Todas estas semanas desde el giro copernicano trumpista del 3 de enero que inició una nueva era en la geopolítica mundial, he estado pensando que no era posible secuestrar a un presidente latinoamericano sin la traición interna.

No funcionaron las defensas antiaéreas, no se derribó ni un solo avión ni un solo helicóptero, no murió ni un solo militar invasor norteamericano, murieron todos los uniformados venezolanos y cubanos que protegían a Maduro. A lo que agrego, ¿cómo sabían en cuál de los numerosos refugios, túneles y vías de escape que protegían al presidente de Venezuela se hallaba Maduro en el momento del ataque?

De ahí a la conclusión de la existencia de una traición hay un solo paso.

Pero me dije que intentara primero plantear los problemas y, luego, tratara de buscarles solución sin preconceptos. Abrir todo lo ancho que nos está permitiendo la polémica realidad venezolana, al viento purificador y vivificador del raciocinio. Optar por el análisis y despreciar el pálpito y preferir, como en el verso de Machado, las voces a los ecos. Era importante reencontrar la espesura de la nueva realidad política surgida tras la ruptura de la soberanía venezolana y el secuestro de su presidente.

Todo me llevaba a suponer, sin pruebas fehacientes y tan solo con fundamentos indiciarios o intuitivos, que Maduro había sido entregado por altos dirigentes del chavismo. Sin embargo, tres elementos me han llevado a considerar que podría estar equivocado.

El primero fue conversar con un par de conocidos chavistas de antaño, furiosos por la escasa defensa ante los invasores, que me desmintieron de plano toda posibilidad de traición.

No me quedé con esa opinión y consulté a una conocida politóloga chavista, que rompió con Maduro y abandonó el alto cargo que detentaba, que también me desmintió la especie.

Y, por último, recurrí a los porfiados hechos, que siempre exhiben una elocuencia superior a toda intuición.

Y los hechos hablan claro, Venezuela continúa con el programa que encabezaba Maduro, con todo su ejecutivo estratégico en los mismos cargos que detentaban antes de la invasión, con una presidente encargada que lo reconoce como presidente prisionero de guerra y con el hijo del secuestrado avalando a la presidenta a cargo, es decir, presidenta “encargada” por el aval de Maduro.

Obviamente, hubo acciones preparatorias de la central de inteligencia estadounidense –tal cual insólitamente lo anunció con bastante antelación el presidente Trump, rompiendo el secretismo institucional de la CIA desde su fundación–, nadie lo duda. Y que esas acciones hayan obtenido el apoyo de colaboracionistas venezolanos, tampoco hay duda. O que la promesa de los 50 millones de dólares a quien aporte elementos para la captura de Maduro haya tenido un efecto potente en el cerebro codicioso de algún traidor. Todo eso es posible, pero no alienta la tesis de la deserción de la presidenta a cargo, Delcy Rodríguez, o de su hermano Jorge, el presidente de la Asamblea Nacional, o del Ministro del Interior, Diosdado Cabello, o del Ministro de Defensa y Comandante de las Fuerzas Armadas, el general Padrino López.

Durante un tiempo seguí con mucha atención una noticia del portal UY Press, que me hizo dudar. Esa agencia reveló que el General Padrino López fue el que entregó a la CIA toda la información que posibilitó la captura relámpago de su presidente. UY Press fundamentó su noticia en varias fuentes confiables. Pero al no revelar las pruebas o las fuentes, esa noticia queda en stand by, hasta que aparezcan hechos que la avalen.

No podemos ocultar que el actual chavismo reanudó relaciones con el país invasor, EE.UU., y que además el actual gobierno venezolano le acaba de vender 50 millones de barriles de petróleo a su secuestrador en modalidad humillante sobre la administración de su precio, así como el diálogo y la coordinación permanente entablada entre la víctima y el victimario.

Esta nueva realidad no avala, empero, la tesis de la traición.

Sería lo mismo que acusar de traición a Napoleón Bonaparte cuando entregó Francia a los monárquicos al ser derrotado en la batalla de Leipzig en octubre de 1813. No fue traición firmar el Tratado de Fontainebleau en 1814, a cambio de ser gobernador de la isla de Elba, su prisión domiciliaria.

