Las Islas Malvinas son, para el pueblo argentino, mucho más que un archipiélago ubicado en el Atlántico Sur en disputa. Malvinas es símbolo de dolor por una guerra injusta, de la valentía de sus Héroes, de la dignidad de un pueblo que resiste y, también, de un histórico reclamo por su soberanía.

Malvinas es, para los argentinos, una palabra con una profunda carga simbólica. No es ni una palabra más, ni un lugar cualquiera. Decir Malvinas es suficiente para que quienes hemos nacido o han migrado a tierras argentinas sepamos que nos estamos refiriendo a una serie muy particular de sucesos: a esa herida abierta que nos duele y sangra todos los días por la apropiación ilegítima de nuestras Islas Malvinas y por la posterior Guerra librada con el fin de lograr su restitución el 2 de abril de 1982.

Malvinas es símbolo del histórico reclamo que esta patria viene realizando ante los organismos internacionales para que el Reino Unido devuelva las Islas que nos han sido arrebatadas hace ya casi 200 años. Decir Malvinas nos traslada también a aquellos tiempos de sangre y dictadura en que se decidió librar un enfrentamiento por una causa que cualquier argentino o argentina considera más que justo —la restitución territorial— pero por razones por demás cuestionables y enviando a un puñado de jóvenes conscriptos con poca instrucción militar y escasos recursos. Esos jóvenes héroes fueron, lisa y llanamente, enviados a morir en esa inhóspita porción del territorio para que la dictadura militar que gobernaba el país en ese entonces recupere aunque sea una parte del consenso social que cualquier gobierno necesita.

En estas tierras, el reclamo por la usurpación ilegítima de las Islas Malvinas se expresa en una infinidad de objetos y simbología que forman parte de la cotidianeidad de los habitantes de este suelo: graffitis callejeros; calcomanías pegadas en los automóviles; nombres de calles, municipios y barrios; parches y estampas que adornan piezas de indumentaria; objetos artísticos que toman este reclamo como temática principal; y una multiplicidad de espacios y símbolos que nos acompañan día a día a la luz de este permanente reclamo. Porque sí, la lucha por la restitución de las Islas Malvinas y la Guerra maliciosamente declarada por el gobierno de facto en 1982 que se llevó la vida de cientos de jóvenes soldados es una herida abierta y silenciosa en el corazón del pueblo argentino. El dolor trasciende generaciones, banderas políticas y clases sociales, y nos funde a quienes sentimos los colores de nuestra bandera en un abrazo colectivo que no sabe de distinciones.

Hagamos un poco de historia. Con la Revolución de Mayo de 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata heredaron los territorios que habían pertenecido al Virreinato, y entre ellos se incluían las Islas Malvinas. Ya para 1820, Buenos Aires envió a David Jewett (un marino estadounidense nacionalizado argentino) para tomar formalmente posesión de las Islas Malvinas. Jewett izó la bandera argentina en Puerto Soledad y notificó a las embarcaciones extranjeras sobre la soberanía del nuevo Estado. En 1829, el gobierno argentino designó a Luis Vernet como Comandante Político y Militar de esa porción del territorio argentino. Vernet se instaló en Isla Soledad con colonos, organizó la producción, la pesca y la caza de lobos marinos. Sin embargo, en 1831, se produjo un conflicto con unos barcos estadounidenses que se encontraban pescando de manera ilegal en la zona, lo que derivó en un ataque de la marina norteamericana. Ese ataque arrasó el asentamiento de Puerto Soledad y dejó a la colonia en una situación vulnerable.

De ahí que, aprovechando esa debilidad, en enero de 1833 Reino Unido envió la fragata HMS Clio, que expulsó por la fuerza a las autoridades argentinas e izó la bandera británica. Desde aquel entonces, Gran Bretaña ha mantenido una ocupación ilegítima de las islas y el Estado argentino ha reclamado de manera ininterrumpida la restitución de este territorio que nos ha sido arrebatado. En 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2065, que reconoce la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y Reino Unido por las Islas Malvinas y exhorta a ambas partes a negociar para llegar a una solución pacífica.

En 1982, Argentina se encontraba gobernada desde hacía seis largos años —y como tantos otros países de la región— por una sangrienta dictadura militar que había tomado el poder a partir de un golpe de Estado. Pero no todo iba según el plan del gobierno militar, ya que en el último tiempo había explotado una fuerte crisis económica y social que requirió de la implementación de medidas extremas para volver a ganar el apoyo que le había sido retirado de una parte de la sociedad. Es así que el 2 de abril de 1982, el Comandante en Jefe del Ejército Argentino Leopoldo Fortunato Galtieri ordenó el desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas. ¿El objetivo? Recuperar la soberanía del archipiélago y volver a ganar el apoyo popular. Sin embargo, la guerra finalizó un poco más de dos meses después, el 14 de junio, con una derrota para Argentina. Ese desenlace llevó finalmente a la caída de Galtieri y al comienzo de la recuperación de la democracia en el país.

