Nos enseñan que el ciclo natural de la vida es nacer, crecer, reproducirse y morir. Si lo aplicamos a los seres humanos se traduce como nacer, crecer, estudiar, trabajar y retirarse para disfrutar los últimos años de vida cuando la energía del cuerpo se acaba.

Crecemos en esta carrera procurando ser los mejores, corriendo detrás de un principio de competencia: actualización de la ley de supervivencia del más fuerte. Si tus padres tienen posibilidades, tendrás una buena educación. Si aprovechas tus estudios, lograrás un futuro exitoso. Las mismas recomendaciones de toda la vida: estudia mucho, no salgas de fiesta, respeta a tus mayores. Todos los refranes o consejos que encierran en su interior un solo mensaje: Prioriza el momento de productividad al que corresponde tu vida.

Seguimos una serie de parámetros que responden a la estructura arcaica de división de trabajo y producción propios de la era de la revolución industrial. Más de doscientos años después llega el momento de preguntarnos: ¿qué pasa cuando ya no es suficiente seguir esta receta, cuando una vida llena de éxitos académicos y notas perfectas no alcanza para llenar el culmen de exigencias del sistema capitalista? Los jóvenes salen de la universidad y no encuentran trabajo. Las empresas exigen años de experiencia que no son posibles de obtener sin una primera oportunidad de integrarse al mercado laboral, y así continúa el ciclo de desempleo y búsqueda que generalmente termina en frustración.

Ante esta realidad, surge una decena de escenarios alternativos: jóvenes que salen de su país en búsqueda de oportunidades, profesionales cuyo título ya no garantiza un empleo en su área de experiencia y un sinnúmero de posibilidades para emprender. Algunos optan por viajar por el mundo como creadores de contenido, nómadas digitales, todas esas vidas que se ven perfectas en las redes sociales, las cuales dejan de ser un espacio de ocio y compartir para convertirse en un canal de negocios. Cada publicación tiene el potencial de venderte algo o, en su defecto, venderte la decepción de no lograr lo mismo que todas esas vidas perfectas, con cuentas llenas de seguidores y dinero.

De una manera latente, como el murmullo de un reloj que no deja de avanzar, se manifiesta un deseo de productividad en el aparente ocio. Una comparación interminable. Una sociedad agotada, en constante búsqueda y sin descanso real. Si consigues un trabajo, siempre estarás buscando algo más. Llevas en tu interior una insatisfacción por todas las veces que te dijeron que podías comerte el mundo, pero las posibilidades son precarias, las tasas de desempleo incrementan, así como la edad para independizarse.

Ya no es la misma carrera de nuestros antepasados por tener hijos y casarse a los veinte, tampoco por tener el puesto más alto en una multinacional. Las nuevas generaciones solo buscan bienestar, huir de la presión de ser alguien más y sobrevivir a los índices absurdamente altos de ansiedad. Sobrellevan crisis emocionales que resultan en el juicio de generaciones anteriores como millenials y baby boomers que los llaman “generación de cristal”. Crecimos con una realidad cambiante, efímera, con exigencias a toda velocidad y la imposibilidad de elegir entre tantas opciones.

Desafortunadamente, de la mano de estas opciones llegan los criterios de alrededor sobre ¿por qué haces esto?, ¿cómo viajas tanto?, ¿a qué te dedicas realmente? , ¿por qué pasas tanto tiempo pegada al celular?

La cantidad de consejos sobre cómo abordar esta nueva realidad rebasa las expectativas humanamente posibles. Las recetas que funcionaron hace cincuenta años ya no son las mismas y quizá la respuesta se resuelva en algo tan simple como volver a nosotros. Tenemos tanto miedo de ser nosotros mismos que optamos por intentar encajar en la sociedad. El problema es que no podemos pretender ser quien no somos solo por abrazar un sentido de pertenencia. Muchas veces nos preguntamos si todo el mundo está mal o quizá nosotros estemos mal por no encontrar nuestro lugar en el mundo.

La sociedad, cultura, el contexto en el que vivimos establecen ciertas reglas o conductas que debemos adoptar para no ser juzgados; pero hasta qué punto estamos negándonos la oportunidad de ser auténticos, de ser únicos, de no tener la presión de encajar en el mundo, de ser algo más que otra pieza en el esquema social.

Crecemos y dejamos de preguntar a pesar de tener cientos de dudas porque nos enseñan que ya no deberíamos tenerlas. Crecemos y dejamos de disfrutar de un baile bajo la lluvia, cantar en la calle o saludar a un extraño. Perdemos la inocencia y la fe en las personas; lo más grave, perdemos la seguridad en nosotros mismos.

Dejamos de preguntar por qué brilla el sol o qué hay al otro lado del arcoíris para preguntarnos por qué sentimos que no podemos brillar por nuestra cuenta o afirmamos que jamás llegaremos al otro lado del arcoíris. La vida se torna gris, rutinaria, aburrida. Dejamos a un lado nuestras pasiones para producir, apartamos nuestras preguntas para cuestionarnos nuestra manera de ser, dejamos de bailar bajo la lluvia y cantar en la calle por el miedo al qué dirán y sin darnos cuenta entramos en un espiral para convertirnos en uno más del resto.

El 62% de los millenials no persigue sus sueños por miedo al fracaso, pero el fracaso está establecido en base a un criterio social de éxito que implica ganar dinero, tener una posición estable, ciertos bienes materiales y quizá formar una familia. Pero ¿de qué sirve todo eso si no eres feliz, si dejaste de perseguir tus sueños por miedo de ser rechazado por la sociedad? El 93% de los encuestados para una noticia del diario El Espectador afirman que tienen un sueño que no han logrado hacer realidad y en mayor o menor medida, el peso de la expectativa de la sociedad es lo que nos inhibe de hacerlo. Irónicamente, un 84% de las personas considera que si llegara a cumplir su sueño, aportaría mucho más a la construcción social que con su ocupación actual porque la mejor manera de servir es siendo fieles a nosotros mismos.

Estas son solo algunas de las cifras que demuestran lo que dejamos de hacer por encajar en la sociedad, por tener un sentido de pertenencia, para no ser juzgados, para de alguna forma “alcanzar el éxito” hasta que la palabra pierde su significado. Crecemos con conceptos abstractos como “individuo”, pero cada persona es diferente y eso es precisamente lo que nos vuelve maravillosos. Si nos dejamos llevar por la monotonía, por los esquemas, por paradigmas que no aplican a nuestra realidad, no solo perdemos la oportunidad de aprender cada día, de brillar como el sol o cantar bajo la lluvia, nos perdemos a nosotros mismos.

No somos una pieza del esquema social, no somos masa para encajar en un molde predeterminado, somos personas que pueden diferir, que pueden preguntar, salir de la monotonía y perseguir sus sueños, porque solo siendo nosotros mismos recibiremos la aprobación más importante de todas: la nuestra.