¡Por supuesto que no lo es! Se supone, al menos nominalmente, que todos los países al sur del Río Bravo, son soberanos, salvo las vergonzosas colonias que aún mantienen algunas potencias europeas en tierra americana (Francia, con Guadalupe, Guayana Francesa y Martinica; Reino Unido, con Islas Caimán, Islas Vírgenes Británicas, Anguila, y las Islas Malvinas; Países Bajos, con Aruba, Curazao y Sint Maarten), países que se llenan la boca hablando de democracia y derechos humanos, pero que aún persisten con prácticas coloniales ancestrales –y en algunos casos manteniendo parásitas monarquías–. Las naciones latinoamericanas, mayoritariamente hablantes de esa “maldita lengua” como es el español, según dijera Donald Trump, son territorios libres. Pero, en realidad, no tanto.
Desde 1823, año en que el presidente estadounidense John Monroe formulara su ampulosamente llamada “doctrina”, la cual lleva su nombre, el continente es un virtual patio trasero de la gran potencia del norte. Recientemente, con motivo de la desaceleración de su economía, habiendo ya perdido la guerra económica con China a partir de verse superada en la carrera científico-técnica, y viendo que su influencia global comienza a mermar (la guerra con Irán lo dejó claro), profundiza el control sobre lo que considera su reaseguro “natural”.
“Este es nuestro hemisferio”, pudo decir jactancioso el presidente norteamericano luego del secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela, mostrando un mapa donde se veía la región marcada desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego. La actual Estrategia de Seguridad Nacional de Washington, presentada a fines de 2025, bajo el enfoque básico de “America First” pone el acento fundamentalmente en la defensa del hemisferio occidental. Es decir: en el territorio que incluye al subcontinente latinoamericano, desde México hasta el cabo de Hornos.
Sin dudas, ante el avance de potencias extraterritoriales como China y Rusia, y a partir del proceso de desdolarización en marcha impulsado por los BRICS+, ahora aumentado por el conflicto en el Golfo Pérsico –que puede terminar sepultando al petrodólar–, Washington ha prendido sus alarmas. De ahí que la “Doctrina Monroe” es llevada a un grado superlativo, y Latinoamérica pasa a ser el obligado espacio de reaseguro ante el declive del país norteamericano.
Es sabido que de ese espacio el capitalismo estadounidense se aprovecha descaradamente, rapiñando recursos naturales (petróleo, minerales diversos, biodiversidad de las selvas tropicales, agua dulce), explotando mano de obra barata (con maquilas en los países del Sur, o sobreexplotando a población latina en su propio territorio como migrantes irregulares), y teniendo sujetados a todos los países con impagables deudas externas (un billón y medio de dólares), dineros que van a parar finalmente a Wall Street. Es más que obvio que Estados Unidos no quiere soltar ese botín. Si está perdiendo presencia y terreno en otras latitudes del mundo, aquí sigue imponiéndose. Y ahora, pareciera, más que nunca.
Complementando esa narrativa de “hemisferio propio”, a fines de febrero el Secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, presentando la ampliación de la estrategia de seguridad nacional, dio a conocer una nueva iniciativa: “La Gran Norteamérica”. En su discurso inaugural pudo decir que: “Deberíamos considerar cualquier intento de países malignos de extender sus sistemas en cualquier proporción en este hemisferio como un peligro para nuestra paz y seguridad”.
Salta inmediatamente una duda: ¿cuáles son los “países malignos”? ¿Los que invaden a otros Estados, matan, roban, saquean, promueven dictaduras, enseñan a torturar, mienten, manipulan información, se sienten inspirados por revelaciones divinas para ser los pretendidos “dueños del mundo” de acuerdo a un metafísico “destino manifiesto”, usan armas atómicas contra población civil, fuerzan a otros a endeudarse con ellos, secuestran o asesinan a dirigentes políticos contrarios, imponen su cultura tratando de “primitivas” a otras –quizá milenarias y más ricas que el Pato Donald o Rambo–, basan su riqueza actual en la esclavitud de medio millón de personas africanas y el exterminio de pueblos originarios, pueden llegar a nombrar, por boca de su presidente, a ciertos países como “de mierda”, certificando según su arbitrario criterio quién es corrupto y quien no y quién lucha contra el narcotráfico y quien no, expulsan de su territorio a migrantes irregulares encadenados y tratados como delincuentes luego de explotarlos impiadosamente como ejército de reserva industrial, siendo los únicos con poder de veto en el FMI?
