Este páramo está situado en el suroccidente colombiano, en la cordillera central, extendiéndose a municipios como Pradera, Palmira,El Cerrito, entre otros.

(Gustavo Forero)

¿Cómo surgió la idea de este intercambio, gracias al cual tu trabajo, Memorias del páramo, se expuso en Cuba, México e Italia?

El intercambio surge a partir de una iniciativa autogestionada e independiente impulsada por un amigo, que es titiritero, y su pareja. En algunos de los viajes que ambos hacían juntos a otros países para presentar sus obras (títeres miniatura y títeres marionetas) pensaron «bueno, y si nosotros venimos por acá, ¿qué tal traer a otros amigos, a otros compañeros que tengan esa misma afinidad por el arte popular?». Porque nosotros no sentimos afinidad con esa idea del arte de élite, que suele coincidir con el de la academia, sino con la del arte de barrio, de las pequeñas escuelas, de los pequeños institutos o de la autoformación. Entonces ahí entré yo con la fotografía. Mis amigos se ocupan de la logística de los intercambios en la rama del teatro, y yo de la del audiovisual y la fotografía.

La dinámica del intercambio consiste en que una delegación colombiana es recibida en otro país gracias a la gestión de ciertos compañeros, y en el país anfitrión otros artistas o gestores culturales nos garantizan la posibilidad de movilizarnos en diferentes municipios para compartir nuestro trabajo. Nosotros entonces correspondemos de igual manera cuando ellos vienen a nuestro país. Tenemos la ventaja de estar presentes en Antioquia, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca. Supongamos, por ejemplo, que en estos momentos los compañeros de Italia y España están aquí en Colombia. De acuerdo con la filosofía del intercambio, ellos harían un tour por Antioquia, pasarían por el Eje Cafetero y luego estarían aquí en el Valle del Cauca. Esta es la misma dinámica que tendrá lugar en Italia, concretamente en municipios como Pennabilli y Merano: lugares en los cuales los colegas italianos garantizaron la exposición de los trabajos de los compañeros colombianos.

Además del teatro, la fotografía y el audiovisual, ¿qué otras expresiones artísticas hacen parte del intercambio?

De esta iniciativa también hacen parte compañeros de artes plásticas. No hemos podido incluir escultura porque es muy complicado viajar con ella y muy costoso, y hacerse cargo de una obra ya es en sí bastante demandante. También hay lugar para la ilustración, el diseño, la danza folclórica. También hemos intentado incluir danza contemporánea. Para el intercambio Colombia-México, por ejemplo, se programó la participación de una delegación de danza de salsa caleña. En todo caso, intentamos que lo que vamos a compartir en el intercambio sea muy representativo, de acá, de la tierra, de dónde sale y que sea muy del arte popular.

¿Cómo surgió y de qué trata Memorias del páramo?

En este proyecto, comencé a trabajar en el año 2016. Después de la firma del acuerdo de paz con las FARC, se abrieron algunas rutas que solo eran transitadas por grupos armados ilegales o por los lugareños (personas que vivían en el lugar). Al abrirse estas rutas, se dio la posibilidad de explorar estos lugares tan aislados, por medio de la fotografía. En mis primeras salidas, hice algunos contactos con una familia campesina de la zona de La Nevera, una zona rural de Palmira (Valle del Cauca) que se encuentra en los bordes del Páramo de las Hermosas. Este páramo está situado en el suroccidente colombiano, en la cordillera central, extendiéndose por municipios como Pradera, Palmira, El Cerrito, entre otros. Entonces, empecé este trabajo acompañado de una familia que conocí en La Nevera. He tratado de ir una o dos veces al año, por rutas diferentes.

Al principio, la idea era mostrar el paisaje, pero el paisaje me resulta un poco monótono sin la presencia humana, sin la presencia de aquellos seres que lo habitan. Entonces me enfoqué, después de cierto punto, en las comunidades campesinas y en todas las dinámicas que hay alrededor del páramo. Por ejemplo, en la zona de Tenerife, al pie del Páramo de las Domínguez, viven campesinos que se dedican a cultivar cebolla o a transportarla. En La Nevera, por citar un caso, conocí gente para conectar como el señor Gratiniano Rivera y su hijo Fabián, quien heredó la tierra de sus padres. Bajo la guía de Fabián y de su esposa, recorremos esa región. Memorias del páramo ha sido entonces una recopilación fotográfica de los recorridos hechos durante todos estos años. Es una selección un poco pequeña, pues depende mucho del espacio donde se vaya a exponer. La exposición completa está integrada por más o menos cincuenta fotografías. Para los intercambios he seleccionado más o menos unas veinte. A grandes rasgos, eso es un poco lo que retrata la exposición y de dónde salió.

