Hace más de un siglo Paul Cézanne se lanzó a la colosal tarea de crear una nueva forma de tiempo y espacio en la pintura. Cambiando la dirección que unos años antes había señalado el impresionismo, Cézanne intentó que la experiencia pictórica pudiera volver a ser compartida, fijada.
Distanciada de esta posición, la pintura de Helmut Dorner aparece sin embargo sujeta a una experiencia desvanecida, que no se encapsula en la obra misma, ni en su tiempo ni en su espacio, y que, evitando algunas de las certezas que manejó Cézanne, parece recrearse en lo efímero de la experiencia visual. One of my ghosts, la nueva exposición que se presenta en la Galería Ehrhardt Flórez, y que supone la séptima muestra individual de Dorner en Madrid, bebe de algunas cuestiones que fueron determinantes para el desarrollo de la pintura de finales del siglo XIX. La exposición combina obras de distintas épocas que proponen diferentes aproximaciones al acto pictórico. Algunas de las pinturas, las más recientes, ofrecen gestos más expresivos, mientras que otras, cuyo origen se remonta a unos años atrás, mantienen unas lógicas más uniformes. Y todas ellas han ido sufriendo y viviendo múltiples cambios que sobreviven en los cuadros en forma de ecos, recuerdos o rastros. Entendiendo la práctica pictórica de Dorner como flujo o corriente, estas piezas dan ahora un nuevo sentido a todo lo que en la pintura ha permanecido. La mirada del espectador y la experiencia del pintor acontecen bajo una experiencia nueva y palpitante. Dorner mismo, como pintor, no solo observa sino que se somete a ser mirado por lo que en el cuadro sucede.
Su pintura se manifiesta a través de la apariencia de una multiplicidad de contradicciones internas. Tiene una arquitectura compositiva algo paradójica y genera tensiones entre lo plano de superficies limpias y escurridizas, y lo accidental o errático de manchas de impasto. En un texto del año 2000 sobre el trabajo de Dorner, Jean Charles Vergne comparó algunas de sus pinturas de la época (muchas de ellas, conviene decirlo ahora, contenían elementos similares a los que ocupan su producción actual) con las contracciones, colapsos o arritmias de los organismos celulares vivos. Elaborando una teoría crítica acerca de la pintura espectral y las poéticas del lenguaje pictórico, como dos ejes fundamentales de la práctica de Dorner, planteaba su trabajo en relación con los campos de fuerza, y aludiendo a músicos como Schoenberg, Berg o Webern, vinculaba su pintura a una investigación ontológica sobre la noción de escritura pictórica para repensar la cuestión del lenguaje.
En esta nueva muestra hay cuadros construidos mediante trazos sutiles, firmes, decididos y rápidos. Pero hay otros que se construyen a base de borrones, huellas, manchas y ejercicios obcecados y repetitivos. Hay nuevas versiones de cuadros anteriores, soportes como la madera o el metacrilato, del derecho y del revés, característicos de sus obras de los ochenta y noventa, y pinturas sobre lienzo o sobre maderas huecas. Si algunos cuadros proponen masas de color autónomas y monocromas, otros proponen signos reducidos que vuelven nuestra mirada a preceptos pictóricos minimalistas, propios de los primeros ochenta.
Si uno de los temas básicos de la pintura es el de la permanencia de un momento, Dorner rompe con esa pauta. Nos encontramos con una pintura que huye de la preservación de la experiencia estética y que, lejos de fijar en la memoria un acto pictórico, lo reduce a instantes cambiantes. La luz y el color se sitúan, visual y conceptualmente, por encima de la forma y de la narración. Los efectos de la luz que inciden sobre la pintura, particularmente importantes en la percepción que Dorner tiene de su propio trabajo, provocan su continuada alteración y articulan una mirada en permanente cambio y disolución. Como sostenía Eric de Chassey en un texto que versa sobre la pintura como espacio abierto o espacio de apertura, de alguna manera todos los recursos del artista están dedicados a crear calidades de luz que siempre son diferentes, incluso cuando todas ellas comparten la misma ausencia de límites.
En una afección similar a la que sufrió Van Gogh se podría considerar a Dorner un pintor hiperestésico, que percibe la luz y el color con intensidades excepcionales, y que es capaz por tanto de descubrir los secretos imperceptibles de las líneas y las formas. Ya decía el propio artista en 1990 con motivo de su exposición en la Kunsthalle Bern y en el Musée d’Art Contemporain de Nimes que en realidad “lo que experimentamos no son los colores en sí, sino las tendencias coloreadas que generan una inmensidad de percepciones de una manera tal que los colores nunca hacen”.
Arrojando su pintura a una duda perpetua, como sostuvo Zola sobre Manet, estas nuevas, y no tan nuevas pinturas de Dorner, contienen, en el puro encanto de su aspecto, una gran nitidez y verdad.
















