Coincidiendo con el 400° aniversario de la consagración de la nueva Basílica de San Pedro, en 1626, la exposición da cuenta de la relación mecenas-artista así como del vínculo personal e intelectual entre Gian Lorenzo Bernini y el papa Urbano VIII, en el ámbito de aquella mirabil congiuntura que fue el Barroco, una de las más radicales transformaciones de la historia del arte europea.

De hecho, los comisarios Andrea Bacchi y Maurizia Cicconi ahondan en este encuentro especial entre Gian Lorenzo Bernini y Maffeo Barberini, su primer y determinado cliente, elegido pontífice con el nombre de Urbano VIII.

Así pues, la cita romana reaviva crítica y visualmente este lazo personal, intelectual y político que dio origen a una auténtica mirabil congiuntura -según Galileo Galilei-, que engendró el lenguaje universal del Barroco de la Roma postridentina (relativo al Concilio Ecuménico de Trento que se reunió en esta ciudad a partir de 1545).

El proyecto expositivo se centra en la decisión de Maffeo Barberini, reconocido por la historiografía como el descubridor del genio de Gian Lorenzo Bernini. Barberini, mucho antes de su elección al trono papal, intuyó la potencialidad innovadora del joven escultor, facilitando su independencia del taller paterno y siguiéndolo en su trayectoria para convertirse en artista universal.

Conviene recordar que Gian Lorenzo Bernini, arquitecto, escultor y pintor italiano (Nápoles 1598 – Roma 1680), hijo y alumno de Pietro, fue uno de los máximos creadores en campo escultórico y arquitectónico del Barroco, si bien sus construcciones no alcanzaron esa intensidad fantástica de las de Borromini. De la ciudad nativa, siendo todavía un niño, siguió a su padre a Roma de la que no se movió casi nunca. A él se debe en gran parte el gusto escenográfico de la urbanística romana. No se sabe cómo se formó en arquitectura, pero a partir de 1627, Bernini se demuestra maestro de esta técnica tras haber edificado la fachada del palacio de la Propaganda Fide en Roma. Falleció en 1680, tras haberse quedado paralizado de la mano derecha. No se puede olvidar que fue también pintor, pero destruyó insatisfecho casi todos sus cuadros, dado que pocas huellas nos quedan de esta actividad, mientras que se conserva cierto número de sus aguafuertes, entre las cuales algunas ilustraciones de obras de Urbano VIII.

La exposición demuestra que la afirmación del Barroco no fue el resultado de una genérica evolución estilística, sino el concreto de una relación privilegiada entre artista y cliente, capaz de orientar decisiones formales, iconográficas y políticas. Y lo cierto es que en un debate aún abierto sobre los orígenes del Barroco -entre quienes localizan el inicio alrededor de 1600 con Carracci y Caravaggio y quienes lo colocan hacia los años treinta del siglo XVII- el proyecto propone una lectura centrada en la responsabilidad histórica del papa Urbano VIII como el verdadero artífice de aquel momento crucial en la historia del arte.

Así pues, el contenido distribuído en seis apartados sigue la trayectoria creativa de Gian Lorenzo Bernini, desde los inicios hasta la plena madurez, enfocando el papel decisivo desarrollado por Maffeo Barberini en la definizión de un lenguaje artístico innovador, destinado a imponerse como paradigma del Barroco europeo.

Se inicia con Maffeo descubridor de Bernini, cuando el futuro Urbano VIII intuyó la potencialidad de un nuevo concepto de la escultura de aquel enfant prodige, estimulando la salida del taller paterno: junto a obras de Pietro, se exhiben trabajos realizados en colaboración entre padre e hijo. En estas piezas se delinea el lenguaje barroco en la escultura, antes que en la arquitectura y la pintura.

La segunda sección está dedicada a la nueva obra de San Pedro, que sella la alianza entre Urbano VIII y Bernini. En la ultimación de la nueva basílica, acaecida en 1626, queda la tarea para el pontífice y su autor predilecto de decidir el interior, cuyo fulcro es el Baldaquín de San Pedro.

La tercera parte recorre la actividad del Bernini retratista pontificio, a partir de los primeros bustos de Pablo V y Gregorio XV junto con la extraordinaria serie de retratos de Urbano VIII, que denota un intenso poder espiritual y temporal.

La cuarta visita se ocupa de una obra maestra coral dedicada al Palacio Barberini, lugar simbólico de la Roma barberiniana y sede la exposición. Bernini, Borromini y Pietro da Cortona competían en la definición de un espacio que recoge la tipología del palacio urbano y la de la villa suburbana.

Los rostros de la época de los Barberini forman el quinto apartado con una antología de bustos de la Roma de Urbano VIII: cardenales, intelectuales, cortesanos y figuras excéntricas del círculo del pontífice.

Por su lado, la sexta sección ‘La libertad de Bernini, el poder de Urbano VIII’ ahonda en el aspecto íntimo y problemático del vínculo entre el artista y el pontífice, el de la libertad creativa de Bernini. La integran bustos raramente expuestos y pinturas de posible autoría berniniana. Estrella de este apartado, el célebre busto de Costanza Bonarelli, único retrato realizado por el artista sin ningún encargo: una obra que devuelve toda la intensidad de una relación pasional, que marca uno de los vértices de la retratística barroca.

El contenido se concluye con un retrato pictórico de Urbano VIII, aún atribuído. Se trata de una imagen menos oficial y más íntima, que transmite un lazo de protección, control, complicidad y tensión, cuya eclosión fue el nacimiento del Barroco.

En el contexto de esta exhibición, el palacio Barberini y la Fábrica de San Pedro han acordado un calendario de visitas guiadas en la Basílica, a partir del 6 de marzo, para completar la percepción de la temporada artística que transformó totalmente la faz de Roma. También, la Basílica de Santa María La Mayor ofrece la oportunidad, desde el 12 de marzo, todos los jueves, a las 12, de admirar ulteriormente la obra de Gian Lorenzo Bernini.