¿Cómo caracterizarías la orientación estética de la exposición?

Creo que siempre he sido fan de la composición. Entiendo la fotografía desde un punto de vista muy estético, que debe contener la belleza en la imagen, pero a través de lo cotidiano. Las escenas de esta exposición son muy cotidianas: un perro afuera de la casa, una niña jugando con el perro o una señora en la cocina. Intento llevar esa cotidianidad a la imagen, pero procurando hacerlo dentro de una buena composición.

Por otro lado, el blanco y negro está presente en toda esta obra por una razón más conceptual, relacionada con el ritmo frenético de la vida que el mundo arrastra desde la era industrial hasta lo que va de este siglo, ritmo que condenará a la extinción a aquellos lugares en los que domina. En algún momento, no voy a decir que diez o veinte, pero sí en unos cien años, serán cosa del pasado. Entonces, la propuesta estética de que todo el paisaje se capture en blanco y negro es una forma de contrastar ese frenesí industrial con la «monotonía» y vastedad del paisaje. Son cuadros, en los que se siente la presencia de la inmensidad.

Aunque ya has bosquejado las motivaciones que dieron lugar a Memorias del páramo, ¿por qué justamente este tema y no otro? Es decir, ¿por qué abordar el paisaje y la relación que tiene con el ritmo de vida heredado de la era industrial y no, digamos, al contrario?

Hace poco tuve justamente un conversatorio en la Universidad Nacional sobre cómo surgen los trabajos, cómo se inician, por qué uno no se levanta una mañana y dice : «voy a hacer un trabajo sobre los páramos». Sí, efectivamente, para ese primer viaje, alisté mi cámara, mi impermeable y mis botas de caucho y me fui a la montaña; pero es la misma vida la que te va marcando ese camino. Al conocer a la familia Rivera y compartir con ella a lo largo de estos años, noté que se iba construyendo esa narrativa, de la cual no era consciente al principio, pero que con el tiempo se iba formando. De modo que Memorias del páramo nace de ese primer viaje, que no es necesariamente una intención de crear una narrativa, pero que la fui encontrando, a medida que avanzaba, como inconscientemente.

No fue como decir «esta vez voy a tomar fotos de tal cosa», sino algo que fue creándose, gracias a los viajes, y cuando revisé todos los archivos que tenía, me percaté de que ahí había algo. Entonces decidí continuar. Y, claro, me encanta la montaña. La conexión con la montaña siempre ha venido desde pequeño.

A mí me llama mucho la atención cuando varias personas aquí en Palmira, al estar cerca de la montaña, se quedan sorprendidas mirándola y dicen «pero qué hermoso», pero es lo normal, ¿no? Es como si nunca hubieran visto una montaña, nunca hubieran subido a una. Para mí es muy natural, es muy normal, porque siempre he tenido esa conexión, siempre las he caminado, he atravesado los ríos, me he caído, me he cortado. La conexión con la montaña entonces, siempre ha estado; pero, como te digo, en el momento en que decido hacer el trabajo, como que ya soy consciente de una serie de cosas: me propongo capturar el paisaje acompañado por la actividad humana, por las comunidades, que es lo que hace más valioso el tema.

Esa supervivencia, esa forma de vivir en condiciones tan extremas, tan solitarias, aisladas de todo, de la tecnología, hasta la misma energía eléctrica, del gas, o sea, todo es tan, por así decirlo, primitivo, en un buen sentido, ¿no? No lo estoy presentando de una forma negativa, y esto lo digo porque a veces he encontrado personas que lo describen como precario, y no creo que esa palabra quepa aquí. Lo que veo es más como una conexión con lo manual: de cocinar con leña, de tener el calentador de agua en el mismo fogón de leña, ese estilo de vida donde no hay como esas herramientas que provienen de la tecnología a la que estamos habituados.

