En el año 2025 llegué a tener cinco trabajos, algunos más fijos que otros, algunos apenas por unos meses. La verdad es que, hacia el final del año, andaba malabareando de manera trambólica.

Como les pasa a muchos —me incluyo— el 2025 no dio respiro. Si no era una cosa, era la otra. Todo bajo un mismo manto: incertidumbre, malas noticias y un gobierno que nos empuja a ser cada día más colonia, más explotados, menos felices.

Las olas de calor se intensifican, así como las boletas de luz aumentan y los cortes acaparan cada vez más zonas de la ciudad y hasta la provincia de Buenos Aires en simultáneo. El asfalto abrasa, asfixia, asedia como el sol clavado en la cara.

F. me manda un mensaje: Hola amiga, decime qué día vamos a la ruta. Hace ya un tiempo que viene insistiendo para que nos tomemos el día. Nunca coincidimos, pero esta vez tengo una corazonada. Este sábado no, el otro. El viernes anterior al día pactado me acuerdo, me digo a mí misma que al llegar a casa, le voy a mandar mensaje, pero no me dio tiempo: Hola amiga, mañana a qué hora? Sonrío. Pasame a buscar por yoga que salimos directo.

Pobre, no paré de hablar un segundo. Él concentrado en la ruta, en lo que hablo, acotando con su voz tranquila. Fuimos tomando mate y comiendo un sánguche de queso y lomito del almacén de la otra cuadra de mi casa. Con mayonesa.

F. no se mudó a la capital, tampoco cruza el riachuelo para trabajar, así que no lo puedo incluir, pero yo, que me recontra vendí, parezco la porteña que los fines de semana va en busca de un pueblo amigo donde tomarse una birra, comer en una buena parrilla.

El año pasado no era tan notorio, pero este verano se intensificó: las escapadas se volvieron las vacaciones de muchas personas. Nada de alquileres en la costa por quince días o diez días en una quinta en Cañuelas con la familia. Por suerte no era finde largo. Aun así, la autopista estaba cargada: pasamos la cárcel de Ezeiza, pegamos una vuelta pasando por el predio de la AFA y enganchando otra parte de la autopista o ruta (lo siento, no manejo y suelo distraerme), pasamos por Jose León Suarez donde F. me cuenta de la buena cancha que tienen, que pasaba siempre cuando trabajaba en Spegazzini. Ahora F. trabaja por su cuenta, pero durante muchos años trabajó en los bajo niveles que se hicieron más que nada en la zona sur del conurbano, pero también el bajo nivel de la avenida Alem.

Pasamos el castillo de Cañuelas, recientemente expropiado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Lo miro con atención: siempre lo conocí abandonado y pienso en las grandes fiestas que se podrían haber hecho (o que efectivamente se habrán hecho). No dejo de pensar en que tiene algo un poco turbio, pero cruzamos por las vías y me distraigo con la siguiente cosa. Quedan cuarenta minutos que utilizamos para que me actualice de su última relación, pero también de otra, la más reciente.

Llegamos a Monte, rodeamos la laguna, continuamos con la conversación (nos dimos cuenta de que hacía mucho no hablamos de nuestras cosas). Estacionamos el auto, bajamos la heladerita, también las reposeras. Elegimos un lugar con sombra, abrimos una cerveza, nos sacamos las zapatillas.

Estaba F. con sus padres al lado nuestro. Hacía poquito empezaba a caminar, se los veía contentos, relajados. Él manda un audio confirmándole a sus padres que a la noche aceptaban la invitación a cenar. Del lado contrario, una familia de muchos integrantes se sacaba fotos con la laguna de fondo. Una pareja de sesenta años, quizás un poco más, estaba durmiendo sobre una lona celeste. Él boca arriba abrazándola a ella que estaba de costado, durmiendo sobre el pecho de él. No se enteraban de que eran parte de un mundo que continuaba, menos veloz, pero también más atento. Compramos churros, abrimos la otra cerveza, alquilamos un patito a pedal para adentrarnos al medio de la laguna.

¿Qué hicimos antes de volver? Nos tomamos otra cerveza, ya casi antes de anochecer, pero en frente a la plaza del centro. A pedido mío, visitamos la plaza central y la iglesia, costumbre de mi madre que me encanta y de la cual no reniego (de la costumbre, no de mi madre, que diría exactamente lo mismo).

Esa última birra en Monte fue en el bar social, frente a un instituto público con a su alrededor, situado dentro de la plaza central. Es decir, estábamos enfrente a la plaza y la iglesia a la derecha. El club social era una casa vieja, antigua, descascarándose en la esquina. De color bordó con las puertas altas y de madera y los bordes de las ventanas amarillo maíz. Cuando entré para ir al baño, era todo marrón, una reforma del espacio, yo creo, después de 1970.

Cuando salí, vi a la chica en la barra, le pedí una cerveza para la mesa de afuera, Dale, ya te la llevo. Su cara no me lo transmitió, pero estoy segura de que me dedicó el infierno entero. Dijo, que yo vuelva al infierno que abrasa, asfixia, asedia como el sol clavado en la cara.

Volví a la mesa de plástico azul con la inscripción en cursiva de “Quilmes”, al lado de otra con alrededor de cinco amigos claramente de toda la vida. Tendrían sesenta años o tal vez, un poco más. Una señora en bicicleta de mujer de paseo, de esos con el manubrio amplio y el canasto delante, acompaña la ondulación de la esquina. Desde lejos había visto a estos amigos, es por eso que el movimiento cruza de una vereda a la otra.

Con la pierna izquierda estaciona exactamente delante de uno de ellos, sentado en una silla “Quilmes” por supuesto. Tu hija me dijo que después del estudio te vio sentado en el mismo lugar en el que estás sentado ahora. El señalado no dijo nada en esos dos o tres segundos donde el silencio pidió permiso. Hubo quien salió del bar social y exclamó con el tono de quien se hace cargo de la situación: ¿Cómo estás, Olga? Detrás sale la moza con la cerveza vestida de telgopor, la destapa y la sirve en los dos vasos mientras Olga cuenta no sé qué. Y con la misma elegancia que apoyó su patita de tero, volvió a arrancar vaya uno a saber dónde.

F. me mira cómplice, me acerca el vaso y brindamos. Se acerca otro a la ronda. Pasa una moto, toca dos veces la bocina, todos bajan y suben la cabeza al mismo tiempo, realizando una coreografía imposible. Sale otro del bar, ve a uno sentado en una de las sillas y saboreando el momento, le pega un buen cachetazo en la pelada. Pero una mano muy bien puesta, tan bien puesta que rebotó en las cuatro esquinas robándonos las sonrisas. La víctima se gira, mira a quien le propició semejante mano, pero este lo primerea: así que andas chupando los maníes y los devolvés al tarro.

El otro jura y perjura que no, mientras el agresor se muerde el labio, mientras el agraviado explica que sólo juntó todos los pocillos de maní después del campeonato de truco. Ambos se distraen porque otro levanta la mano saludando a un auto que pasa, pero estaciona porque encuentra un lugar sorpresivamente. Baja, cierra el auto, se acerca, saluda a todos palmeándolos, se une apoyándose en la pared ya habilitada. Los otros le cuentan qué pasó Olga, algunos se muerden el labio.

F. me mira cómplice porque sabemos que hay que volver. No al sol, sino a lo que queda de él: el asfalto que todavía abrasa, que todavía asfixia, que todavía asedia.