Aún resuenan las palabras del discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos, el 20 de enero pasado en el Foro Económico Mundial, titulado “Principios y pragmatismo, el camino de Canadá”. Lo suyo fue un llamado sereno y claro, desde un duro realismo, dirigido a los principales países de Europa que, como Canadá, son potencias medias, a levantar una voz común para contener la ruptura total del orden internacional y unirse para mantener la legitimidad de las reglas que hemos conocido durante 80 años. La alternativa es crear un tercer camino para evitar la subordinación total a la lógica de la fuerza, del poder.
El primer ministro, con mucha elegancia y sin nombrar al presidente Donald Trump o a Estados Unidos, usó solamente una vez el término de “hegemonía americana” para describir el papel de liderazgo que tuvo en el pasado. Inició sus palabras en francés, demostrando con ello la pluralidad lingüística de su país, indicando que hablaría de la ruptura del orden mundial que estamos presenciando, con las amenazas y medidas aplicadas que demostraban que habíamos llegado al “fin de una ficción agradable y el comienzo de una realidad brutal”. Se refirió con claridad a las debilidades de las respuestas de países similares al suyo al señalar que ya era evidente la tendencia de seguir adelante, de no cuestionar para llevarse bien, a acomodarse con el discurso del poderoso para evitar problemas.
En su análisis, Carney habló de verdades ignoradas por muchos países respecto a que se sabía que el orden basado en principios era falso, que los países más fuertes no respetaban la reglas de la Carta de Naciones Unidas. O peor aún, que el rigor del derecho internacional lo aplicaban las potencias dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima, es decir, siempre favoreciendo intereses propios, por lo que se vivía una mentira, donde la supuesta integración se convierte en subordinación. En ese marco señaló que al negociar bilateralmente con los grandes poderes, se negocia desde la debilidad. “Aceptamos lo que se nos ofrece, competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Eso no es soberanía, es subordinación”.
La profundidad de la crítica de Carney al sistema internacional impuesto por los grandes poderes lo conocen todos los países y ha sido mencionada muchas veces, sobre todo por aquellos como India, Brasil o Japón, que quisieran estar en la mesa de los grandes y por ello insisten en la necesidad de reformar Naciones Unidas y en especial el Consejo de Seguridad. Lo nuevo está en el mensaje directo dirigido a países similares, potencias medias europeas como Alemania, Francia, Reino Unido o Italia, que junto a otros podrían construir una unidad de propósitos para salvar el derecho internacional, las normas y reglas de una comunidad global civilizada. Carney dio por descartado el regreso a un viejo orden idealizado, señalando que la nostalgia no puede ser una estrategia por cuanto las grandes potencias no están sujetas a ninguna restricción. Por tanto, solo si se construye unidad y si existe firmeza de propósitos será posible mantener las normas y reglas establecidas o crear otras nuevas. De lo contrario, expresó, “los países no estarán en la mesa, sino en el menú”.
El discurso del Premier canadiense golpeó la conciencia de la opinión pública global, pero no sabemos si la de los líderes europeos, cuyas reacciones han sido mínimas, contrastando con la amplia difusión de la prensa mundial y el aplauso de pie de los líderes económicos presentes en Davos. El presidente Trump fue duro y escueto en su reacción, señalando: “Canadá debiera estar agradecido ya que vive y existe gracias a los Estados Unidos. Recuerda eso, Mark”. La respuesta europea ha evitado apoyar abiertamente las palabras de Carney y ha derivado a la defensa de la soberanía de Dinamarca por las pretensiones de Washington de tomar Groenlandia, “por las buenas o por las malas”. En otras palabras, se repite lo sostenido por Carney respecto a no confrontar, a acomodarse con el discurso del poderoso para evitar problemas.
El primer ministro canadiense ha dado muestra de independencia frente al gobierno del presidente Trump al haber sido el primer país del G-7 en reconocer a Palestina, durante la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre pasado. Luego lo siguieron Francia y el Reino Unido, lo que seguramente no cayó nada de bien en la Casa Blanca. Lo mismo sucedió con los deseos de anexar Canadá a los Estados Unidos o la actual situación de Groenlandia, que no está definida. Estos pequeños gestos de autonomía en política exterior son inmediatamente amenazados con la aplicación de aranceles a sus exportaciones que es el arma elegida por Washington para subordinar a los países, consciente del efecto económico y las consecuencias políticas que causan en los estados sancionados. Sin embargo, el discurso de Carney es una pequeña luz, un embrión que puede crecer e impulsar a las potencias medias a buscar mayor autonomía y contrarrestar las ambiciones hegemónicas de las grandes potencias.
Sabemos que el Orden Mundial, desde el Congreso de Viena en 1815, ha sido impuesto por las potencias vencedoras y ha dado largos periodos de paz relativa. Así ocurrió en el siglo XX luego de la Gran Guerra y de la Segunda Guerra Mundial. Hoy somos testigos de otro interminable conflicto en Europa luego de la invasión rusa a Ucrania. Hace unas décadas fueron los bombardeos en Serbia por la OTAN, la secesión y creación de un país en Kosovo, no reconocido en Naciones Unidas ni por todos los miembros de la Unión Europea. Hemos presenciado la masacre de un pueblo en Gaza, los bombardeos indiscriminados en el Medio Oriente, que no acaban, así como las luchas en África, los llamados en Europa al servicio militar, el crecimiento exponencial de la industria de armamentos y el aumento de los presupuestos de defensa en los países más ricos que finalmente arrastran a todos a armarse.
¿Será necesario nuevamente una conflagración mundial para que nazca un nuevo Orden Internacional? El llamado del Premier canadiense es de un líder que tiene plena conciencia de que dispone de una cuota de poder, pero que no es suficiente para enfrentar a los grandes poderes hegemónicos actuales, por ello su mensaje es a unirse porque juntos su voz se puede escuchar mejor y frenar el peligro de una nueva guerra que arrastrará de una u otra forma a todos los países.















