Muchos años atrás, leía en una publicación de moda para adolescentes de entonces, en relación con no sé quién algo acerca de que se podría empapelar una habitación entera con las fotos de todas las jóvenes promesas que han caído en el olvido. Y eso me dio que pensar: ¿una habitación cómo?, ¿fotos normales o de carnet? Después, yo que siempre he sido de obsesionarme, empecé a fijarme en las series y películas que veía, y anotaba los nombres de los jovencitos protagonistas o de sus amigos para intentar seguirles la pista. De haber tenido por entonces internet a mi alcance, mis pesquisas hubieran sido mucho más fructíferas.
Hace poco más de un año se publicaba el libro de uno de los niños de la serie Los Serrano, Víctor Elías, Yo sostenido. Sin haberlo leído, ya solo con conocer el resto del título, “Historia de un juguete casi roto”, puede uno imaginarse por dónde van los tiros.
Hay niños que son una monada y otros que, aun no siéndolo, a los padres se lo parecen. Normalmente, esta adulación sin límite no sale de los confines del entorno familiar; pero, en ocasiones, esos progenitores, sabedores de la belleza y el arte sin parangón del retoño, no pueden menos que hallar la manera de mostrarlo al mundo, como en aquella escena del Rey León.
Va a ser un niño estrella del que van a presumir sus compañeros de clase por el mero hecho de salir por televisión, y que va a ingresar periódicamente a la economía familiar una cantidad generosa, sin que se acuse de explotación infantil. En algunos casos, se trata de intervenciones mínimas, para hacer bulto, como la niña pequeña de Médico de familia, que lo más que dijo en las nueve temporadas fue “no me gusta la sopa”, o algo igual de reseñable. Otras veces, serán papeles más destacados que, además, se van a prolongar en el tiempo.
Reconocemos a muchos niños que hemos visto crecer en todas esas series familiares, con tan buena acogida que llegan a extenderse más de una década. De alguna manera, es algo similar a la película aquella de Jim Carrey en la que vivía una vida de mentira (metaficción: ficción dentro de la ficción): ¿cómo distinguir la vida real de la que interpretas?
Nos acomodamos para asistir a las alegrías y sinsabores que tienen lugar al otro lado de la pantalla, entre un elenco de risueños personajes que bien cambiaríamos en muchos casos por los que tenemos a nuestro alrededor: reímos, sufrimos, nos emocionamos y preocupamos por ellos; los vemos crecer, evolucionar, equivocarse, aprender. Son la familia a la que quisiéramos pertenecer.
Luego, un día, se acaba porque ya no se sabe qué más contar y nos sentimos desolados, como que perdiéramos algo. Pero nuestra vida sigue; faltaría más. En cambio, qué sucede con los chavales que durante años dieron aliento a alguien que nunca más volverán a ser, aunque por la calle les sigan señalando como “mira, ese niño salía en Farmacia de guardia”.
En el mejor de los casos, se reinventarán en la vida de otro ser que no es, que de nuevo tocará a nuestra puerta para insuflar nuestros días de emociones renovadas. Castillos de humo elaborados de sueños y un montón de palabrería pedante y hueca. Pero qué sucede con sus verdaderas vidas: el colegio, los amigos, las extraescolares, el inglés, las pellas, pegar patadas a un balón, tirar piedras a los tejados, las matemáticas, reírse de los compañeros, copiar en los exámenes, la guerra de tizas.
En el peor de los casos, tendrán que volver a sus vidas. A tener una infancia normal y rodearse de la gente de verdad, que los quiere sin que tengan que representar un papel. O puede que eso sea lo mejor que les podría pasar.
Aunque lo de juguete roto resulta una expresión muy manida por lo perfecto de la metáfora, rápidamente, al echar mano de ella, vienen a la mente casos que cualquiera identificaría como el mejor de los ejemplos. Con frecuencia, estas vidas de estrellato y glamour llevan consigo los excesos y el desenfreno desmedido: adicciones, problemas de autoestima, depresión, trastornos alimenticios o historias de abuso se acurrucan a la sombra, escondidos tras los focos.
Niños que se desarrollan en mundos paralelos, con padres desvinculados del niño precoz que se gana la vida solo, vete a saber con qué valores y un montón de dinero en el bolsillo. Se podría mencionar a las gemelas Olsen, que de chiquititas, cuando se alternaban para hacer el papel de la benjamina de Padres forzosos, eran muy graciosas, pero que hoy lucen en la alfombra roja, escuálidas, sin tener otro motivo para hablar de ellas que ese y el de su extravagante vestimenta.
