El jueves pasado, camino a la fiesta de fin de año de la empresa, todo parecía estar en orden.

Había sido un día normal. Trabajé remoto, resolví asuntos pendientes y, al caer la tarde, me preparé para salir. La invitación era para celebrar: cerrar el año con el equipo, mirar hacia atrás y reconocer lo recorrido. No era poca cosa.

La oficina venía de un año particularmente intenso. Desafíos operativos, decisiones difíciles, aprendizajes acelerados. En poco tiempo, casi triplicamos el tamaño del equipo porque la operación local pasó a ser un hub regional, con responsabilidad sobre distintas áreas y países. Crecer rápido siempre tiene un costo, pero también hay momentos en los que corresponde detenerse y agradecer. Esa noche era una de esas ocasiones.

Salí de casa manejando con tranquilidad. Iba escuchando alabanzas, pensando en asuntos cotidianos y en otros más profundos: proyectos, personas, pendientes. Nada fuera de lo habitual. Todo estaba, al menos en apariencia, bajo control.

Hasta que dejó de estarlo.

En plena autopista, a velocidad constante y rodeado de otros vehículos, escuché un ruido seco y fuerte proveniente del frente del auto. No fue gradual ni dio aviso. Fue un golpe abrupto que interrumpió de inmediato cualquier pensamiento previo.

Gracias a Dios, pude mantener la calma. Encendí las balizas, reduje la velocidad y me orillé en pocos metros. Fueron segundos, pero suficientes para entender que algo no estaba bien.

Al bajar del vehículo vi primero el daño visible: el paragolpes delantero arrancado desde el lado del conductor. Por un momento pensé que había golpeado algo en la ruta. Sin embargo, al observar con más atención, apareció la causa real: la cubierta delantera había explotado parcialmente y el latigazo del caucho había arrancado el paragolpes.

Confieso que hasta ese momento no tenía del todo claro que algo pudiera “explotar” de forma parcial. No fue una rotura total ni una pérdida inmediata de control. Y justamente ahí estuvo la diferencia.

No fue un accidente.

Pero pudo haberlo sido.

No escribo esto desde un lugar épico ni con ánimo de dramatizar. Tampoco desde la lógica del “me salvé de milagro”. Lo comparto porque fue una experiencia que me confrontó con algo incómodo: en muchos sentidos yo había sido, sin darme cuenta, negligente.

Había señales. La revisión de las cubiertas era una de esas tareas que siempre parecen postergables. No había urgencia, no había alarma, no había una falla evidente. Todo funcionaba… hasta que dejó de hacerlo.

Agradezco profundamente a Dios por Su cuidado en ese momento, silencioso y firme, aun cuando yo no había sido cuidadoso. No porque yo haya hecho todo bien, sino precisamente porque no lo había hecho. Agradezco también haber estado solo. Mi esposa y mi hija suelen acompañarme, y pensar en eso le dio aún más peso a lo ocurrido.

Con el auto detenido y el plan de la noche suspendido, tuve tiempo para pensar. Y entendí que lo que había pasado en la autopista era mucho más que un episodio mecánico.

Fue una metáfora incómoda, pero clara.

La primera lección fue evidente: Liderar también implica gestionar riesgos.

Cuando las cosas funcionan, cuando los resultados acompañan y el crecimiento es visible, tendemos a bajar la guardia. En equipos, en procesos y también en la vida personal, la prevención rara vez parece urgente. No genera aplausos, no se nota, no es visible. Pero su ausencia sí lo es, y casi siempre cuando ya es tarde.

Liderar no es solo impulsar, decidir o avanzar. También es anticipar, revisar, preguntar y corregir a tiempo. Es asumir que incluso cuando todo marcha bien, existen puntos ciegos que requieren atención.

La segunda lección fue igual de clara: Las revisiones periódicas evitan crisis.

Esto aplica a vehículos, pero también a decisiones, hábitos, finanzas, relaciones, dinámicas de equipo y estrategias de largo plazo. Revisar no implica desconfiar; implica cuidar. Nos da margen de maniobra, nos permite ajustar antes de que el costo sea alto y, muchas veces, irreversible.

Las crisis rara vez aparecen de la nada. Suelen ser la consecuencia de pequeñas omisiones acumuladas.

La tercera lección fue quizá la más confrontativa: La confianza sin límites se convierte en negligencia.

Creer en nuestras capacidades es necesario. La autoconfianza es un motor clave para avanzar. Pero cuando se transforma en autosuficiencia, cuando nos hace minimizar riesgos o ignorar advertencias, deja de ser una virtud.

La fe, entendí una vez más, no anula la responsabilidad. Confiar en Dios no nos exime de cuidar lo que está bajo nuestra administración. Al contrario, nos compromete aún más.

Esa noche no hubo festejo. Volví a casa con el auto dañado, los planes alterados y la mente inquieta. Pero también volví con algo valioso: claridad.

Claridad sobre lo frágil que puede ser la vida.

Claridad sobre lo engañoso que es el “todo está bien”.

Claridad sobre la importancia de no dar por sentado lo que importa.

A veces, un susto es suficiente para reordenar prioridades. Para detenernos, revisar y agradecer. Para volver a abrazar con más intención. Para recordar que no todo está tan bajo control como creemos.

Hoy, al mirar hacia atrás, no puedo más que tomarme un segundo para reflexionar, respirar profundo y agradecer a Dios. Por la protección recibida, por la lección aprendida y por la oportunidad de corregir a tiempo.

Que no necesitemos una explosión en la autopista para hacer las revisiones pendientes.

Que sepamos cuidar lo que se nos confió.

Y que nunca olvidemos cuán finita —y valiosa— puede ser la vida.