Lo que hizo Bonaparte fue arriar las banderas imperiales y abdicar ante la gran coalición monárquica, para que su Grande Armée esperara el momento propicio para revertir la derrota, oportunidad que se concretó en febrero de 1815, cuando huyó de la isla de Elba, reagrupó a sus fuerzas y derrotó a la monarquía. No fue una traición a Francia, sino una retirada estratégica, como dice Sun Tzu en El arte de la guerra, a la espera de su momento histórico. La traición de Napoleón no ocurrió en 1814, sino en 1804, diez años antes, cuando desertó de la revolución francesa, enterró la República y se convirtió en emperador.

¿O acaso acusaríamos de traición al emperador japonés, el príncipe Michi, llamado Hirohito, cuando se rindió ante el crimen de lesa humanidad perpetrado por los EE.UU. en 1945 en Hiroshima y Nagasaki, salvando de esta manera a millones de japoneses de una muerte abominable, pese a entregar la soberanía de su país a los mismos EE.UU., el primer asesino serial atómico?

¿O acaso tendríamos que acusar a Lenin de traidor cuando firmó una humillante paz con Alemania en marzo de 1918, en Brest Litovsk, que permitió consolidar la revolución rusa de 1917, que cambió la historia del siglo XX con el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que impidió el dominio unipolar norteamericano durante más de 70 años?

Todo lo condenaba a Lenin. La potente Alemania, enemiga de los revolucionarios, le entrega a Vladimir Ilich de un tren blindado para que lo traslade con fuerte protección a Moscú, donde lo acusaban de alta traición por intentar firmar la paz con el enemigo haciéndole importantes concesiones territoriales. Lenin necesitaba ganar tiempo para asegurar la revolución proletaria.

Fue traición estratégica la de Lenin, o preservación táctica.

El gran líder ruso, el autor del ¿Qué hacer?, manual que orientó durante años a la dirigencia bolchevique, no se equivocó con su falsa “traición”. La humillante paz de Brest Litovsk, que le entregó a la Alemania belicista toda Ucrania y parte de Polonia, a la que se opuso Trotsky, fue el salvavidas de la República de los soviets.

Toda mi vida fui seducido por las grandes épicas de la humanidad, y siempre me enrolé en el partido de los perdedores, conducta ética que mucho valoro. Forjaron mi corpus ideológico las épicas de la Comuna de París, de los republicanos en la guerra civil española, de los hebreos en Masada, de los celtíberos en Numancia, donde no cedieron hasta que no quedaba nadie más para ofrendar su vida, porque “no se rinde el gallo rojo, solo cuando ya está muerto”. Pero ni Masada, ni Numancia, ni la Comuna de París, ni la República española con su heroico testimonio, pudieron modificar la realidad injusta que los rodeaba. Y de lo que se trata es de cambiar la realidad, no solo de exhibir la dignidad y el testimonio de su heroísmo. Cambiar la realidad para derribar los muros que impiden avanzar hacia la emancipación humana. Hay veces en que es inteligente aceptar que “soldado que huye sirve para otra batalla”.

Marx y Engels ante circunstancias similares nos recuerda en su ensayo La Sagrada Familia que “Si el hombre es formado por las circunstancias, hay que formar las circunstancias humanamente”.

Creo que es lo que está pasando en Venezuela. Espero no equivocarme otra vez. Aunque una siniestra información que me llega sin confirmación cuando termino de redactar este artículo vuelve a poner en duda las hipótesis de mis análisis. La noticia, que puede o no ser una fake news, afirma que los 32 soldados cubanos que conformaban el anillo protector de la vida de Maduro fueron asesinados por el ejército venezolano. Tal acusación se basa en el hecho confirmado de que fueron entregados a las autoridades cubanas 32 urnarios con las cenizas de los militares cubanos que protegían a Maduro, en lugar de ser entregados sus cuerpos en féretros protegidos, como ocurrió siempre que un soldado cubano perdía la vida en acción. La entrega de urnarios con sus cenizas impide toda autopsia. Este hecho sirvió de fundamento a quienes sostienen que los 32 patriotas cubanos fueron asesinados por el ejército venezolano, sellando de esta manera la sentencia de alta traición.

Cada país tiene su Minotauro. Salir del laberinto venezolano es imprescindible para despejar esta terrible historia. Habrá que esperar a que hablen los acontecimientos de los próximos meses de este annus terribilis, para poder descifrar la incógnita del título: traición estratégica o preservación táctica.