Enardecidos en la fiesta de violencia, de sensualidad de mando,
en la borrachera de poder que trastorna a
los más débiles de carácter.(Augusto Roa Bastos – Yo el Supremo)
En tiempos difíciles, que no son sino de guerra y tribulación, suele decirse que la primera víctima de tal estado de cosas no es otra que la verdad. Sí, es verdad; pero es una verdad a medias. Porque quienes afirman con la solemnidad propia del sacerdote que el conflicto resulta ineludible, como si una invariable ley del Tiempo dirigida por el movimiento del eterno retorno obedeciera al signo fatal de un mandato invisible, y, como tal, de naturaleza divina, se olvidan de mencionar que otra vía es factible a la del fiero enfrentamiento armado: la vía diplomática, basada en el diálogo y la colaboración.
Sabemos que esa es la verdad que pocos nombran, la cual queda enterrada en la tela del olvido por falta de voluntad para conciliar intereses enfrentados y derechos opuestos. Y esta realidad, que no desconocemos, esconde la mentira que se nos impone: la vida no puede cambiar. Idéntica a sí misma en toda circunstancia, no hace más que reproducirse en su propia esencia bajo el disfraz de una apariencia diferente.
El mensaje, pues, queda más que claro: cristalino. Se trata de que el rebaño, por las buenas o por las malas, con zanahoria o con jarabe de palo, comulgue con ruedas de molino. Y así, ganándole el pulso al río crecido, en nuestro entorno encontramos a galanes tan encantadores y simpáticos como Mark Rutte, quien —de rodillas, Señor, y ante el sagrario si es preciso—, no tiene embozo alguno en postrarse ante Trump, travestido con los oropeles del nuevo y mayestático emperador, y asegurarle que Europa, más temprano que tarde, acudirá con sus huestes de la OTAN en defensa de Occidente y de la civilización a la que la humanidad toda… todo debe.
Otro personaje no menos seductor, con las características propias de su feminidad rutilante, la señora Ursula von der Leyen… acaba de asegurarnos, sin que los colores le suban a la cara, que esa mojiganga del Derecho Internacional ha estado muy bien para el teatro de otra época, pero no para enfrentar los retos de hoy, estos de nuestro tiempo, que no son otros que los de derrotar la perfidia persa, el terrorismo de esos parias palestinos o el apetito voraz del oso ruso….
Cualquier argumento es bueno con tal de arrastrarnos al campo de batalla. Una batalla que, claro está, ni ellos ni sus hijos librarán jamás en defensa de sus intereses. Porque eso del «cuerpo a cuerpo» es muy feo y queda para la chusma, para la plebe. Son los desharrapados de este mundo, los miserables que nada poseen ni nada representan ya, quienes habrán de morir en el actual escenario de sus hazañas bélicas.
Unas hazañas que no tienen quien describa el dolor que están causando a una población desesperada, hambrienta, atenazada entre múltiples fuegos: los propios de la represión de regímenes abominables y el de la invasión «extraterrestre» de misiles y drones que no parecen sino caer desde otra galaxia. Porque más que de una guerra con toda la secuela de atrocidades a ella asociadas, asistimos, desde la comodidad que nos brinda Internet y los actuales medios de comunicación, a lo que no parecen sino videojuegos donde nadie muere porque no hay cadáveres. No vemos ni horror ni sangre por parte alguna. Todo discurre en el circuito aséptico de un espacio vacío, deshumanizado. Por si faltara poco en esta infernal cocina, la IA (Inteligencia Artificial) es quien determina objetivos y evalúa los «daños colaterales» que la población habrá de padecer… inevitablemente.
Les jeux sont faits, nos dicen los crupieres de Washington. Esos que han diseñado las cartas, la mesa y las reglas de la Banca. Los mismos que, sin trampa ni cartón, pero con el tío Trump a la cabeza, nos dicen que aquí no hay más cera que la que arde: o le seguimos el juego al emperador… o lo perderemos todo ante Rusia, la gran glotona.
Con razón el vicepresidente de los EE.UU., J.D. Vance, está obsesionado con los OVNIS. Él ve ángeles caídos en ese fenómeno, donde los mortales sólo vemos OPNIS (Objetos Pulsionales No Identificados); es decir, apetitos sin fronteras que proyectan en el espacio sideral los demonios que pululan en el inconsciente del actual gobierno republicano.
En medio de este torbellino, Europa, que bien podría morigerar la desmesura de la actual administración norteamericana, no parece optar sino por el silencio o la sonrisa cómplice propia de aquel que, al callar, otorga. Salvo excepciones, ningún alto responsable ha levantado el tono de voz en señal de advertencia para decir: no aceptamos esta baraja en la que todas las cartas están marcadas.
Una de esas excepciones, sin embargo, la ha protagonizado Josep Borrell, antiguo presidente de la Eurocámara, entre otros cargos, para decir lo que todo el mundo sabe: que esta Europa no sirve, no vale para encarar el porvenir del continente en el actual marco de relaciones internacionales. Que hay que darse prisa y elaborar otra estrategia que nos sitúe como el referente de poder que somos, y, de ese modo, inclinar el fiel de la balanza a favor de un mundo multipolar en el que reine el respeto a las reglas democráticas y al Derecho Internacional.
Otra excepción, la más notable, la ha protagonizado Pedro Sánchez, presidente del actual Gobierno español, para decir, claro y alto, "no a la guerra". No a esta deriva arbitraria y criminal, en la que un Supremo ególatra, adoptando la función de un Deus ex machina, orquesta la ceremonia de la confusión para mejor medrar a costa de la misma y aumentar los muchos caudales de su ya inmensa fortuna.
No, no podemos aceptar las cartas de un juego tan perverso como el que nos propone Donald Trump. La actitud de Pedro Sánchez y Josep Borrell, inscrita en la mejor tradición socialdemócrata, ha puesto los puntos sobre las íes y sentado las bases para desplegar una política europea basada en principios éticos; reglas que permitan el avance de la historia y la transformación de la realidad hacia otro mundo que no sea éste: el de un lodazal. Un pantano donde el capricho o la ocurrencia de cualquier cretino sirva de pretexto para iniciar una guerra de la que nadie saldrá indemne. Ni siquiera los vencedores de la misma.
Así en la paz como en la guerra no podemos olvidar ciertos principios que son la base misma, el fundamento de nuestra razón de ser. Olvidarlos y participar en esta loca carrera hacia el abismo significa algo más que tentar la suerte: es caer en la trampa tendida por aquellos que dicen que, para corregir y enmendar este error, hemos de cometer mayores y más graves errores participando en un conflicto del que nadie sabe cuál será su final.