Un comentario aparte merecen los soldados argentinos que pelearon por la soberanía en ese conflicto, nuestros Héroes de Malvinas. En su mayoría, se trataba de conscriptos muy jóvenes, de 18 o 19 años que se encontraban cumpliendo con el servicio militar obligatorio. La formación militar de los jóvenes soldados era escasa y el equipamiento, precario. Algunos de ellos habían recibido una instrucción básica en el manejo de armas y en tácticas de guerra muy elementales, pero no mucho más que eso. Sin saber el horror y las penurias que les esperaban, estos valientes soldados dejaron sus casas después de terminar la escuela secundaria y pisaron el suelo de las islas para vestir un uniforme que los colocaba en una situación sin retorno: debían pelear una guerra real contra una potencia mundial.

Las condiciones geográficas y climáticas de las Islas Malvinas eran por demás desafiantes y hacían de este un conflicto bélico que no sólo requería de una preparación específica para ser realizado en condiciones extremas, sino también de un equipamiento técnico que protegiera a los combatientes del clima hostil de las islas. Ninguna de estas condiciones se dio en aquel entonces. Nuestros héroes fueron enviados a la batalla en condiciones sumamente precarias: estaban mal alimentados, mal abrigados y era habitual que gatillaran armas averiadas en vano, pues eran deficientes y los disparos no salían. Las botas no protegían del frío ni de la humedad de la turba, los abrigos no resistían las bajas temperaturas de las islas y las raciones de comida eran escasas y poco nutritivas. Nuestros héroes pasaron hambre, frío y se enfermaron. La batalla no sólo fue contra un enemigo altamente preparado para hacer la guerra, sino también contra la mala alimentación y la hipotermia, que debilitaron tanto a nuestras tropas como lo hizo el enemigo.

Como si todo eso fuera poco, la violencia era moneda común en el trato hacia los conscriptos. Los militares se habían apropiado del gobierno en aquel entonces y, envalentonados por el poder del que gozaban, tuvieron un trato por demás violento hacia los conscriptos. Luego de la guerra, surgieron una multiplicidad de voces que relatan las humillaciones y maltratos sufridos no sólo por parte del enemigo, sino también del propio Ejército Argentino.

La vuelta fue tanto o más difícil que la guerra: los jóvenes denuncian que, ni bien terminó el conflicto, fueron ocultados por un gobierno avergonzado por la derrota y que, luego, el Estado los abandonó, privándolos de cualquier ayuda o contención que les permitiera salir adelante en la vuelta a sus vidas como jóvenes civiles. Se estima que el suicidio se llevó casi tantas vidas como las que fueron perdidas en batalla. Los veteranos fueron abandonados a su propia suerte y durante muchos años debieron rebuscárselas para sobrevivir con los recursos de los que cada uno disponía. Muchos de ellos realizaron trabajos informales durante años o incluso pidieron limosna en los medios de transporte para poder llevar un plato de comida a la mesa. Muchos años de lucha social y política le siguieron a la lucha armada.

Como se ha intentado mostrar a lo largo de estas palabras, la ocupación británica de 1833 fue sólo el origen de una herida histórica que todavía hoy forma parte de la memoria y la identidad del pueblo argentino. Ese pueblo que todos los días decide honrar a sus héroes: un puñado de jóvenes que, con aguerrido coraje y profunda empatía, dio todo para combatir en una guerra de causa sumamente justa para el pueblo argentino y en condiciones sumamente precarias.

La Guerra de Malvinas es una herida abierta que atraviesa generaciones y nos recuerda todos los días, en cada graffiti y en cada parche pegado a una mochila, lo que significa la soberanía y la memoria colectiva para nuestro pueblo. Aquellos jóvenes soldados, nuestros Héroes con mayúsculas, se convirtieron en el símbolo de un pueblo que lucha y no pierde la memoria. Honrar su valentía no es sólo un acto de justicia con el pasado sino también un compromiso con el presente y el futuro de nuestro país. El reclamo por la soberanía argentina de las Malvinas forma parte de nuestra identidad como nación y, mientras sigamos ejercitando la memoria, seguirá latiendo en cada uno de nosotros la indubitable certeza de que la historia aún tiene una herida abierta por sanar con nuestro Gran Pueblo Argentino.

¡Salud!