre. A los perros se les hace pasar pruebas de iniciación que reflejan el tormento que las vacas sufrieron cuando fueron perros. La fórmula era a mayor abuso, mayor venganza.

Había requisas semanales, como en las prisiones, y tenías que idear escondites para todo lo ilícito. Recuerdo un decomiso de cigarrillos. Existía un “mercado negro” de venta de cigarros que es donde, terminaban esas confiscaciones. En una requisa de puro cachaciento les dije que tenía cigarros y los desafié a encontrarlos; me acusaron de mentiroso. Entonces reaccioné mostrándoles un pequeño corte en el colchón, perjudicándome estúpidamente. Después de cenar nos íbamos al estadio para aprovechar la poca luz y fumar cigarros, fui detectado por un oficial en plena fumadera y me obligaron a consumir todos los cigarros sin el uso de las manos. Me intoxiqué de nicotina y detuve la ingesta. Le debo un gran favor al oficial.

En el colegio militar trabajaban solo dos mujeres, eran secretarias de la alta dirección. Una de ellas era apodada la “rompan filas”, una impresionante mujer de medidas extragrandes.

También cumplíamos múltiples tareas, una de ellas era rotar en un servicio nocturno de vigilancia para cuidar a los que dormían. A esta tarea se le conocía como “La Imaginaria”. Cada dos horas cambiamos de turnos y, portando tu Mauser de reglamento, nos ubicábamos en la puerta a esperar a los oficiales quienes podían sorprenderte en cualquier momento. Recuerdo a un muchacho de escasos recursos, que remplazaba a quien estuviera dispuesto a pagar para hacer de centinela. Lo cierto es que después de las noches de imaginaria a uno lo encontraban durmiendo en clases.

Cuando mi padre se enteró de que yo no sería recibido para el quinto año —por mala conducta—, fui obligado a ir a trabajar; mientras todos disfrutaban el verano en la playa. Había acumulado demasiados puntos y me vi forzado a dejar el colegio. Sentí tristeza al no poder compartir más los lazos de amistad durante años de aprendizaje. El Loco Chiquilla fue un compañero que llegó a general de la policía, el Cochino fue uno que le huía al aseo, el Achorado1 se orinaba en la cama, el Pajero, no necesita presentación, Pestañita nació sin pestañas, Pisco venía del puerto, el Chato Javier, el Negro Siguar, el Cholo Huarca y muchos más de la séptima sección de la XXXI promoción, tenemos en cada una de las vicisitudes, recuerdos que nos unieron durante los años de cadetes. En el 2026 cumplimos las Bodas de Oro, espero con ansias el reencuentro con los cadetes de la 7 sección.

Notas

1 De “choro” que significa “ladrón” en argot peruano. Achorado sería el comportamiento desafiante e insolente. Actualmente puede también significar “valiente” o “agresivo”.