Por último, otra razón para decidirme por el páramo como paisaje en este trabajo es el hecho de que el ecosistema de páramos, por lo menos en Suramérica, existe principalmente en Colombia y en Ecuador. Si bien en Colombia hay 37 páramos, son muy escasos.

En otras palabras, es un ecosistema muy raro, porque se da más o menos en el trópico, casi en la mitad del planeta, pero en montañas altas, de más de 2.800 metros. Esas condiciones son muy especiales, y, por eso, cuando se da la posibilidad del intercambio cultural, pues quise mostrar eso que en otros países no hay, es decir, ya que ese tipo de vegetación solamente se da acá.

Teniendo en cuenta que el trabajo ya se ha presentado fuera de Colombia, ¿qué impresiones ha generado en países en donde no existen páramos, como, por ejemplo, en Cuba?

Sí, en Cuba la exposición generó muchas preguntas. En este momento, recuerdo, por ejemplo, no precisamente una pregunta, sino más bien un comentario de varias personas que me decían que las fotografías, por sí mismas, ya generaban una sensación de frío al solo verlas ya imaginaban un paisaje frío y, además, bastante solitario.

A partir de ese comentario, me preguntaron cuál era la preparación para recorrer estos paisajes, cuál era la distancia y cómo había logrado llegar hasta allá. Y es que lo más frío en Cuba es la Sierra Maestra, sin ignorar, eso sí, que también hay otras montañas hacia el sur con un clima más bien templadito. En el resto de la isla, el clima llega a los 40°C. Por eso, solamente viendo este tipo de fotos, ellos ya decían sentir el frío del paisaje.

En cuanto a la preparación, pues, bueno, siempre ha consistido en ejercitarme a nivel de cardio durante las semanas previas para desarrollar resistencia, tomar agua, alimentarme bien y no trasnochar tanto. No quiero decir que alguien sin esta preparación no va a llegar a estos lugares; pero hay que tener en cuenta que en carro toma de tres a cuatro horas aproximadamente llegar allí desde aquí, desde Palmira. Es más, una vez termina el trayecto en carro, se continúa con una caminata que toma alrededor de dos horas para llegar a la finca en donde vive la familia que me guía en los recorridos. Al otro día, es necesario descansar; pero al día siguiente, se sale muy temprano en la mañana, tipo 07:00 u 08:00, hacia el páramo, y es una caminata que dura alrededor de cuatro o cinco horas solo la ida, dependiendo de la ruta; para volver, el recorrido dura entonces otras tres o cuatro horas, porque de bajada se puede caminar un poco más rápido. Las caminatas pueden durar desde siete a diez horas en total.

Usar botas de caucho impermeable siempre ha sido lo más cómodo en estos casos. Obviamente, es conveniente llevar ropa muy cómoda; chaqueta para el frío, chaqueta impermeable y varias baterías para la cámara.

¿Qué equipo fotográfico usaste durante este trabajo?

Bueno, no es que quiera hacer propaganda, pero Nikon me gusta porque, en cuanto a fotografía, tiene una gran ventaja sobre las demás: es una cámara compacta en su cuerpo. He escuchado de gente que se va a la montaña o al mar y, cuando vuelven, siempre tienen algún problema con la cámara. Cuando se trabaja en entornos naturales, un problema común es, por ejemplo, la humedad. Una cámara que no está muy bien sellada no aguantará en lugares húmedos. Digamos que puedes ir una vez y no pase nada, pero es poco probable que resista después. Por eso, yo tomo algunas precauciones, como usar cintas de enmascarar en las partes donde se montan ciertos conectores, para que no entre humedad.

Trato de llevarme un lente angular y otro de largo alcance. Llevar muchos lentes implica cargar mucho peso. Es algo que la subida te va a cobrar caro. Un par de kilos más realmente hacen la diferencia. Trato entonces de llevar un par de lentes y nada más.

¿Cuál es tu impresión sobre el panorama actual de la fotografía en Colombia sobre este tipo de lugares, como los páramos, y sobre el entorno natural del país en general?

