Desde pequeña he vivido enamorada de la papelería, la tinta y los colores. Pasar el tiempo creando dibujos con sentido (o sin sentido) era mis formas favoritas de pasar el día. De trazos y marcadores de colores, pase a escribir algunas frases con la idea de llamarlas poesía. Me parecía interesante que pudiera convertir la cotidianidad en algo corto y directo con lo que otras personas podían identificarse.

De ahí, comencé a amar los folletos y la forma en la que se construían y lograban llevar un mensaje. Así que me enamoré de un folleto que divulgó la escuela en forma de botella de agua para concientizar sobre la meningitis. Lo cargaba en el bulto hasta que finalmente lo guardé en una gaveta donde encontró su camino a una pila de basura.

Estos pequeños detalles (o grandes) siempre han marcado mi crecimiento. Pero no estaba tan despierta para darme cuenta de que me estaban señalando el camino a una carrera profesional.

Muchas veces se pasan por alto ciertos detalles que más que ideas, te dan una dirección. La mayoría del tiempo esto aplica en más de un caso, no solo sobre carreras profesionales. En el proceso de descubrirnos, o descubrir algo, ya sea una carrera, una relación, una persona, a veces nos enfocamos demasiado en detalles que vemos como piezas pequeñas y no como parte de un todo. Esto, en ocasiones, nos hace perder perspectiva de hacia dónde nos dirigimos o cuál es el siguiente paso, sin embargo, los caminos y los siguientes pasos siempre han dejado señales durante el camino, solo lo estamos viendo desde muy cerca.

Vemos una relación por los detalles, pero, en términos generales, ¿qué es? ¿Y hacia dónde te lleva? Vemos a una persona por los detalles, pero ¿quién es?, ¿y qué te aporta? Estamos tan concentrados en cómo las cosas deben ser vistas que nos creamos una presión social molesta que nadie quiere tener encima. Nos enfocamos en lo pequeño y lo cotidiano, tanto que no logramos verlo desde una perspectiva más amplia, desde el macro de la situación.

Creo que esas son las enseñanzas que deja cada interacción y cada momento relevante. Todos están conectados a momentos específicos de nuestras vidas, todos presentan una pieza importante del tipo de seres humanos que somos. Las carreras, las parejas y los amigos, todo lo que escogemos, dice algo sobre nosotros, sea de forma directa o indirecta. Cada pieza, cada espacio, cada persona y cada carrera muestran una porción extensa de nuestra personalidad aunque en ocasiones nos neguemos a creerlo por completo. Por eso, cuando nos presentamos por primera vez delante de un salón de clases o cuando conocemos una persona nueva, la mareamos con preguntas sobre quién es. Al inicio, suena básico preguntar: ¿De dónde eres? ¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu color favorito? Pero ese cuestionario es el que nos lleva a los detalles más profundos de cada persona. Son los detalles que están destinados a fortalecer relaciones y crear lazos.

En una generación que pasa por alto los detalles pequeños, nos vemos en la obligación de repasar aquellas cosas de carácter tradicional que siempre nos han unido como sociedad. Algo tan simple como una interacción y tres preguntas básicas puede ser el camino a encontrar a las personas correctas.

O, como dije al inicio, el camino a encontrar la carrera correcta. Todo detalle, toda elección y toda idea remiten a un lugar de nosotros más profundo y menos expuesto a la vista que las cualidades físicas o las cosas que sabemos hacer.

Dicho esto, lo transmito porque, aunque todas las piezas y los detalles parecían estar en su lugar, nunca me di cuenta de que mis intereses desde niña estaban trazando el camino a mi vida profesional y a definir ciertos aspectos de mi persona. Algunos se dan cuenta antes, unos después y otros ahora. La importancia está en reconocer que todos tenemos una lista de detalles y acontecimientos que forman todo lo que somos. Y que son precisamente esos acontecimientos los que nos dan orden y nos dirigen en la vida adulta que comenzamos a tener. Muchos despiertan y se dan cuenta de que sus detalles y patrones no son favorecedores, así que los rompen y vuelven a construirse de a poco. Otros se dan cuenta de que los detalles pequeños hacen piezas gigantes y juegan a darles forma hasta que consiguen posicionarse en medio de las cosas que parecen perdidas y en las turbulencias de la vida adulta.

En ese juego estamos todos. Buscando formas, estableciendo nuevas rutas, rompiendo patrones, pero, primeramente, reconociendo que todas las piezas que cargamos con nosotros definen de dónde venimos y por qué somos como somos. Y, finalmente, la idea no es rechazar las raíces sino ver qué podemos hacer con ellas para que los próximos árboles crezcan más fuertes, más sanos y con mayor camino al andar.