A medida que las sociedades presentan cambios de forma gradual o abrupta cuyos rasgos a veces imperceptibles se van reflejando en la historia, aparece la literatura como un componente del arte capaz de asentarse en los círculos del tiempo, habilitando y filtrando las acciones, emociones y sensaciones abstractas, las cuales pasan a través del lenguaje y nos acercan a aspectos e interpretaciones que hacen reconocible un particular sentido de identidad.

La historia de la literatura latinoamericana, la cual se somete a una preponderante transición que une la dimensión prehispánica con el mestizaje y el legado europeo, pasaría por un proceso particular para que las reminiscencias del primer espacio encontraran un lugar asertivo donde desplegarse en la impresión literaria, dando así paso a una fisonomía que de forma paulatina experimentaría con el compromiso de encontrar un sentido identitario proveniente del nuevo carácter adoptado en el entorno.

Encontramos, por ejemplo, en uno de los repuntes de la poesía latinoamericana, ya a finales del siglo XIX , propiciado por la universalidad de Rubén Darío, la incorporación de la resonancia tropical del nuevo continente, quien, desde la escuela europea, logra imbuir en la sensibilidad hispanoamericana nuevos ritmos, imágenes, inquietudes y colores. Se hace claramente perceptible en su vasto cuerpo poético el ambiente lingüístico mestizo que forjaría su espíritu desde la infancia, alineando temáticas explícitas con su capacidad de sustraer y ventilar un honorable legado ancestral.

Si bien la literatura latinoamericana no encontró un sitio definido con el surgimiento de las primeras universidades postconquista, o en épocas más recientes, cuando los países tornaron una relativa independencia,se presentaría un proceso de más de tres siglos en el que convivieron voces indígenas, europeas, africanas y mestizas, para que tal eclecticismo precisamente llegara a alcanzar una voz propia.

Después de valorar las antiguas tradiciones literarias donde se vislumbran las reminiscencias jeroglíficas de los mayas, así como las composiciones filosòficas o religiosas de los nahuas o la rica afluencia de relatos,cantos e himnos enmarcados en la tradición oral incaica; aparecería una nueva etapa post conquista, la cual de alguna manera al colocar la lengua española como una expresión franca, oficial o dominante, percibe como literatura las primeras descripciones expresas por soldados, religiosos o funcionarios europeos, reconocidas como las crónicas de indias.

Aunque dichas crónicas no pretendían hacer literatura americana, sitúan el nuevo continente como un lugar extraordinario, lo cual ejerce en parte esa función: con descripciones de volcanes, selvas, animales desconocidos, pueblos y comunidades indígenas, frutos y variedades de alimentos, ciudades enormes e inimaginables, como refleja el caso de Tenochtitlán.

La consolidación de ciudades virreinales en México, Lima,Quito, Bogotá y el Cuzco traería consigo la formación de universidades en el siglo XVI, considerando tal acontecimiento como una llegada temprana del corpus de formación intelectual; sin embargo, estas no eran de acceso público, sino que se destinaban a españoles peninsulares, criollos “acomodados” y miembros del clero. La vasta mayoría de la población, conformada por indígenas, africanos, mestizos y pobres, quedaba dispersa en trabajos alejados del estudio.

En este sentido, en la mayor parte de la época colonial, prevalecía la escritura asentada en una profunda mirada europea en manos de los reducidos grupos privilegiados divididos en criollos y peninsulares. Sin embargo, después del primer siglo de establecimiento español, comenzó a surgir una diferencia práctica entre ambos grupos; si bien los criollos heredaban riquezas, tierras y acceso a libros y a la más alta educación, los principales cargos administrativos y eclesiásticos eran exclusivos para los peninsulares.

Se hace presente en el siglo XVII el nacimiento de la conciencia criolla; autores como Carlos de Sigüenza y Góngora en Nueva España o Juan de Espinoza Medrano en el Perú empiezan a marcar pautas para perfilar el continente como un lugar digno por sí mismo, más allá de una colonia. Se da lugar a nuevas perspectivas sobre las culturas indígenas, a los santos locales; se aprecia mejor la naturaleza americana y las ciudades coloniales; empieza una ruta hacia una identidad propia, aunque ésta se mantiene dentro de la monarquía española. Dicha transición llevaba a los criollos a no sentirse por completo españoles, pero tampoco indígenas.

