En la vida cotidiana mi hermana y yo podíamos discutir por cualquier cosa. Por la hora, por el carácter, por quién tenía razón. Éramos intensas, distintas y profundamente unidas. Pero algo extraordinario ocurría cada vez que salíamos de viaje juntas: la fricción desaparecía. Viajar era nuestra tregua, nuestra reconciliación permanente, nuestra forma más honesta de querernos.
Este año se cumplen cinco años de su partida. Y he descubierto que hay ausencias que se vuelven mapa. Que hay personas que, incluso después de irse, siguen marcando la ruta.
En 2003 viajamos a Buenos Aires en diciembre. Ella se había adelantado con una amiga y se hospedaba en una casa de huéspedes donde convivían viajeros de distintos países. Yo trabajaba entonces, así que la alcancé días después. Recuerdo perfectamente esa llegada: el calor húmedo del verano austral, el acento arrastrado, las calles amplias, los cafés que parecían detenidos en otra época.
Argentina declaró su independencia de España el 9 de julio de 1816, pero Buenos Aires ya era desde mucho antes un punto estratégico del Virreinato del Río de la Plata. Su historia está atravesada por migraciones masivas —italianos, españoles, alemanes, franceses— que le dieron esa identidad híbrida, melancólica y profundamente europea que aún se respira en sus barrios.
Caminar por San Telmo era sentir la herencia colonial; recorrer La Boca era entender la impronta inmigrante; perderse en Palermo era reconocer la modernidad latinoamericana. Pero si hay un símbolo que concentra la historia política argentina es la Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo, ubicada frente a la Plaza de Mayo.
Desde ese balcón habló Eva Perón. Evita. La mujer que, junto con Juan Domingo Perón, redefinió la política social del país en la década de 1940. Impulsó derechos laborales, el voto femenino en 1947 y creó una narrativa de justicia social que aún divide y apasiona. Estar ahí, frente a ese edificio rosado, era comprender que la política también puede ser emoción colectiva.
Mi hermana era la estratega del viaje. La mente técnica. Leía mapas, organizaba horarios, sabía qué museo abría primero, cuánto tiempo necesitábamos para trasladarnos de un barrio a otro. No había redes sociales que dictaran itinerarios. Había guías impresas, folletos recogidos en hostales y horas investigando en internet con paciencia casi arqueológica.
Yo era —como bromeábamos— la encargada de relaciones públicas. Decidía dónde cenar, qué boliche visitar (así le llaman a los antros), qué bar escondido valía la pena descubrir. Siempre he tenido una extraña fortuna viajera: upgrades inesperados, cambios de asiento que terminan en primera clase, vuelos sobrevendidos que se convierten en experiencias más cómodas. Ella decía que no era suerte, que era actitud. Que yo pedía con naturalidad lo que otros ni siquiera se atrevían a imaginar.
Pasamos Navidad entre piletas —como llaman a las albercas—, asados interminables y conversaciones con argentinos, españoles y brasileños que compartían esa casa de huéspedes. En esa Navidad lejos de México entendí el contraste cultural: mientras nosotros pensamos en invierno, allá el diciembre es verano, luz extendida, calor y celebraciones al aire libre.
El cambio de hemisferio también es un cambio emocional. El cuerpo se desorienta, el reloj biológico reclama, pero la mente se abre. Buenos Aires es una ciudad donde la cultura no es adorno, es identidad. El Teatro Colón es considerado uno de los mejores teatros de ópera del mundo por su acústica. Las librerías —como El Ateneo Grand Splendid, instalada en un antiguo teatro— parecen templos dedicados al pensamiento. Los cafés no son solo espacios para consumir, sino para discutir política, literatura y fútbol con la misma intensidad.
Mi hermana y yo nos movíamos como un equipo perfectamente sincronizado. En la vida diaria podíamos chocar; de viaje éramos cómplices. Viajar nos obligaba a cooperar, a resolver, a sorprendernos juntas. No había espacio para el ego cuando había que encontrar una dirección en un barrio desconocido o negociar un taxi en otro acento.
Fue ella quien insistió en que tomáramos fotos. A mí me daba pereza sacar la cámara todo el tiempo. Ella decía que la memoria necesita anclas. “Algún día vas a agradecer tener estas imágenes”, me repetía. Hoy, cada fotografía es una conversación pendiente y, al mismo tiempo, una presencia intacta.
Recuerdo una tarde en Puerto Madero, el reflejo del sol sobre el Río de la Plata, el Puente de la Mujer dibujando una silueta moderna sobre una ciudad histórica. Recuerdo nuestras risas cuando intentábamos imitar el acento porteño. Recuerdo la sensación de libertad absoluta al caminar sin prisa.
Hay algo profundamente revelador en viajar con alguien a quien amas. El viaje desarma máscaras. Cansa, expone, muestra manías y virtudes. Si después de compartir aeropuertos, retrasos, calor, mapas y decisiones difíciles sigues queriendo a esa persona, entonces el vínculo es verdadero.
Con el tiempo entendí que nuestros viajes eran nuestra forma de terapia. Sin saberlo, nos perdonábamos cosas entre vuelos y fronteras. Nos reconocíamos en territorios nuevos. Nos mirábamos sin el ruido de la rutina.
Hoy, cada vez que preparo una maleta, la pienso. Cuando reviso horarios, recuerdo su disciplina. Cuando elijo un restaurante en otro país, sonrío al pensar que sigo cumpliendo mi rol de relaciones públicas. Cuando me sorprenden con un upgrade, le agradezco en silencio, porque estoy convencida de que algo de esa buena fortuna tiene que ver con ella.
Buenos Aires no fue solo una ciudad visitada. Fue un punto de inflexión. Un lugar donde comprendí que viajar no es escapar, sino ampliar la identidad. Que la cultura de un país —sus migraciones, su historia política, su arquitectura— también se convierte en espejo.
Argentina es tango, es memoria, es debate permanente. Es un país que ha sabido reinventarse en medio de crisis económicas y tensiones políticas. Y quizá por eso resonaba tanto con nosotras: porque también nosotras nos reinventábamos cada vez que cruzábamos una frontera.
Cinco años después, sigo viajando. Sigo tomando fotos. Sigo buscando ese instante en el que el tiempo parece suspenderse frente a un paisaje desconocido. Pero ahora entiendo algo más profundo: no viajo sola. La memoria viaja conmigo.
Hay personas que se quedan en los lugares que compartimos. Buenos Aires es uno de esos lugares donde todavía la escucho reír.
Y he decidido que, mientras pueda, seguiré recorriendo el mundo con la certeza de que cada destino es también una forma de volver a encontrarla.















