La política a nivel internacional y local está en llamas prendida por las decisiones y acciones de modernos Calicles que ven en la fuerza el único criterio político válido. Y citando a Don McLean, “fire is the Devil's only friend”, el contexto actual tiene una dimensión espiritual, al menos a nivel narrativo o argumentativo. Porque desde Trump hasta Netanyahu, los movimientos populistas de derecha o de democracia iliberal recurren a argumentos religiosos o, siguiendo al filósofo Carl Schmitt, al desenmascaramiento de la “Teología Política”.
Estamos viendo los intentos por producir un proceso de secularización política, un retorno a las narrativas irracionales e integristas donde la fe tiene espacio centrado en la vida política. Como si los textos sagrados, las interpretaciones religiosas o los accesos privilegiados a la realidad justificaran guerras, violencia o abiertos actos de genocidio. La irracionalidad es celebrada por políticos y sus férreos defensores atacando uno de los fundamentos de una sociedad libre y tolerante.
Estamos a veinte años, más o menos, de la irrupción pública de los llamados “Cuatro Jinetes del Nuevo Ateísmo” —Richard Dawkins, Sam Harris, Christopher Hitchens y Daniel Dennett—, quienes buscaban combatir la religión como problema público, pues no es neutral, sino que puede ser dañina, sobre todo en sus formas dogmáticas; y promover y defender una visión científica y racional del mundo.
De los cuatro, el más mediático y con mayor difusión fue el biólogo Richard Dawkins. Nacido en 1941 en Nairobi, Kenia, entonces parte del Imperio británico, es uno de los biólogos evolutivos más influyentes del mundo contemporáneo, así como una figura central en la divulgación científica. Estudió en University of Oxford y su contribución académica más importante se encuentra en el campo de la biología evolutiva con la publicación de The Selfish Gene. Dawkins propone una interpretación gene-céntrica de la evolución, donde los genes —y no los organismos o las especies— son las unidades fundamentales de selección natural. Este enfoque reformuló el darwinismo clásico de Charles Darwin y tuvo un impacto duradero en la teoría evolutiva. En el mismo libro introdujo el concepto de “meme”, entendido como una unidad de transmisión cultural análoga al gen.
En sus obras The Blind Watchmaker y Climbing Mount Improbable buscan explicar la complejidad biológica sin recurrir a un diseñador inteligente, defendiendo la capacidad explicativa de la selección natural. A partir de los años 2000, Dawkins adquirió notoriedad por su crítica abierta a la religión en The God Delusion. Argumenta que la creencia en Dios es una ilusión y que la religión puede ser perjudicial para la sociedad. También fundó la Richard Dawkins Foundation for Reason and Science, orientada a promover el secularismo y la educación científica.
El proyecto Richard Dawkins es luchar contra la religión, la superstición y el pensamiento irracional. Su modelo, que algunos definen como un nuevo cientificismo, es decir, la reducción de la validez del conocimiento humano al conocimiento científico. Solo aquello que pasa por el método científico será aceptado. Su propuesta está lejana al positivismo, pues no es verificacionista, ni multimetódica; en parte porque su modelo de cientificidad no tomaba como referencia paradigmática a la física, en particular la física newtoniana; en contraste toma como modelo a la biología evolutiva; y se fundamenta en la centralidad de la selección natural y en una interpretación gene-céntrica de los procesos vitales, según la cual los fenómenos biológicos, culturales e incluso ciertos aspectos del comportamiento humano pueden explicarse en términos de replicación, adaptación y competencia genética. Así, mientras el positivismo clásico buscaba leyes universales de tipo físico, Dawkins tiende a generalizar el esquema explicativo evolutivo como marco comprensivo amplio, extendiéndose incluso al ámbito cultural mediante conceptos como el “meme”.
La propuesta de racionalidad científica de Dawkins es cercana a las propuestas de Karl Popper. El criterio de demarcación entre la razón y lo irracional es el falsacionismo metódico; es decir, hay que recopilar evidencia siguiendo las pruebas de verificación y los métodos lógicos válidos, frente a teorías que son falsables. En otras palabras, que son aceptadas como verdaderas hasta que se demuestra lo contrario. Al mismo tiempo, superando los prejuicios que acompañaron a los ilustrados clásicos, Dawkins cree que la capacidad racional no es exclusiva de un o unos grupos étnicos en concreto, sino que al ser todos miembros de la misma especie, la capacidad racional, y por lo tanto de hacer ciencia, es universal entre todos los seres humanos.
Para Dawkins, la biología humana garantiza la universalidad y la igualdad de derechos entre todos los seres humanos. Nuestras diferencias fenotípicas, ni las genotípicas, son lo suficientes para hablar de “razas humanas”; sólo hay una raza humana. La ciencia neo-ilustrada no es etnocentrista o reducida a la cultura occidental; la biología permite hablar de una igualdad extra entre todos los seres humanos.
