Del estudio del último medio siglo de la democracia chilena, en un libro mío próximo a aparecer, resalta una gran enseñanza que cruza los momentos históricos críticos: hemos logrado mayor éxito cuando hemos encontrado acuerdos políticos amplios para realizar reformas y seguir una estrategia compartida. Así ocurrió durante los 20 años de cuatro gobiernos de la Concertación (1990-2010). Los ejes permanentes fueron: crecimiento con equidad y sustentabilidad, apertura internacional, justicia y derechos humanos, reformas graduales con mayoría. Estos criterios también marcaron, con altibajos, a los gobiernos de distinto signo político que sucedieron hasta hoy.

Para construir un país mejor debemos predicar la superioridad de la convergencia sobre la confrontación y cultivar una cultura de diálogo. Buscar consensos no es ingenuidad, ni significa desconocer las diferencias o eludir el conflicto. Es poseer disposición a transformar el conflicto en un proceso creativo, con mirada de largo plazo, que conduzca a fórmulas razonables de beneficio compartido. Requiere voluntad y coraje para argumentar y escuchar al otro, y también para confrontar las posturas extremas que se oponen y paralizan. Buscar consensos exige más capacidad política y técnica que aferrarse a una posición rígida y testimonial. Para lograr consensos eficaces a favor de la democracia es necesario tener claridad en los objetivos y luchar por ellos, persuadiendo y negociando, con evidencia, y proponiendo fórmulas viables. El consenso y la creación de confianza van de la mano. La confianza es el principio sobre el que se construyen comunidad y democracia para una sociedad pujante.

Los ejes en torno a los cuales se alinearon las posiciones ideológicas en el último medio siglo ya no son los mismos; han cambiado profundamente. Además, han emergido nuevos fenómenos que no se pueden interpretar ni resolver con categorías antinómicas, blanco o negro, o reduccionistas de izquierdas o derechas. Dos ejemplos ilustran esta evolución: ni la dicotomía dictadura-democracia ni la polaridad Estado-mercado tienen hoy la misma preponderancia que tuvieron antes. Los peligros que acechan a la democracia se visten hoy con ropaje engañoso; muchos gobernantes se inician con elecciones y luego devienen autoritarios. Para evitarlo es esencial fortalecer las instituciones y resguardar el estado de derecho.

La segunda polaridad tradicional, entre Estado y mercado, también ha evolucionado y ha dado origen a fórmulas nuevas, donde el Estado refuerza su capacidad de orientar los objetivos estratégicos y las empresas mejoran y perfeccionan su capacidad de producción, innovación y expansión de mercados. Un ejemplo interesante en Chile es la reciente asociación entre CODELCO, empresa pública productora de cobre, y SQM, empresa privada con experiencia en litio, para constituir una nueva empresa mixta productora de ese mineral.

Los nuevos fenómenos tampoco pueden explicarse con categorías simplistas. Las nuevas tecnologías generan transformaciones impensadas. Son un instrumento poderoso para empoderar a los ciudadanos, crear espacios de diálogo y mejorar la calidad de los servicios a la población y, a la vez, su mal uso comporta amenazas nuevas a la democracia. Las políticas de futuro deben prevenir la manipulación y la distorsión de la realidad, y cuidar que las tecnologías no provoquen desempleo y mayor desigualdad. La potencia de la IA es enorme y su aplicación debe regularse para proteger a los sectores vulnerables, elevar la formación de trabajadores e igualar la educación tecnológica de los niños desde pequeños.

La criminalidad internacional organizada y la inmigración irregular masiva han sacudido nuestras democracias. Son procesos complejos, de origen externo y carácter global para los que no estábamos preparados. Ante ellos no hay atajos ni sirven las soluciones de antaño. Será imprescindible dictar normas que hagan de la seguridad personal un derecho humano en democracia, y otras que impongan una supervisión humana al diseño y empleo de algoritmos, garantizando que no harán daño a las personas, y previniendo su utilización maliciosa en manos criminales, intereses comerciales fraudulentos o poderes políticos antidemocráticos. En esta materia los consensos son indispensables.

La disputa geopolítica entre EE. UU. y China, y su lucha por la hegemonía global constituye otro desafío crucial que no admite alternativas de izquierda o de derecha. Esa polarización amenaza la soberanía de nuestros países y la autonomía necesaria para aplicar políticas nacionales de desarrollo productivo e inclusión social. La bipolaridad daña el derecho internacional, y el multilateralismo es el único método que asegura nuevas reglas globales que resguarden la autonomía de cada nación, eviten las guerras, luchen contra la injusticia y respeten la dignidad de la persona humana. La búsqueda de consensos, a nivel nacional y mundial, da más frutos y nos permite gozar mejor de las oportunidades extraordinarias que nos abre el mundo.

Porque la política evoluciona más lentamente que la tecnología, los países deben disponer de centros de estudio y partidos políticos mejor preparados para anticipar y abordar los problemas inmediatos con mirada larga. Los partidos políticos han perdido su función de intermediación entre Estado y sociedad. Las tecnologías multiplican exponencialmente las formas de interacción y participación, tornando más difícil la conciliación de intereses y acuerdos para gobernar bien.

Los partidos deberán transformarse para cumplir un papel eficaz en el nuevo contexto global y nacional. La alternativa no es desecharlos, ni menos sustituirlos por una agregación de individuos carentes de organización y visión compartida. La fragmentación paraliza, por ello, una de las reformas prioritarias es perfeccionar el sistema político para agrupar fuerzas coherentes y dialogantes, con menos personalismo e individualismo. Deberán concebirse nuevas formas de asociación y de organización ciudadana, usando nuevas tecnologías para convocar, organizar y captar los anhelos de la gente, gobernar mejor y expandir la democracia en la sociedad digital.

La corrupción es otra de las mayores amenazas. Observamos su penetración en la justicia, las fuerzas armadas y las policías, que son las encargadas últimas de la protección del Estado. Vemos la corrupción en empresas privadas que se coluden, hacen fraudes, la constatamos en ciudadanos que engañan y abusan. En esta nueva fase tecnológica, el ser humano deberá guiarse más que nunca por principios éticos en todos los ámbitos de la vida, y las instituciones deberán fortalecer el combate al abuso y al crimen. Alcanzar altos niveles supone también una educación sólida en valores morales en las escuelas y universidades.

Los desafíos de la inteligencia artificial, el cambio climático, la biotecnología, la computación cuántica, la transformación demográfica son de tal magnitud que solo tendrán mayor éxito los países donde prime un ánimo de colaboración y una perspectiva de largo plazo. La historia nos enseña una y otra vez que los países progresan y la democracia florece en los periodos de grandes acuerdos, mientras que en los ciclos pendulares y antagónicos las naciones avanzan lento o retroceden.

Los consensos son un capital. Una cualidad esencial de un buen dirigente político es saber articular entendimientos que redunden en beneficio de todos. Los consensos estratégicos son entonces un activo político, y aquellas sociedades que lo logren conseguirán primero un desarrollo económico y tecnológico sustentable, una inclusión social con mayor igualdad y una mejor convivencia democrática.