Es relevante la mención del escritor Inca Garcilaso de la Vega, hijo de un conquistador español y una princesa del sur; para algunos críticos e historiadores, este autor representa al primer gran mestizo del continente, ya que su obra se orienta a reconciliar ambos mundos.

Aunque las guerras de independencia iniciadas en la primera parte del siglo XVIII no representaron una voz definitiva para la identidad literaria latinoamericana, sí aportaron de manera sustancial, ya que el auge del arte escrito aquí se encamina a imaginar una nación, ya la construcción de nuevos países, los cuales dejan de servir al rey. Los escritores fungen además como periodistas, abogados, políticos, diplomáticos, conformando una élite intelectual vinculada a estos grandes cambios.

El cuestionamiento del significado de pertenencia, la relación con Europa, temáticas entroncadas con las repercusiones de la esclavitud y el lugar que ocupan los indígenas generan un escenario donde el continente empieza a ocupar un lugar protagónico que se extendería hasta el siglo XIX. En países como México, Argentina, Chile, Perú y Cuba, aparecen relatos y novelas históricas sobre identidad nacional; el conflicto entre ciudad y campo; la narrativa y la poética se inmiscuyen en la formación del Estado; se reivindica el brío de la herencia ancestral.

Aunque el continente americano nunca aparta su mirada de manera definitiva del Viejo Mundo, cada generación viene a transformar esa influencia; es así que, a la altura del siglo XX, el espacio latinoamericano se sustenta en una “realidad suficiente” para crear su propia literatura universal y esta logra consolidarse como un sujeto que se narra a sí mismo, imbuyéndonos en la comprensión de nuestras propias sociedades, conflictos y memorias.

Tales voces se despliegan en escritores como Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, entre otros… y componen una vasta experiencia capaz de explicar la complejidad y belleza latinoamericanas, remontando a la dimensión universal.

La expresión literaria empezó a introducir vocablos regionales, modismos, giros populares y formas de hablar concretas de cada país, transmitiendo la versatilidad y riqueza lingüística del continente. Se manifestó una reinterpretación de episodios como la conquista, la colonia, las luchas por la independencia, ofreciendo diversidad de visiones en retrospectiva. La desigualdad, la pobreza, la violencia, las dictaduras, la migración y la búsqueda de justicia llegaron a plantearse como temas centrales.

Muchas obras, además, lograrían combinar leyendas, creencias populares y elementos sobrenaturales con situaciones comunes, mostrando una manera particular de la comprensión de la realidad. Las formas narrativas seguirían una dinámica hacia múltiples voces, saltos temporales y estructuras complejas. Se marcó una tensión muy rica entre el compromiso social y la experimentación, donde la experiencia política e histórica se convierte en un desafío, ya que pasa a ser un componente que se colocaría dentro de una singular amalgama estética.

Tras esta evolución de la literatura latinoamericana al llegar a la contemporaneidad, es destacable la existente diversidad que aflora en el continente, al igual que en otras regiones. Coexisten novelas íntimas, ciencia ficción, narrativa policial, terror, autoficción y experimentación formal, sin abandonar temas como la memoria, la desigualdad o las migraciones. Tras alcanzar una madurez particular, se ha superado en cierta manera la constante necesidad de tener una identidad propia.

Los momentos de locura, lucidez, felicidad o tragedia se imbrican con diversos elementos que divagan siempre por las calles y las mentes de los que se entregan al arte escrito en Latinoamérica. Quizás aquí en la actualidad no se encuentra una sola línea a seguir, las ideas proliferan, se alejan y se entrelazan entre las cuantiosas páginas y relatos; pero aún en este impulso plural, sigue viva una sensibilidad que lleva a sus espaldas un continente que logra reír para olvidar, sentir todavía coraje ante la adversidad, crear aún a la orilla de la esperanza y retroalimentarse del encuentro e incluso del conflicto de su historia.