La sostenibilidad suele contarse desde lo visible, por ejemplo, la ropa que ya no usamos, la comida que se desecha en los supermercados porque no tiene los estándares necesarios, las montañas de basura que crecen en silencio. Pero detrás de esas imágenes hay un protagonista que rara vez ocupa titulares. Un actor que decide, sin que lo notemos, cuánta materia se pierde, cuánta puede recuperarse y cuánta termina convertida en un costo ambiental: la logística.

Le exigimos que mueva productos a tiempo y al menor costo posible, pero casi nunca le pedimos que pueda volver con el remanente. En moda y en alimentación —dos industrias gigantes, distintas en apariencia pero hermanadas en su lógica de sobreproducción— el problema es exactamente ese que su sistema fue diseñado para avanzar, no para regresar con lo que sobra.

Cuando producir más significa recuperar menos

Si a la moda nos referimos, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) lo resume con un dato contundente: cada año se generan alrededor de 92 millones de toneladas de residuos textiles en el mundo. Al mismo tiempo, solo el 8% de las fibras textiles utilizadas en 2023 provino de materiales reciclados, y menos del 1% se reintegra en forma de reciclaje textil-a-textil1.

La desproporción es evidente: producimos muchísimo más de lo que somos capaces de recuperar. No se trata solamente de un desafío técnico, sino de un diseño industrial que nació para acelerar. El “fast fashion” consolidó un modelo de fabricación continua, barata y de vida útil corta. Las prendas se mezclan en fibras naturales y sintéticas, se tratan con colorantes y adhesivos que dificultan su separación, y terminan su ruta sin una red logística pensada para llevarlas de vuelta.

El costo climático también recae sobre la logística. El informe Fashion on Climate revela que la moda generó 2,1 gigatoneladas de CO2e en 2018, equivalentes al 4% de las emisiones globales, con un impacto mayor en la producción de materiales y procesos aguas arriba2.

¿Dónde terminan esas prendas? En vertederos, en incineradoras o exportadas a países con menos capacidad de gestión. El desierto de Atacama, en Chile, se volvió un símbolo involuntario y se muestra como un cementerio de ropa que nunca pudo volver al sistema.

Las pérdidas que empiezan antes del plato

El caso de los alimentos es distinto en forma, pero idéntico en lógica: la cadena fue diseñada para entregar frescura, no para recuperar valor.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), un tercio de los alimentos producidos para consumo humano se pierde o desperdicia, lo que equivale a 1,3 mil millones de toneladas al año3.

En América Latina y el Caribe, la FAO señala que la región es responsable de 20% de las pérdidas globales entre la postcosecha y el retail, y que alrededor del 12% de los alimentos se pierde dentro del propio territorio antes siquiera de llegar a un comercio.

El motivo que aparece una y otra vez es una infraestructura insuficiente, especialmente en almacenamiento y cadena de frío4.

Cada falla logística destruye algo más que alimentos. Porque también se pierden suelos, agua, energía, insumos agrícolas y trabajo humano. Y se pierden también oportunidades nutricionales en comunidades que las necesitan.

Dos industrias distintas con un punto en común

Moda y alimentos son industrias inmensas. Ambas dependen de cadenas de valor extensas, complejas y globales. Pero comparten un talón de Aquiles: solo se planificó la ida, nunca la vuelta.

Mientras que en alimentos, la recuperación exige velocidad, monitoreo, almacenamiento adecuado y redes de redistribución; en moda, la vuelta requiere clasificación fina por materiales, recolección constante, volúmenes suficientes y plantas capaces de reprocesar fibras.

En ambos casos, la logística termina siendo el eslabón que sostiene —o bloquea— cualquier transición hacia la circularidad.

Diseñar la logística del regreso

Pensar en sostenibilidad sin pensar en logística es construir un puente sin cimientos. La circularidad, si quiere ser algo más que un eslogan, necesita sistemas que permitan que las cosas regresen para cerrar el círculo virtuoso.

Eso implica:

  • Crear puntos de recolección estandarizados: Tanto para ropa usada como para excedentes alimentarios. Sin volumen, no hay viabilidad económica.

  • Invertir en infraestructura crítica: Clasificadoras textiles con capacidad industrial y sistemas de almacenamiento/refrigeración que ayuden a evitar pérdidas de alimentos.

  • Operar con trazabilidad real: Saber qué es cada lote, de dónde viene y cómo puede reintegrarse: reciclaje, reutilización, donación, compostaje o valorización energética.

  • Integrar la responsabilidad extendida del productor: Cuando el costo del final de vida forma parte del diseño del producto, toda la cadena cambia con él.

  • Conectar redes que hoy funcionan aisladas: Los bancos de alimentos pueden inspirar modelos de “recogida textil” y viceversa. Los camiones que vuelven vacíos pueden transportar materiales recuperados. La eficiencia también puede ser circular.

Cuando el sistema deja de perder

Sostenibilidad no es solo reducir el impacto de lo que hacemos, sino aumentar la inteligencia con la que administramos los recursos. Y eso requiere una logística que deje de ser un servicio invisible para convertirse en una arquitectura estratégica.

Las prendas que no se reciclan y los alimentos que no llegan a consumirse no son fallas inevitables, solo indica que el sistema todavía no aprendió a regresar.

Y quizá la pregunta profunda, aquella que diferencia a las sociedades que administran recursos de las que simplemente los consumen sea: ¿Qué tan preparados estamos para que lo que se cae del sistema pueda volver a entrar? Cuando la logística tenga respuesta para eso, la circularidad dejará de ser una aspiración para convertirse en estructura.

Para pensar

Al final, la transformación que imaginamos no puede quedar solo en manos de consumidores conscientes o empresas aisladas. Los operadores logísticos —pieza clave en el movimiento de alimentos, insumos y bienes esenciales— tienen hoy la oportunidad de asumir un rol más activo. Este es el de colaborar con el Estado para diseñar cadenas de distribución más eficientes, transparentes y resilientes. De esa articulación pueden nacer soluciones reales, desde la reducción del desperdicio y la optimización de rutas hasta sistemas que acerquen los recursos a quienes más los necesitan.

Pero esta ecuación también exige una respuesta pública decidida como bancos de alimentos que funcionen de manera permanente, comedores comunitarios fortalecidos y espacios dignos donde las personas con menos recursos puedan acceder a ropa, calzado y otros bienes básicos. Reimaginar el futuro desde la sustentabilidad implica, en última instancia, tejer redes que sostengan la vida. Y eso solo puede hacerse si el sector privado y el gobierno se encuentran en un mismo propósito que no es otro que no dejar que nadie quede afuera.

Notas

1 UNEP (2025). Transforming the Textile Industry: Learning to Manage Waste, Better.
2 Global Fashion Agenda (2020). Fashion on Climate.
3 FAO (2011). Global Food Losses and Food Waste.
4 FAO (2019). The State of Food and Agriculture – SOFA.