Pues…. hay pocas naciones que encuadran en este perfil. ¿A quién se habrá querido referir este funcionario estadounidense? China no hace nada de todo esto. ¿Quién será entonces ese pérfido maligno? ¿Andorra quizá? ¿Nigeria? ¿Tal vez Bután?
Esta nueva estrategia redefine el perímetro de seguridad de Estados Unidos, ampliándolo significativamente mucho más allá de las fronteras tradicionales de América del Norte, pues abarca todos los países y territorios soberanos ubicados al norte de la línea equinoccial del Ecuador. En su alocución Hegseth –ex presentador de televisión, oficial de la Guardia Nacional del Ejército y muy activo en la política conservadora y republicana– describió este nuevo mapa estratégico como una franja que se extiende desde Groenlandia hasta el ahora llamado –por Washington– Golfo de América (realmente: Golfo de México), incluyendo, además de Canadá y México –y, obviamente, a Estados Unidos–, a todos los países de Centroamérica –por cierto: a la ¿revolucionaria? Nicaragua– y del Caribe que se encuentran en esa zona geográfica –también Cuba socialista– y el Canal de Panamá, así como Ecuador, Colombia, Guyana y Venezuela –donde parece que la Revolución Bolivariana y su socialismo del siglo XXI quedó en la historia–.

Tecnocracia de América, la visión de Technocracy Incorporated, una influyente organización estadounidense-canadiense de la década de 1930 que floreció tras la Gran Depresión.
De acuerdo a lo dicho por el Secretario de Guerra de la gran potencia, esta región ya no debe ser vista como parte del llamado –impropiamente, según la Casa Blanca– “Sur Global”, sino como “un perímetro de seguridad inmediato (…) un gran vecindario” donde todos los países comparten responsabilidades de defensa, siendo Estados Unidos el rector. La iniciativa, supuestamente, prioriza la seguridad fronteriza, buscando combatir el llamado narcoterrorismo (que puede hacer ingresar una tonelada y media de droga diariamente a la Unión Americana, principal consumidor mundial de estupefacientes –¿y las mafias que la distribuyen dentro del país se combatirán?–), a las pandillas y al crimen organizado, incluyendo una mayor presencia militar estadounidense en cooperación con sus socios regionales “del barrio”, como dijo el Secretario, para “defender la civilización y cultura cristiana”.
Mientras Estados Unidos toma la “histórica responsabilidad” de reforzar el norte, la reorganización del mapa espera (bueno… Washington espera) que las naciones al sur de la línea del Ecuador asuman mayor responsabilidad en la defensa del Atlántico Sur y Pacífico Sur.
Groenlandia, que geográficamente está asentada sobre la placa tectónica norteamericana, hace parte de la nueva estrategia militar, dado que alberga la Base Espacial estadounidense Pituffik (antes llamada Thule), clave para la alerta temprana de misiles enemigos. Allí se deberían asentar componentes básicos (radares ultra sofisticados) para el proyecto de “Domo Dorado” (descomunalmente caro: quizá llegando a los 500.000 millones de dólares, o más), iniciativa del gobierno de Donald Trump que busca generar una cúpula defensiva del país americano, con vital presencia ártica para la detección temprana de misiles balísticos e hipersónicos o drones, básicamente de Rusia y China, asegurando así que toda la región de La Gran Norteamérica esté bajo control estadounidense y no de rivales extraterritoriales.
Es más que evidente que, ante el declive que ya ha comenzado en la gran potencia capitalista (12.9% de su población en pobreza, un millón de homeless, 47 de sus 50 estados –salvo California, Texas y Nueva York– técnicamente en recesión, con un déficit fiscal de 125% de su PBI, con posibilidades de una virtual guerra civil –la toma del Capitolio de hace unos años fue su presagio– y pandemia de consumo de drogas en ascenso –210 muertes diarias por sobredosis–) la región latinoamericana está en peligro mortal. La ilegal acción en Venezuela con el secuestro de su mandatario y el delito de lesa humanidad de impedir el suministro energético a Cuba marcan la política de la Casa Blanca para la región: “¡Aquí manda Estados Unidos y nadie lo discute!”. Podría decirse: ¡pobre Latinoamérica…, tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos!















