De la visión simplista a la deconstrucción ética del rol docente: el hiato de la enseñanza
El inicio de la formación para un desarrollo en el ámbito académico, marcado por la interpelación de "Teorías de la Educación", significó un verdadero punto de inflexión, una bisagra entre la intuición y la práctica consciente. Al comienzo, una gran incertidumbre se había instalado en mi cabeza. No era solo el miedo a lo desconocido, sino el peso abrumador de la responsabilidad de educar la mente de otros. Llegué aquí preguntándome si este era realmente mi lugar.
En ese torbellino de dudas, la presencia y la convicción de mis docentes funcionaron como la brújula que transformó el miedo inicial en una convicción firme. Me impactó la seguridad con la que sembraban la invitación a la reflexión sobre uno mismo, entendiendo que la docencia no se limita a acumular técnicas, sino que exige una postura ética y social ante la vida. Comprendí que conocernos a nosotros mismos es lo que nos permitirá reconocer a los otros y discriminar entre lo que es propio y lo que emerge en la interacción.
Inicialmente, mi entendimiento de la educación era ingenuo y lineal: la veía como una simple transmisión de conocimientos, una práctica expositiva donde el docente transfería información de manera clara y concisa para lograr la comprensión estudiantil. Sin embargo, esta visión simplista se desmoronó al interiorizar la complejidad del acto educativo. La exploración de las teorías educativas me hizo comprender que la educación es mucho más que la mera transferencia de información, es un proceso que desafía el pensamiento, fomenta la reflexión profunda y activa la construcción del conocimiento.
Desde esta nueva perspectiva, el rol docente debe actuar como un facilitador y guía para el estudiante (Freire, 1996), cuya labor principal es compartir herramientas a la vez que estimular la creación de estrategias propias y personales de cada estudiante, para así lograr individuos autónomos y libres. El pensamiento de Freire nos obliga a abandonar la "educación bancaria" para abrazar una pedagogía de la pregunta, donde la práctica educativa se erige como un medio para detonar desafíos intelectuales y propiciar la construcción activa del pensamiento, concibiendo la educación como el crisol donde se forja un futuro consciente y ético.
La complejidad de este rol reside precisamente en la naturaleza incierta de la enseñanza. Como lo señaló Antelo (2009), la enseñanza es un “intento, una tentativa, un ensayo”, y no garantiza que el aprendizaje se produzca de manera lineal. Entre la enseñanza y el aprendizaje hay un “hiato”, un espacio donde el resultado es incierto. El estudiante no solo puede aprender algo diferente a lo enseñado, sino que puede resistirse a la transmisión cultural. Esta no-causalidad es la que obliga al educador a estar en estado de alerta permanente, ajustando y adaptando su práctica. Debemos ser conscientes de esta limitación y abrazar la ética social que concibe la educación como el "cuidado y formación del cachorro humano" a través de la transmisión cultural (Antelo, 2009).
Educar, en este sentido, es "una manera de entender los tiempos", un modo de dar continuidad a las tradiciones mientras se construye un futuro diferente (Frigerio, 2003). Es una responsabilidad y garantía para que el origen no se vuelva una condena (Frigerio, 2003). Nuestra tarea es mostrarles, con honestidad, los múltiples caminos y sus implicaciones para que tomen decisiones informadas y responsables, entendiendo que esta es una construcción colaborativa entre el docente, el estudiante y la institución.
El portafolio como herramienta metacognitiva: de la intuición a la cartografía pedagógica
Al revisitar los hitos y anotaciones de esta travesía formativa (documentos, prácticas y diarios), se toma plena conciencia de la metamorfosis profesional: lo que antes era un simple trayecto guiado por la intuición, hoy es un recorrido cartografiado. El profesorado no solo me ha brindado las coordenadas teóricas; me ha enseñado a "leer el cielo y las corrientes", es decir, a reflexionar de manera activa y consciente sobre el diseño, el impacto y la adaptabilidad de mi práctica en la estructura institucional.
