Se han escrito ríos de tinta que relatan las relaciones sentimentales, el amor, pero, sobre todo, el desamor: “Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”.
Tantos poetas nos han deleitado con palabras reconfortantes que abrigarán nuestros corazones en los fríos días de soledad infinita. Grandes historias de alegrías y sinsabores, con las que nos identificamos, aunque sucedieran hace cientos de años, porque, como dijo Aristóteles, no hay nada nuevo bajo el sol.
Pero el hombre, ser social por naturaleza, tendrá ocasión de forjar otras grandes relaciones, relaciones verdaderas: los amigos.
Presentes desde el colegio, la universidad o algún otro tiempo pretérito, son aquellos que conocen tus debilidades y tus virtudes, que te han visto caer y levantarte, que han sido testigos de tus éxitos y fracasos. Paños de lágrimas, compañeros de juerga y red a la que sujetarse. Abnegados defensores, fieles mosqueteros, aliados incondicionales.
Mucho se ha escrito sobre el amor cuando se va, pero ¿qué pasa con las amistades que mueren?
Resulta que, ante todo pronóstico, a pesar de ser uña y carne, de haber remado contra viento y marea, un día esa persona se desvincula de ti. Porque torres más altas han caído.
Es difícil contar que un amigo ya no quiera serlo más, que haya decidido salir de tu vida para siempre. Pero lo cierto es que sucede; es una gran pérdida que requerirá de su correspondiente duelo para poderla asumir y seguir adelante.
A lo largo de nuestras vidas, es probable que hayamos roto y hayan roto con nuestros amigos en más de una ocasión. Resulta curioso, porque tienen el mismo modo de obrar que si de un amante se tratase: te piden tiempo para pensar, te hacen el vacío o incluso te dejan por otro, a sus ojos, mejor que tú. Esto es interesante porque un amigo cumple funciones muy distintas a las de una pareja: damos por hecho que nos quiere tal y como somos, o, pese a ello, está al tanto de lo sórdido que nunca contamos; es partícipe de nuestras correrías; no es preciso discernir entre qué le contamos o qué no. Forma parte de lo que somos. Es, de alguna manera, como un fondo de armario. ¿Cómo es posible, de la noche a la mañana, dejar de ser importantes el uno para el otro?
Interesada por el tema, recientemente, he leído un par de libros: Amiga mía, de Raquel Congosto, y La amiga que me dejó, de Nuria Labari. Con títulos muy reveladores, en ambos casos las autoras hablan de su experiencia personal con una amiga que, siéndolo todo, un día hizo mutis por el foro y de ella nunca más se supo.
Las causas de las rupturas no están muy claras, aunque en el primer libro se puede entrever una acumulación de motivos, lo que viene a ser la última gota, aunque muy sutil. En cualquier caso, siempre hay un intento de retomar el contacto, el mensaje, con la excusa de que me he acordado de ti, la súplica de una conversación pendiente; espera, incomprensión. Y resistencia por la otra parte. En el caso de Nuria, al fin, obtiene una respuesta: “En realidad, tampoco hemos sido tan amigas”.
¿Acaso es posible que la amistad no sea recíproca? Yo creo que debería serlo. Entonces, ¿es posible que no estemos al tanto de ello?
En mis propias relaciones he analizado esa asimetría: cómo yo tiraba más de una relación que la otra persona, y también cuando sucedía lo contrario, que la otra tenía más interés que yo. Hoy no está ninguna de ellas.
Hemos conocido una cantidad de personas a lo largo de nuestra vida, muchas de las cuales se han ido quedando en el camino por motivos poco reseñables, como el hecho de dejar de coincidir en clase.
Pero los auténticos amigos, los que estaban para quedarse y no lo hicieron, ¿qué pasó con ellos? Puede que se hayan quedado atrás porque ya éramos piezas de un puzle que habían dejado de encajar. O puede que en eso de dar por hecho lo incondicional, no los cuidáramos lo suficiente, o que esperaran más de nosotros, y esa decepción abriera una brecha insalvable.
Aunque ya no están, a veces evoco a varios de esos amigos para los que había reservado la vida eterna y que ya solo se muestran de un modo fantasmal. Eran realmente especiales: esos que sabían lo que pensabas con solo mirarte, con los que pasabas horas al teléfono, que conocían tus secretos y hacían que te doliesen las mandíbulas de no parar de reír; los que sabían quién eras de verdad. Hoy somos completos desconocidos.
Quizás, en ese largo sendero de aprendizajes y tropiezos, en esa evolución constante del proceso de convertirse en persona, uno crece en una dirección distinta. Observándolo con perspectiva, puede que, después de separar el grano de la paja, aquellos con quienes nos rodeamos solo sean los que encajan con la persona en que nos hemos convertido: estilo de vida, forma de pensar, hábitos, gustos. Qué sé yo.
Entendemos por amistad poner la mano en el fuego por el otro, estar en el mismo bando, luchar en las mismas guerras. Estas lecturas me han hecho visualizar que, por supuesto, la amistad tiene que ver con el amor, pero también con la verdad. Aceptamos al otro como es, sin saber que puede que un día deje de gustarnos o de interesarnos; es un riesgo en el que nunca pensamos.
Pero la vida también está hecha de despedidas, y es importante saber cuándo soltar.
Esos amigos que marcharon a un lugar lejano en donde yo no habito, que ya no marcan la fecha de mi cumpleaños en su calendario ni esperan ver mi nombre en la pantalla de su teléfono, esos que ya no leen lo que escribo, ojalá supieran que un día fueron mi paño de lágrimas, la red a la que me sujetaba, que tenerlos conmigo le dio muchas veces sentido a la vida. El tiempo de las risas y el llanto desmedidos ha terminado y, aunque ya solo tenga lo onírico de su presencia, atesoro su recuerdo en el pequeño cajón donde guardo todas las cosas bonitas.















