Un libro, recientemente editado en Argentina, cuyo autor es el reconocido político y diplomático Jorge Argüello, plantea un movilizador interrogante “¿Hay un orden detrás del caos?”. La pregunta remite a la crisis, el caos y reconfiguración del orden liberal internacional, establecido a fines de la Segunda Guerra Mundial.

El autor comienza citando una sugerente frase del Nobel portugués José Saramago: “El caos es un orden por descifrar”, considerando que ofrece una clave interpretativa para analizar el mundo contemporáneo; al tiempo que señala “lo que percibimos como una turbulenta fragmentación, puede ser, en realidad, una etapa larval de transformación estructural”.

El libro de Jorge Argüello dispara una serie de interrogantes y lecturas sobre el actual sistema internacional y la posición de América Latina, en cualquiera de los escenarios que puedan darse, como posibles alternativas al establecido en la Carta de San Francisco de 1945 que funda la Organización de las Naciones Unidas.

Nosotros entendemos que existen tres escenarios posibles de los cuales se derivan distintos márgenes de autonomía y desarrollo para América Latina. Distinguir las diferentes dinámicas de cada uno de estos procesos determinará los alineamientos, la neutralidad o la participación de América Latina, así como su protagonismo, relevancia o marginalidad en el orden futuro.

Para llegar a algunas conclusiones, necesariamente provisorias, analizaremos cada uno de los escenarios y la posición relativa de América Latina según el tipo de inserción que obtenga en cada uno de ellos. Obviamente, el marco general de nuestro análisis es la disputa por la hegemonía global entre EUA y China.

1. Reconfiguración táctica de Estados Unidos (EUA)

Algunos interpretan que se está operando un nuevo equilibrio del sistema internacional, consistente en un endurecimiento transitorio del liderazgo estadounidense para preservar el orden vigente, mientras administra el desacoplamiento con China en un mundo bipolar.

Esta primera interpretación, cuestiona que estemos en presencia de un cambio pleno, es decir, no avizora una transición hegemónica en que la primacía de EUA se erosiona de manera estructural frente al ascenso chino. En lugar de una declinación irreversible de la hegemonía estadounidense, vislumbra un pasaje gradual y de largo plazo hacia un sistema bipolar. En suma, Washington estaría ejecutando un reacomodamiento táctico.

Suspende selectivamente las reglas del orden internacional que él mismo creó, para rediseñar un nuevo orden, que asegure su hegemonía sobre determinadas áreas de influencia y evite los costos de un sobredimensionamiento.

Desde esta perspectiva, la política exterior de Donald Trump no implicaría el fin del orden liberal internacional, sino su suspensión temporal. El unilateralismo depredatorio, las amenazas indiscriminadas, las intervenciones directas y la ruptura con organismos multilaterales (OMC, OMS, UNESCO), funcionarían como instrumentos para disciplinar y realinear a sus aliados, cercar a sus adversarios y redefinir prioridades, no como señales de abandono del liderazgo global. El objetivo no sería administrar una transición sino evitarla o retardarla para asegurar sus intereses estratégicos fundamentales.

Esta reconfiguración táctica se instrumenta a través de cuatro mecanismos:

  1. La Administración Trump provoca movimientos orientados a aislar a China mediante presiones simultáneas en Eurasia y en lo que llama el hemisferio occidental, que incluye a Latinoamérica, además de un curioso y persistente acercamiento a Rusia. En suma, una estrategia del triángulo invertida respecto a la ejecutada por Nixon y Kissinger en los años setenta.

  2. Un uso de la disuasión militar unilateral, brutal y espectacular, que no busca tanto la guerra como la disposición intimidatoria a escalar. Una muestra clara de esto son las acciones militares en Irán y Venezuela, así como las amenazas sobre Groenlandia. Un patrón de disuasión sin recurrir explícitamente a las armas nucleares.

  3. La utilización de la geoeconomía, a través del unilateralismo económico como herramienta disciplinaria, tratando de subordinar la estabilidad del sistema capitalista a los intereses estratégicos de Washington. En este caso los instrumentos son las sanciones financieras, la hegemonía del dólar, los bloqueos comerciales, los controles sobre la exportación e importación de tecnología y una generalizada guerra tarifaria, entre otros.

  4. La contundencia del estilo trumpista resulta útil y funcional a la estrategia de parecer irracional. A través de su teatralidad, volatilidad retórica y disposición de violar normas y reglas internas e internacionales establecidas, busca reforzar la credibilidad de las amenazas que afectan tanto a adversarios como aliados. Para estos últimos el mensaje es: el orden se mantiene, pero los aliados tienen que pagar más.

