Se ha escrito abundantemente, y desde muchas perspectivas, sobre el apresamiento norteamericano de Nicolás Maduro y la Venezuela posterior, todavía en proceso y sin certezas a futuro. Sería temerario predecirlos, desde el momento en que ni los actores principales pueden asegurarlo. Por lo tanto, sólo podemos referirnos a lo que sabemos hasta ahora e intentar sintetizar su secuencia y razones en los hechos comprobables y las proyecciones más evidentes, hasta el momento.
No hay duda de que el régimen chavista venezolano se fue transformando en un asunto internacional problemático, paulatinamente. De ser otro intento revolucionario latinoamericano dirigido por un militar carismático, como Hugo Chávez y su “Revolución del Siglo XXI”, algo bastante usual en la región, muy pronto alcanzó niveles insospechados. La diferencia fundamental estaba en la enorme riqueza petrolera y energética del país, lo que le dio una capacidad poco común de prosperar y expandirse. Todo lo cual atrajo no sólo la atención de todos, sino que, por lógica, el interés de anudar con la rica Venezuela los más sólidos lazos de cooperación y de apoyo posible.
Se materializó, preferentemente, en otros regímenes que intentaban sus propias revoluciones, como Cuba o Nicaragua, por decenios, y que estaban en crisis. Rápidamente, el proceso chavista giró hacia el socialismo más radical, basado en lo antinorteamericano, antiimperialismo y todos los argumentos conocidos y pauteados por el libreto castrista. La penetración fue inmediata en el chavismo, tanto en lo interno como en la acción exterior. Cuba, por su parte, luego de perder el antiguo soporte vital soviético, se aferró a Venezuela y lo moldeó a sus intereses. Chávez primero lo impulsó, y a su fallecimiento lo continuó Maduro, haciéndolo irremplazable.
La simpatía fue inmediata entre los regímenes predominantemente de izquierda en Latinoamérica. Situación que ha evolucionado en sentido contrario. De a poco, Venezuela pasó del apoyo al repudio, por sus excesos, sanciones internacionales, caso ante la Corte Penal Internacional, violaciones de derechos humanos y libertades fundamentales, presos políticos y una situación interna cada vez más angustiante y rechazada, detonada por el fraude electoral de 2024.
Como la bonanza petrolera se malgastó y el país no volvió a tener los recursos iniciales, Maduro y su equipo, proyectaron la crisis en dos sentidos: aumentó el control interno, concentrando todos los poderes del Estado, y practicando una represión feroz de toda la oposición, para mantener el poder. Y en lo externo: buscó el apoyo y respaldo de las potencias contrarias a Estados Unidos, como Rusia, China e Irán, las que obtuvo. Por cierto, a cambio de beneficios recíprocos, en inversiones, compras de armamentos, acuerdos de largo alcance y asesorías políticas o ideológicas para consolidarlos. De esta manera, el caso venezolano pasó a integrar la larga lista de los asuntos de interés entre las grandes potencias, y seguir su suerte, así se entendieran o no al respecto.
Una maniobra audaz, con beneficios inmediatos para salvar la crisis, pero al mismo tiempo, sumamente riesgosa, pues Venezuela y el propio Maduro como su dirigente más visible, quedaban a merced de los acuerdos o desacuerdos que pudieran producirse entre las grandes potencias, no en un lugar prioritario, sino como algo residual, negociable. No por menoscabar a Venezuela, sino porque, objetivamente, no tiene el peso político ni estratégico suficiente en el escenario internacional.
Se presentaba una nueva realidad digna de ser aprovechada por dos de los grandes en pugna, Rusia y China, y como objetivo de penetración por Irán en una región donde su presencia era mínima. Maduro creyó que había logrado su objetivo y viajó constantemente a esos países abiertos a sus influencias, otorgando las mayores garantías. La situación no tardó en cambiar drásticamente con la administración de Trump, que puso su atención en el régimen venezolano, pues había sobrepasado los límites de lo tolerable. Ahora, afirmó, amenazaba la seguridad de Estados Unidos y contrariaba sus planes con las otras potencias.
Venezuela se transformó en algo digno de ser atendido para Trump, pues no sólo representaba el avance de sus más bulliciosos y enconados enemigos, sino que igualmente representaba la prolongación del sistema de Cuba y Nicaragua, cada vez más desafiantes, y dependientes del ahora poco, pero igualmente significativo auxilio venezolano. Definitivamente no calzaba con sus planes para el predominio regional. Y actuó.
De la imponente flota contra los narcoterroristas, se pasó al bloqueo aéreo, confiscación de buques petroleros ilegales, hasta la precisa y sorpresiva captura de Maduro y su mujer, para ponerlos a disposición de la Justicia Federal norteamericana, donde afrontan numerosos cargos que prolongarán su juicio, arriesgando una condena larga y severa. Con todas las garantías legales y procesales, defensa de abogados, testigos, recursos y cargos sumamente graves que deberá contrastar.
La imagen de Maduro y su mujer esposados y sometidos a las leyes de seguridad de Estados Unidos ha sido impactante, a pocas horas de que se mostraba inviolable, desafiante, bailando e insultante contra Trump. Había cruzado una línea de no retorno. El petróleo y la apropiación norteamericana se han esgrimido como la prueba de su consabido imperialismo. Por sobre esas razones, cabe preguntarse: ¿Podría Venezuela recuperarse sin una nueva administración de la principal riqueza, si no la única por ahora, que posee? Y de paso, ahuyentar a otros competidores.
El régimen descabezado y amenazado ha debido cooperar y ceder en casi todo. Enfrenta ahora una difícil convivencia entre sus máximos dirigentes, y nada es verdaderamente seguro, salvo esporádicos llamamientos a liberar a Maduro, lo que parece imposible, acompañados de la propaganda y retórica habituales, y desfiles internos que nada inciden. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha anunciado visitar a Trump, y hay gestos de liberación de unos pocos prisioneros políticos. No hay mayores alternativas, pues toda etapa de recomposición venezolana, y 27 años de absoluto poder, no pueden ser garantizados sin el régimen que todavía impera. Un frío realismo por sobre las legítimas aspiraciones de una normalidad democrática, tal vez futura, pero no inmediata.
No es posible anticipar nada. Sólo estamos al inicio de un largo y difícil proceso en Venezuela, que tomará mucho tiempo y que no está exento de sobresaltos inesperados. Sólo cabe esperar.