La filosofía de la ciencia de Richard Dawkins puede entenderse como una postura cercana al espíritu crítico de Karl Popper y con afinidades pragmatistas: el conocimiento no se concibe como un conjunto de verdades absolutas, sino como hipótesis siempre revisables a la luz de la evidencia y la investigación constante. En este sentido, su enfoque privilegia la crítica, el contraste empírico y la apertura al error como motores del avance científico. Al mismo tiempo, Dawkins mantiene una relación ambigua con los compromisos metafísicos: aunque rechaza explicaciones sobrenaturales, su confianza en la capacidad explicativa de la ciencia implica ciertos supuestos de fondo que no siempre explicita. Finalmente, su visión se alinea con una idea pragmatista del significado, donde las teorías científicas valen en la medida en que producen consecuencias prácticas, explicativas y predictivas, especialmente dentro del marco de la biología evolutiva, que funciona como su principal modelo de comprensión del mundo.
Como intelectual, es decir, académico que busca influir en la vida social y política. Así Dawkins buscaba colaborar en la formación de una sociedad racional e ilustrada que rechazara toda forma de irracionalidad como la superstición, pensamiento religioso, la espiritualidad, lo sobrenatural y la postmodernidad. Era una preocupación fundamental de Dawkins luchar contra el fanatismo religioso post 11S. La neo ilustración, como su versión previa de los siglos XVIII y XVIII, cree que una sociedad racional, será aquella donde la razón científica será la garantía de una sociedad más humana.
La actual tendencia a rescatar el integrismo religioso, el rechazo a la sociedad secular por parte de los líderes de extrema derecha en países del “mundo libre” y el retroceso de democracias plenas a democracias imperfectas o regímenes híbridos son la clara muestra del fracaso del proyecto de Dawkins. ¿Por qué falló? Muchas razones podemos encontrar, pero creo que la principal es una pobre comprensión filosófica por parte de Dawkins. Siendo un gran biólogo, Dawkins tiene muchas fallas en sus comprensiones filosóficas. Su visión de lo irracional, lo racional y su relación con nuestro comportamiento es simplista y reduccionista. Pone en la misma categoría las ridículas hipótesis de los creacionistas evangélicos o curanderos newage que abusan del uso de términos como “cuántico” y “energía”; hasta religiones con profundas y valiosas tradiciones intelectuales como el catolicismo y el islam. Es verdad que Dawkins se encuentra con representantes de ambas religiones con amplia ignorancia en temas de ciencia o abierta aversión a la misma como el cardenal australiano George Pell; pero también se encuentra con el Padre George Coyne con quien tiene una plática de alto nivel intelectual.
George Coyne fue un sacerdote jesuita estadounidense (1933–2020), reconocido internacionalmente como astrofísico y como una de las voces más relevantes en el diálogo entre ciencia y religión. Obtuvo su doctorado en astronomía en la Georgetown University y realizó estudios e investigación en instituciones científicas importantes como la Fordham University y el Vatican Observatory. En el Observatorio Vaticano fue director entre 1978 y 2006. Su trabajo científico se centró en áreas como la evolución estelar, la polarimetría y el estudio del polvo interestelar, participando activamente en la investigación astronómica contemporánea.
Más allá de su labor técnica, Coyne destacó por su postura intelectual: defendía que la ciencia y la fe no deben confundirse ni competir, sino dialogar desde su autonomía. Fue particularmente crítico de los intentos de “probar” científicamente la existencia de Dios —como el diseño inteligente— porque, a su juicio, eso distorsiona tanto la teología como la ciencia. Para el padre Coyne sostuvo que no existe una contradicción necesaria entre la fe religiosa y la ciencia, siempre que ambas se comprendan en sus respectivos ámbitos y métodos. Defendió una visión del universo marcada por la contingencia y la apertura, donde la evolución cósmica no responde a un diseño rígido, sino a procesos dinámicos que dejan espacio para la novedad y la libertad.
Además, Dawkins no supo responder a los cuestionamientos que desde la filosofía y la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y el postestructuralismo de Michel Foucault se hacen a la ciencia. Su admiración a la ciencia no le permite ver la validez de dichas críticas y las descarta como errores infantiles o cargados de ignorancia.
Así que hoy en medio del tumultuoso 2026 nos enfrentamos con movimientos políticos irracionales y cargados de los vicios más ridículos del pensamiento religioso. Narrativas y proyectos políticos no falsacionistas, es decir, incapaces de aceptar sus errores, donde la fe en una religión en particular es usada como criterio de identidad de grupo justificando como “divina” la división entre nosotros y ellos (o el otro absoluto) llegando al absurdo extremo de referirse al grupo social o identidad nacional como el pueblo elegido por el dedo de Dios. Estos movimientos recurren a argumentos religiosos en las discusiones públicas que deberían ser seculares, están dirigidos por figuras mesiánicas y terminan volviéndose en estructuras institucionales idénticas a culto/secta religiosa.
Valdría la pena retornar al proyecto de Richard Dawkins con un mejor entendimiento de la filosofía de la ciencia y epistemología. A la luz de tres filósofos: Locke y la tolerancia religiosa; Popper y el falsacionismo; Aristóteles con la apertura a conocimientos no científicos, como la literatura, filosofía y el arte.















