La otra vez perdiendo el tiempo en alguna de las redes sociales de hoy en día escuché un video que decía que según un estudio de las definiciones por penales en Copas del Mundo y Eurocopas se revela que patear al centro del arco tiene una efectividad del 92%, ya que el portero solo se queda estático en el medio el 3% de las veces. Sin embargo, apenas un 6% de los jugadores profesionales elige esa opción.

Y claro, es imposible no pensar, ¿por qué un atleta de élite, cuyo contrato y gloria dependen del éxito, elige una opción con menor probabilidad de victoria? La respuesta no está en sus pies, sino en su pánico a la mirada del otro, en el peso en sus hombros, porque en ese mismo video se mencionaba que el ridículo es lo segundo más temido después del fracaso.

Podríamos caer en el error de juzgar al jugador que patea hacia los lados como "poco profesional", pero eso sería ignorar la naturaleza humana. No es falta de compromiso con el equipo; es una respuesta humana inevitable ante la presión. El jugador no está traicionando el objetivo del grupo por malicia, sino que está cediendo a lo que su instinto le dicta como "seguro".

Existe una presión tácita: si pateas a un lado y el arquero vuela y la saca, se dice que "el arquero hizo una gran atajada". Pero si pateas al medio y el portero ni se mueve, la narrativa social es cruel: "regaló la oportunidad", "fue un tonto", "no tuvo personalidad". En ese momento, el jugador no está eligiendo el gol; está eligiendo su reputación. El miedo a ser señalado como el que "entregó el balón" pesa más que la fría estadística del éxito.

¿Por qué nos duele más que el arquero atrape un balón suave al centro que fallar por un exceso de potencia que mande la pelota a la tribuna? Es sencillo, somos seres sociales. Nos debemos, en un porcentaje que preferimos no admitir, a la sociedad que nos acepta o nos rechaza en su entorno.

Fallar por potencia es un "error de ejecución"; fallar por un tiro suave al centro es un "error de juicio". El primero es perdonable porque "lo intentó con fuerza", "tuvo personalidad", "los nervios jugaron en contra"; el segundo es motivo de burla porque nos hace ver vulnerables y ridículos.

En la vida, definimos un error aceptable como aquel cuyas consecuencias son manejables o estandarizadas. Pero en el momento en que un error nos expone al juicio público —como ese jugador de la selección que pierde una "oportunidad de oro" por intentar algo distinto—, el error deja de ser técnico para volverse existencial.

La historia nos demuestra que la innovación real solo surge cuando alguien está dispuesto a ser el objeto de las risas ajenas si las cosas salen mal. Si no tienes nada que perder y fallas, es un error aceptable. Pero para ganar algo grande, hay que arriesgarse a quedar en ridículo.

Lamentablemente, frente a un partido lleno de espectadores, dentro y fuera del estadio, no solo lo estás errando tú como jugador, le estás haciendo un daño a cada uno que tiene tu camiseta, pero si te vas a arriesgar por algo para ti, vale la pena, porque es tuyo el riesgo y no tienes que darle respuesta o explicación a nadie.

Vivimos en una era donde el miedo al juicio ajeno está frenando avances o disfrute de las personas, hay una generación entera de ancianos que no tienen hobbies por el qué dirán y las nuevas generaciones no saben cómo conocerse o comportarse con el género de su interés por el mismo qué dirán.

El mayor problema de este miedo es que crea un círculo vicioso del que es casi imposible escapar mediante la lógica. La única forma de quitarse la mochila del miedo es, precisamente, haciendo aquello que nos da miedo. Pero es ese mismo acto el que genera la parálisis.

Nadie puede asegurarnos el éxito. No hay garantías de que, al patear al medio o al perseguir ese hobby "tonto" o al invitar a salir, el resultado sea la gloria. Lo que sí es una certeza matemática es que, si no lo intentas por miedo al ridículo, el resultado es el vacío absoluto. No tendrás nada.

Este artículo no es sobre fútbol; nació por un video que habla de ello, pero en verdad es sobre la valentía de ser impopular. Si la estadística dice que el camino al éxito es aquel que te hace ver más vulnerable ante el error, ¿estarías dispuesto a tomarlo?

Es importante tomar en cuenta que somos seres sociales y sí, necesitamos de una sociedad, que nos acepte y nosotros a ella, pero no es cuestión de alinearnos porque sí, es cuestión de ser capaces de decidir por el bienestar propio, por lo que te hace feliz sin hacerle daño al otro y sobre todo, para sentirse un ser completo capaz de decirse a sí mismo lo intenté.