Esta es una pregunta escabrosa. Porque para mí, hay una gran contradicción. Hasta a uno mismo se lo cuestiona, ya que son sitios que la gente no debería visitar. Nadie debería ir; pero también es una forma de conocer directamente el lugar de donde nace el agua. No es que abras la llave y el agua salga por arte de magia. Se puede decir que detrás de todo este trabajo hay una especie de compromiso, una intención de darle un nombre y una imagen a ese fenómeno de la naturaleza. La leche no viene de una bolsa; las vacas están allá arriba. Por ese lado, me parece que se ha hecho un avance. Algunos fotógrafos lo han hecho responsablemente. Han hecho fotografía no solo paisajística, sino también etnográfica. Son trabajos excelentes y han sido mis referentes también.

Sin embargo, también está el otro lado: el de las redes sociales. El otro día, cierta persona me decía: «pero como puede ser, yo vi que esa laguna tenía el agua azul», yo me quedé sorprendido. Le pregunté dónde había visto eso, y me dijo que en Instagram, donde un muchacho había subido una imagen en la que esa laguna se veía azul. Aquí es donde uno nota el cómo se desnaturaliza el paisaje a través de los filtros. Si el paisaje, por sí mismo, es impresionante y bello, ¿para qué poner filtros a las fotos que se le toman? Estos filtros muestran lo que no es. Además, vale la pena resaltar que hay guías que no son de la región; pero yo considero importante ir con personas que son de allá. Primero, porque son los dueños del territorio; aunque no tengan las escrituras, ellos son los dueños. Segundo, lo que uno les pague a ellos por un almuerzo, por un hospedaje, es algo que les va a servir para seguir con su labor: la reforestación, el cuidado del agua, de los bosques. Una persona afuera, por el contrario, hace el recorrido y se vuelve a su ciudad. Puede que tenga algún sentido de pertenencia, pero es insuficiente, porque cuando es necesario realizar labores de cuidado ambiental, no quiere hacerlo.

Hay, entonces, una contradicción desde mi punto de vista. Sí, puede haber gente que piense lo contrario; pero, en mi opinión, pasa eso: que están las redes vs. la realidad y la apropiación. Ojalá estos lugares no se vayan a convertir en centros de turismo insostenible, como ya ha pasado en tantos lugares, sino que se pueda controlar su acceso y que, a través de programas, y charlas, y de lo que uno pueda hacer a través de la fotografía, la gente tome conciencia.

Tenés un bagaje académico en Biología. ¿Creés que esto ha influido en tu trabajo como fotógrafo, por lo menos en uno como Memorias del páramo?

Sí, totalmente. Al final, todo confluye en esa fascinación por lo natural. La biología es demasiado extensa como para reducirla solo al paisaje; va más allá, al origen de la vida, ¿no? Y es que cuando se visita este tipo de paisajes, uno puede llegar a intuir, o más o menos a deducir, cuál es el origen de la vida. Son paisajes que podrían ser la superficie de otro planeta que apenas se está formando. Uno ahí tiene la sensación de encontrar el origen de todo: cómo la nube pasa a ser agua de una planta, y cómo las hojas de la planta caen al suelo, y cómo del suelo sale un pequeño arroyo, un hilito de agua que luego se convierte en un río gigantesco. Es una cosa increíble. Creo que la fascinación por todos esos procesos, por la vida, por la naturaleza, está ahí, y es lo que he tratado de capturar.

¿Hay alguna expectativa respecto a la exposición de tu trabajo en Italia?

Bueno, somos públicos diferentes, ¿no? Eso no es un secreto. Europa tiene ese viaje, pues, de miles de años en el arte.

¿Qué impresiones va a generar?

Puede que, como ya dije, la exposición les muestre paisajes con los que no están familiarizados. En todo caso, estoy muy contento, porque es un trabajo que se ha hecho a lo largo de varios años y con mucho esfuerzo. El simple hecho de salir a otro país para exponer tu obra es un trabajo bastante grande.

Bueno, Gustavo, muchas gracias por darnos la oportunidad de conversar sobre tu trabajo. Te deseamos lo mejor en la exposición de Memorias del páramo en Italia y esperamos tener pronto más noticias sobre vos.

Gracias a ustedes.