A una amiga la despidieron de su trabajo y no fue por incompetente; de hecho, hubiera sido más “lógico” si la hubieran despedido por ese motivo.

La conocí en una de las reuniones matutinas de los lunes en aquella empresa y nos entendimos muy bien desde el principio. Se destacó no solo por su profesionalismo y experiencia en el área, sino por su seguridad y amor por lo que hacía. Una de las características que más admiré de ella fue la forma en que hacía valer su palabra; no le temblaba la voz para decir las cosas, siempre con respeto y asertividad. Desde el inicio supe que iba a aprender mucho de ella y que seríamos muy buenas compañeras y, con el tiempo, muy buenas amigas.

Después de varios meses y por diferentes situaciones, las dos renunciamos a ese empleo y cada una siguió su camino, pero no perdimos el contacto. Hace poco me enteré de que la habían despedido de la empresa a la que había sido contratada hacía menos de un año. Lo que me contó me dejó sin palabras y, al mismo tiempo, profundamente decepcionada: desde el principio sintió cierta incomodidad por parte de su jefa (otra mujer), quien en varias ocasiones le pidió que se guardara los comentarios y las preguntas durante las reuniones.

Con la intención de subsanar asperezas, mi amiga intentó conversar con ella en varias ocasiones y hacerle entender que su única intención era aportar ideas para mejorar los procesos y el funcionamiento del equipo. Al final, supo que su jefa se sentía amenazada por ella y no quería tener “competencia” dentro del equipo. Conociendo a mi amiga y por lo que me contó, obtener un cargo directivo era lo que menos le interesaba, pues el estilo de vida que deseaba mantener no implicaba tantas responsabilidades ni el rol de “empleada de confianza” que le quitara tiempo para su vida más allá del trabajo. Pese a los intentos de diálogo y levantar la bandera blanca, terminó despidiéndola.

Después de hablar con varias personas, escuchar una gran variedad de historias similares y recordar también mi pasado, caí en cuenta de que cuando nos sentimos amenazadas por la fortaleza de otra mujer, todas perdemos. La verdadera seguridad no nace de silenciar a quien brilla, sino de reconocer que su luz puede iluminar el camino de otras. Pero entender esto me ha llevado a un trabajo interno bastante arduo.

Es fácil ponerse en la posición de mi amiga, pero no me atrevo a seguir juzgando la actitud de su jefe, porque en varias ocasiones e incluso hace poco, estuve con una actitud parecida: estoy desarrollando varios proyectos independientes y llegó a mi vida una persona con muchas virtudes profesionales que conectaban perfectamente con lo que deseaba realizar, vi mucho potencial en ella, no solo a nivel profesional sino personal, incluso tenía más experiencia en el área que yo; pero a la hora de dar ese primer paso mi inseguridad, egoísmo y síndrome del impostor me pasaron una mala jugada.

No la “despedí” porque no me atreví ni siquiera a comenzar el proyecto. Reconocí que eso no fue solo un acto de cobardía y egoísmo, sino también una muestra de mi falta de autoestima y de que aún no reconocía mi potencial. Me sentí amenazada por ella y por sus habilidades. Quería protagonismo y pensé que incluyéndola en mi proyecto, la atención iba a estar puesta en ella.

Tuve que hacer un trabajo de bastante vulnerabilidad y sobre todo de fortalecimiento de “amor propio” para reconocer que juntas, definiendo roles donde cada una pudiera brillar, podríamos comernos el mundo entero. Sola no lo hubiera podido hacer —o tal vez sí, pero no de la forma como me lo soñaba—. Acto seguido, le ofrecí disculpas por esa situación, le reconocí lo que estaba sintiendo y aunque le dolió mi confesión, optó por dejar eso atrás y decidimos juntas lanzarnos a la aventura de emprender ese proyecto.

Hoy alzo mi voz y llamo la atención de aquellas mujeres, incluida a mí, quienes hemos intentado apagar la luz de otras para hacernos valer y que, en consecuencia, hemos perdido la oportunidad de cultivar relaciones significativas por culpa de nuestras propias inseguridades y miedos. Queridas mujeres: es momento de trabajar en nosotras mismas para que, en lugar de ver competencia en otras (e incluso en otros), veamos oportunidades de crecer juntas. Porque cuando una mujer se alza con voz firme y corazón generoso, no le quita espacio a nadie; al contrario, abre puertas para que todas podamos caminar con la cabeza en alto, ayudándonos y apoyándonos, con la certeza de no perdernos a nosotras mismas en el camino.

La sororidad no es solo una palabra de moda que publicamos en redes sociales para conseguir aprobación o reconocimiento externo. Tampoco es únicamente aplaudir los logros de las demás. La sororidad es tener la valentía de no sabotear esos logros por nuestros propios miedos. Dejemos a un lado la falsa sensación de seguridad que nace al pasar por encima de otras. Es hora de fortalecer nuestra seguridad interior, porque solo desde ahí podremos convertirnos en el puente que otras necesitan para seguir adelante.

Necesitamos tener los ovarios bien puestos para reconocer que nos hace falta humildad y, al mismo tiempo, valentía para aceptar que no todas somos buenas en todo por muy súper mujeres que deseemos ser. Tenemos habilidades, conocimientos y experiencias distintas, y eso no hace que una sea mejor que la otra; simplemente nos hace diferentes. Al reconocerlo, es cuando se crean los mejores equipos: aquellos que se complementan, que unen diferencias y que, como en cualquier proyecto, llegan más lejos. Reconocer en qué somos buenas y en qué otras mujeres pueden complementarnos es la forma más honesta y auténtica de empoderarnos.