En este marco, el hemisferio occidental, donde geográficamente se ubica a América Latina aparece, actualmente, como una prioridad. No porque sea decisivo en la competencia global, sino porque le permite a EE. UU. demostrar autoridad en su esfera hegemónica, obligando a expulsar de ella a sus rivales China y Rusia, como siempre lo ha hecho.

Para América Latina, la concreción de este nuevo equilibrio significa aceptar su subordinación estratégica y su alineamiento incondicional con EE. UU. Ese alineamiento abarca política, economía, finanzas, seguridad, política exterior y votación en organismos multilaterales regionales y globales.

Un ensayo de este alineamiento automático, en materia de seguridad nacional y hemisférica, se expresa en la reciente iniciativa de constituir “El Escudo de las Américas”, bajo la conducción de la flamante Secretaría de Guerra y del Comando Sur.

2. Transición de hegemonía hacia China (RPCH)

Una perspectiva más extendida entiende, el momento presente, no como un nuevo equilibrio que solo modificaría el orden actual para sostenerlo, sino como un punto de inflexión hacia una transición hegemónica. Según esta visión, la primacía estadounidense no atraviesa un ajuste cíclico sino una declinación estructural frente al ascenso de China. EUA muestra una verdadera incapacidad de seguir proveyendo en soledad el financiamiento y la ayuda que sostuvieron el orden de la posguerra.

Este relato se inscribe en la teoría del cambio hegemónico y pone énfasis en las transformaciones a largo plazo: el desplazamiento del centro de gravedad demográfico y económico hacia el Asia, del Atlántico al Pacífico, la erosión de la supremacía tecnológica occidental, la fragmentación del comercio global y la dificultad de sostener consensos normativos globales. Desde esta posición se visualiza el comportamiento estadounidense como un repliegue, como un revisionismo defensivo.

El unilateralismo, la ruptura de compromisos internacionales y el uso creciente del poder militar por parte de Washington serían una muestra de su impotencia ante la pérdida de su hegemonía estructural. A diferencia del pasado, la coerción ya no garantiza la restitución del orden, sino acelera su fragmentación. El mundo se aleja de Washington en un proceso que su revisionismo potencia. Como expuso en Davos el primer ministro canadiense Mark Carney, la nostalgia no tiene sentido: nos acercamos a lo desconocido y hay que planear en consecuencia, diversificando riesgos y, por lo tanto, alianzas.

Desde esta óptica la prioridad que, el Informe sobre Seguridad Nacional de EUA en 2025 y la reinterpretación de la Doctrina Monroe, conceden al hemisferio occidental y América Latina responde a una lógica de retraimiento. Ante la imposibilidad de sostener la primacía global, Washington prioriza espacios de control directo y menor costo relativo.

América Latina reaparece no solo como laboratorio de demostración de fuerza, sino como zona de repliegue estratégico, donde EE. UU. conserva la superioridad y puede compensar pérdidas en espacios más disputados. Al mismo tiempo deniega su zona de influencia a sus rivales geopolíticos. La división del mundo en esferas de influencia deviene, al mismo tiempo, un resultado inevitable de la anarquía internacional y una solución imperfecta a los incentivos competitivos que la anarquía crea.

3. Multipolarismo propuesto por los BRICS

La aparición de los BRICS y su actual ampliación abrió paso a una tercera hipótesis sobre la reconfiguración del sistema internacional: la Multipolaridad. Los países emergentes fundadores, que en principio fueron cinco, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica han aumentado a once con la incorporación de Egipto, Irán, Etiopía, Indonesia, la Unión de Emiratos Árabes y Arabia Saudita.

Antes de esta incorporación, los BRICS superaban ampliamente al G-7 en población y extensión territorial. Luego de estas incorporaciones igualarán (o tal vez superen) el PBI del G-7. Además, tienen una larga lista de espera de países emergentes en la fila, para ingresar a esa Organización.

Ello muestra que el orden multipolar aparenta ser irreversible. Está frente a nosotros. Occidente ya no puede decidir por sí solo, unilateralmente, el destino del planeta. El dilema, entonces, es determinar si un orden mundial multipolar favorece más el bienestar global que un orden unipolar o bipolar. Lo que es evidente es que un orden unipolar tiende a la concentración del poder en una hegemonía global a diferencia de la multipolaridad que asegura la redistribución y el equilibrio de poderes en el sistema internacional.