Es por todos conocido el viaje a los infiernos de Drew Barrymore. Estrella de una de las grandes producciones de Hollywood, con solo siete años, su madre la animaría a asistir a fiestas en las que codearse con quienes podrían impulsar su carrera de joven actriz, de tal manera que con trece años ya era alcohólica, drogadicta, había intentado suicidarse y era incapaz de saber con quién había perdido la virginidad. Por suerte, o por un milagro, contra todo pronóstico, fue capaz de salir del lodazal y hoy nos sigue deleitando con la misma sonrisa adorable que ya tenía en 1982 cuando lo del extraterrestre.
Otras estrellas infantiles tuvieron menos fortuna en el viaje tortuoso de la vida. La lista de chiquillos que tuvieron en su mano la oportunidad de comerse el mundo y que acabaron siendo devorados antes de llegar a la treintena es enorme. Jóvenes, guapos y con talento que se fueron al otro barrio después de ponerse hasta las trancas, entre otros muchos, River Phoenix, Brad Renfro, Ashleigh Aston Moore, Bridgette Andersen, Bobby Driscoll o Anissa Jones; en concreto, con esta última, el médico que se ocupó de la autopsia dijo algo así como que no había visto antes tal cantidad de drogas en el organismo.
Otros vieron cómo los focos se apagaban tras haber sido las estrellas de su propio show y el teléfono dejaba de sonar para darles un trabajo. Es la realidad con la que convivió Jonathan Brandis, lejos ya de salir en las revistas donde se codean los famosos del momento, hasta que la depresión le llevó a colgarse de una biga. El mismo camino que escogieron Rusty Hamer o Lee Thompson Young.
También fue muy sonado el caso de Macaulay Culkin y los hermanos, cuyos padres vieron en su progenie la gallina de los huevos de oro. Y fue todo muy bien, con el chorreo de dinero que ingresaba regularmente el montón de chiquillos que tenían trabajando en la industria del cine. Hasta que estos se revelaron y los problemas empezaron a cobrar el protagonismo que los niños ya habían perdido. El niño rubio, espontáneo y simpático de Solo en casa volvía a salir por la tele para alardear de sus miserias y exhibir comportamientos que eran buena muestra de haber perdido el norte.
En un reciente documental, Los niños de Hollywood, se da voz a los adultos en los que se han convertido para contar la experiencia que vivieron. Uno de ellos es Wil Wheaton, conocido por sus papeles en Cuenta conmigo y Star Trek: The Next Generation, que sirve de broma constante en sus apariciones de los últimos años en Big Bang Theory. Explica Wil cómo su madre quiso experimentar con él lo que ella hubiera querido tener para sí, dejando a un lado la voluntad y el deseo del menor, lo cual derivó en traumas posteriores. Ahora aboga con vehemencia por el trabajo con la enfermedad mental y los derechos de los actores infantiles.
Estos son términos muy recientes de los que antes no se hablaba. Como tampoco de los abusos, la explotación o la presión a los que eran sometidos. Judy Garland, que acabó sus días con solo 47 años por una sobredosis accidental debido a la dependencia de los barbitúricos (además del alcohol) que arrastró durante toda su vida, es uno de tantos ejemplos. El padre de Judy era dueño de un teatro y ella actuaba junto a sus dos hermanas de manera habitual en los vodeviles (“The Gumm Sisters”), hasta que la Metro Goldwyn Mayer se fijó en ella a los trece años. A partir de aquí, comenzaría una frenética carrera en la que rodó más de dos docenas de musicales durante los quince años que duró su contrato.
Durante ese tiempo, estuvo sometida al escrutinio constante de los ejecutivos, coreógrafos, profesores de voz y de su madre, que controlaban constantemente su peso y la hacían trabajar hasta casi el colapso, hinchada de las anfetaminas que le recetaban los médicos del estudio para que estuviera tan despierta y vital en la última toma, a las once de la noche, como en la primera, a las nueve de la mañana.
Hablan los expertos de lo habitual que resulta que las estrellas infantiles muestren problemas psicológicos que tienen mucho que ver con cuestiones relacionadas con la identidad y el hecho de haber tenido que adquirir responsabilidades y comportamientos adultos desde edades muy tempranas, así como con la imposibilidad de gestionar el éxito. A lo que se podría añadir el desenfreno absoluto, los padres ausentes y la falta de límites, o puede que la carencia de lo que uno verdaderamente necesita.
Desde casa, nos sentamos en familia, discutimos por quién tiene el mando o quién recoge los platos de la cena y, sentados delante de la televisión, anhelamos tener esas vidas perfectas que han creado a propósito en un plató de cartón-piedra. Nos olvidamos de que la perfección no existe y, además, es aburrida; lo maravilloso de vivir es despertarnos junto a las personas que nos quieren y descubrir con sorpresa lo que cada día nos tiene deparado.
De modo que, señores, por favor, háganles un favor a sus hijos y dejen que tengan una hora normal.















