Casado Santapau se complace en presentar Intersticio, la primera exposición en dúo en la galería de los artistas Diet Sayler (Rumanía, 1939) y Nelo Vinuesa (Valencia, 1980).

Según el diccionario, el término intersticio se refiere a un espacio pequeño que media entre dos cuerpos o entre dos partes de una misma cosa. También puede entenderse como un intervalo o una pausa entre dos momentos. Es un lugar de transición, un “entre”, que no siempre es visible, pero que resulta esencial para que algo pueda transformarse o pasar de un estado a otro.

Esta idea de espacio intermedio, de pausa activa entre dos realidades, da título y sentido a la exposición. Intersticio propone un diálogo entre dos lenguajes artísticos muy distintos pero complementarios, la abstracción geométrica y estructurada de Diet Sayler y la pintura gestual y expresionista de Nelo Vinuesa. Entre ambos se genera un territorio común donde estabilidad y cambio, control y energía, conviven y se tensionan.

La obra de Diet Sayler se articula desde una lógica constructiva que asume la inestabilidad como parte constitutiva de la forma. Frente a la tradición del Arte Concreto, que aspiraba a una geometría objetiva y desindividualizada, Sayler desarrolla el concepto de Basic Element, una unidad formal que emerge del equilibrio frágil entre racionalidad e intuición, estructura y emoción. En sus obras, el color adquiere cuerpo y presencia espacial, desplazándose de la frontalidad del plano hacia una experiencia tridimensional que altera la percepción. El azar actúa en su trabajo como una fuerza estructural. No introduce caos, sino tensión. La geometría se mantiene, pero deja de ser cerrada; el sistema permanece operativo, pero se abre. La obra se convierte en un campo de fuerzas donde estabilidad e inestabilidad coexisten sin resolverse. El intersticio aparece aquí como un punto de activación, un espacio donde la forma nunca se fija del todo.

La obra de Nelo Vinuesa se sitúa en el otro extremo del sistema; el del gesto, el cuerpo y la acción. Su abstracción es visceral y reflexiva a partes iguales. En su trabajo reciente, el color actúa como una materia viva, expandiéndose en capas sucesivas donde transparencias y superposiciones generan profundidad, vibración y resonancia visual. El gesto se despliega con libertad, marcando un ritmo interno que atraviesa la superficie pictórica, pero siempre sostenido por una tensión entre impulso y contención. La pintura se construye como un espacio de sedimentación, donde cada estrato conserva la memoria del proceso y convierte la acción en forma visible. El paisaje es el eje vertebral de su trabajo, entendido no como representación geográfica, sino como espacio metafísico. La materia pictórica aparece en transformación constante, evocando fuerzas telúricas, procesos geológicos y estados de erupción como metáforas de la condición humana. El lienzo se convierte en un registro de tránsito, donde lo primitivo y lo tecnológico conviven, y donde la imagen se presenta como resultado visible de una energía en movimiento.

El espacio expositivo se convierte así en un territorio compartido de inestabilidad productiva. Las obras no se neutralizan, sino que se activan mutuamente. La geometría se carga de vulnerabilidad, el gesto encuentra resistencia. El espectador transita entre cuerpos de color, superficies vibrantes y silencios formales, experimentando la exposición como un campo perceptivo abierto, sin jerarquías ni recorridos únicos, donde el intersticio opera constantemente.