Latinoamérica navega en la incertidumbre por la gravedad de la crisis actual. Agobiada por las deudas y sus secuelas económicas, políticas y sociales; las guerras en Ucrania, Irán y Medio Oriente, la intervención en Venezuela y la amenaza a Cuba. Todos esos acontecimientos han tenido su impacto en la geopolítica mundial y en la economía; las crisis energética, alimentaria y del cambio climático, a lo que se añade la disputa hegemónica entre China y EUA, han relegado a Latinoamérica a un rol marginal en el diseño de un nuevo orden global.

En tal sentido, un no alineamiento activo intenta poner fin a la creciente marginalidad de la región que amenaza convertirse en irrelevancia e incapacidad para conducir su propio destino y quedar librada a los designios de las potencias dominantes.

Para ello, América Latina debe unificar su voz y orientar sus acciones según sus intereses nacionales y regionales. Se trata de construir una visión del mundo contemporáneo como un sistema internacional en transformación, con un poder hegemónico en declinación, nuevos actores, nuevas alianzas y rivalidades, así como nuevas agendas y desafíos.

En ese contexto, Latinoamérica necesita desplegar una política exterior que enfrente los desafíos contemporáneos de manera integral y coherente. Esa política debe incluir la negativa a tomar partido en las disputas derivadas de las luchas hegemónicas por el poder global. Es la única manera de no pasar de la periferia a la marginalidad e irrelevancia internacional.

Para ello, cuenta con la estrategia de la no alineación activa que nació en la reunión de Puebla de 2019, se conceptualizó en un artículo aparecido en Foreign Affaires Latinoamérica, en julio de 2020 (vol. 21, núm. 3) y concluye plasmándose en una agenda de diez puntos que propone: 1) mantener una posición equidistante y coordinada entre las potencias en pugna por la hegemonía global; 2) fortalecer las instancias regionales; 3) comprometerse con el multilateralismo; 4) coordinar una gobernanza económica internacional; 5) reorientar y coordinar la política exterior y las cancillerías de los países de la región; 6) redefinir las nociones obsoletas de seguridad nacional; 7) incorporar las nuevas instituciones financieras internacionales; 8) trazar un plan acción contra el cambio climático; 9) hacer un esfuerzo persistente por garantizar la igualdad de género y el equilibrio de las relaciones laborales, y 10) establecer un centro regional de control de enfermedades.

En 2023 se cumplieron 200 años de la Doctrina Monroe y hay intereses en Washington de reinterpretarla (con el corolario Donroe) y resucitarla. Este afán de retrotraer la historia al siglo XIX es inaceptable.

De igual manera, la relación con China debe ser objeto de una política que anteponga nuestras prioridades estratégicas nacionales y regionales, a cualquier forma de dependencia. La paradoja de la presencia China en la región es que por una parte disminuye la dependencia tradicional de EUA y Europa.

Pero la forma de inserción internacional, resultante de los vínculos comerciales con China, no es sustancialmente distinta de la clásica relación centro-periferia. Ello reproduce un patrón de comercio basado en exportaciones de materias primas de la región y la importación de productos manufacturados chinos, continuando las clásicas formas de dependencia comercial.

Para completar esta nueva visión de la proyección internacional de la región, debemos asumir que, en el nuevo milenio, el concepto de Sur Global viene a reemplazar al de Tercer Mundo que había dominado el discurso de los países en desarrollo desde 1955. Desde entonces, surgen nuevas plataformas institucionales: el Movimiento de los Países No Alineados y el Grupo de los 77 en la ONU. Actualmente, la más importante de ellas es el Grupo BRICS +6.

Aprovechando el dinamismo económico de los países emergentes surge la idea de movilizar recursos financieros colectivos, de lo que es un ejemplo emblemático el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, con sede en Shanghái. En el área de comercio, se extiende la percepción de que el libre intercambio puede ser una palanca de desarrollo. En la medida que coexista con la salvaguarda de los intereses de las sociedades nacionales. Estas bases materiales son la condición de posibilidad de un no alineamiento activo para un nuevo orden multipolar internacional.

Nuestra convicción, es que sólo en el marco de la Multipolaridad, nuestra región puede convertirse en un Polo de Integración y Desarrollo que, por su superficie, población, su variedad de recursos naturales y críticos, su PBI agregado, sus reservas acuíferas, reúne las bases para ser protagonista en la construcción de un nuevo orden internacional. Así, podremos unir lo que la historia integró y la dependencia balcanizó. Una América Latina que asegure la libre determinación de los pueblos, la no intervención, la resolución pacífica de los conflictos, la seguridad y la paz que constituyen, no sólo nuestra vocación histórica sino nuestro destino dentro de la comunidad de las naciones.