El duelo de mi papá me dejó sin aire. Escribir me ayudó a respirar. Este texto no nació como artículo, sino como necesidad. Es una prueba viva de que crear en medio del dolor es una forma de sanar.
Durante años, la creatividad ha sido mi herramienta de trabajo, una forma de pensar, resolver, proponer. Pero cuando falleció mi papá, me rompí. Al día siguiente, sin pensarlo, empecé a escribir. No por claridad, no por oficio: por urgencia emocional.
Descubrí que cuando todo se desmorona, crear no es una tarea ni una forma de producir: es una forma de sostenerse, de entender el dolor sin explicarlo. Crear, en ese momento, fue respirar.
Y entendí algo que nunca voy a olvidar: en medio del duelo, la creatividad no cura, pero acompaña. Y a veces, eso es suficiente.
Escribir me permitió nombrar lo innombrable, de ponerle nombre y apellido a la culpa que sentía en ese momento, acompañarme en el fondo de algo que no entendía.
No escribí sobre el duelo, escribí desde él.
Y sin saberlo, esas palabras —rotas, torpes, transparentes— me salvaron dos veces: cuando las escribí y cuando me atreví a leerme.
Mientras escribía durante el duelo, recuerdo que volví a leer El poder del ahora, de Eckhart Tolle. Él habla del “cuerpo del dolor”, esa carga emocional que habitamos sin saberlo. Y propone algo simple, pero transformador: si logramos observar el dolor con presencia —sin huir de él ni identificarnos con él—, algo empieza a soltarse, algo empieza a sanar.
Eso hice sin saberlo: ponerme a escribir fue mi forma de mirar el dolor de frente, sin adornos ni estrategias. Solo con palabras.
Y sin darme cuenta, empecé a dejar de ser habitado por el dolor para empezar a habitarlo yo. Escribir no solo me permitió sobrevivir al duelo, sino también honrar la memoria de mi padre y continuar adelante con mayor claridad y propósito.
Con el tiempo, ese impulso se volvió más consciente. Empecé a ver el duelo no solo como ausencia, sino como posibilidad.
Y ahí surgió una pregunta: pasé de preguntarme “¿por qué te fuiste?” a “¿para qué te fuiste?”
Ese giro semántico, que en otro momento habría salido del oficio, resultó espiritual. Me permitió convertir mi dolor en dirección, en homenaje, para que mi vida y mi felicidad sean un tributo a la vida de mi papá. Una forma de extender su luz en lo que hago, de seguir caminando, aunque él ya no esté.
Ese ajuste de mirada abrió otra puerta. Una más silenciosa, más íntima.
Otra de las frases que escribí durante esos días fue: “Te honro con dejar de atormentarme.” Y creo que ahí, por fin, empecé a soltar. No para olvidar, sino para amar mejor. Escribí para sacar, pero sin saberlo. No fue un diario, más bien fue una necesidad física. Como llorar. Como respirar.
Fue hasta un año después que volví a esos textos, los que escribí en las primeras dos semanas desde que partió mi papá. Y fue un shock.
Mis palabras estaban ahí, claras, honestas, salidas directo del corazón al texto. Sanaron cuando las escribí. Y volvieron a sanar cuando las leí.
Primero escribí para no colapsar. Después me leí para entenderme. Escribir fue supervivencia emocional. Leerme fue un reencuentro conmigo mismo.
Mis textos, sin intención, tenían ritmo, claridad, coraje. Palabras sin filtro. Sin defensa. Vivo en cada línea. Y ahí algo se encendió otra vez. No solo el recuerdo, sino el impulso, el de compartirlo. Porque entendí que esto no puede quedarse solo para mí.
En menos de un año perdí también a mi tía Josefina, a mi perro Tuki, a mi trabajo. Cada uno distinto. Cada uno real.
Y sigo escribiendo, con la esperanza —a veces frágil— de salir mejor. No sé exactamente qué significa. Pero mientras escribo, siento una tranquilidad nueva. Y por ahora, eso basta.
Mientras termino este artículo, leo El camino del artista, de Julia Cameron. Hay una idea que se me quedó grabada: “el estilo de vida se convierte en tu máxima creación”.
Y no pude evitar pensar que eso es justo lo que intento ahora. Que vivir creativamente no es solo hacer arte, sino transformar la forma en que enfrentamos lo que duele. Dejar que la escritura no solo me ayude a entenderme, sino también a diseñar una vida más honesta, más libre, más mía.
Porque si escribir fue mi forma de sobrevivir, seguir escribiendo es mi forma de vivir.
Y tal vez ahí esté la respuesta: no basta con crear para salir del dolor. Hay que seguir creando para seguir estando vivos. Y en ese camino, compartir también se vuelve parte de la sanación.
Cuando hablamos del dolor, algo se acomoda. Algo se afloja. Lo que parecía solo mío, se vuelve puente. Y si ese puente le sirve a alguien más —aunque sea a una sola persona—, entonces estas palabras habrán cumplido su propósito. No solo me sostuvieron a mí: quizá ahora puedan sostener a alguien más.