La elaboración de este portafolio ha representado un hito fundamental en esta trayectoria, trascendiendo la mera recopilación de evidencias. Ha sido, ante todo, un ejercicio de metacognición activa que me ha brindado la oportunidad invaluable de cuestionar la base de mis propias prácticas y de abrazar la autorreflexión como el motor indispensable de mi desarrollo docente. Este proceso ha derivado en una conciencia más aguda de mi rol como educador y ha consolidado mi compromiso con la excelencia educativa.
Asumir la docencia implica, por lo tanto, la capacidad constante de reflexionar sobre la propia práctica. El docente ha de repasar mentalmente sus reacciones y decisiones en el aula y sobre la planificación, analizarlas y, en base a ello, diseñar y proyectar modificaciones en sus acciones futuras para facilitar el aprendizaje (Anijovich et al., 2009). La reflexión, aunque tiene un componente individual, se enriquece con la mirada externa de los colegas.
Los docentes deben avanzar hacia un profesionalismo colaborativo donde se construye una práctica conjunta. Es un espacio "donde los educadores de manera activa cuidan unos de otros y muestran su solidaridad entre ellos como compañeros de profesión" (Hargreaves y O'Connor, 2020, p. 5), redefiniendo de manera continua la forma de enseñar y aprender. Esto implica superar la "colegialidad superficial" y la simple compartición de anécdotas para sumergirse en verdaderas comunidades de práctica que se interpelan sobre el por qué y el cómo de las estrategias didácticas.
Las huellas pedagógicas: autonomía crítica y resiliencia emocional
Hoy, la huella que genuinamente aspiro a dejar se resume en dos capacidades esenciales que deben servir a mis estudiantes para toda la vida: la Autonomía Crítica y la Resiliencia Emocional.
En un mundo saturado de información rápida y polarizada, mi primer objetivo es que desarrollen la Autonomía Crítica. No me conformo con que repitan contenidos; mi deseo es que cuestionen las fuentes, analicen la información desde múltiples perspectivas y construyan sus propios juicios informados. Esta capacidad de discernir y argumentar es la herramienta más valiosa que puedo entregarles, lo que Litwin (2008) llamaba "el oficio de enseñar".
La intencionalidad de esta huella se nutre directamente del andamiaje conceptual de Vygotsky y la Zona de Desarrollo Próximo (ZDP). Mi rol se define como facilitador: yo proporciono las herramientas y el apoyo necesario para que realicen tareas complejas (el pensamiento crítico) que aún no dominan. Pero crucialmente, me preparo para retirar ese apoyo en cuanto puedan hacerlo solos, consolidando su independencia y su capacidad de regulación del aprendizaje.
A su vez, esta autonomía se ancla en el Aprendizaje Significativo de Ausubel. Al obligar a mis alumnos a criticar, analizar y contextualizar, garantizo que los nuevos conocimientos conecten con su estructura cognitiva previa, volviéndose duraderos y funcionales. Como indican Anijovich y Mora (2009), la planificación de estrategias debe apuntar a la activación de estructuras cognitivas previas para que el aprendizaje se integre de manera no arbitraria. La transferencia pragmática y proyectista del saber, a través de problemas reales y complejos, es la única manera de asegurar esta conexión significativa.
La segunda gran huella es la Resiliencia Emocional. Quiero que entiendan el error no como un fracaso personal, sino como una fuente de información valiosa, una parada necesaria para reajustar la estrategia. Busco mitigar el miedo paralizante al rendimiento perfecto y fomentar la perseverancia.
La base de esta resiliencia se encuentra en los Enfoques Humanistas, particularmente en Carl Rogers, y en la teoría de la Inteligencia Emocional de Goleman. Para que un estudiante se enfoque en lo cognitivo, el clima institucional debe favorecer el aprendizaje (Greco, 2014). Por eso, el ambiente de Aceptación Incondicional que promueve Rogers, donde el esfuerzo se valida y la frustración se normaliza, es la clave para la autoconciencia y la gestión emocional. Si el aula es percibida como un espacio seguro desde el día uno, la presión disminuye, y la vulnerabilidad se convierte en una parte aceptada y hasta celebrada del proceso de aprendizaje. Es en esos espacios de buen clima institucional donde el conflicto o la frustración pueden utilizarse como verdaderas microclases de gestión emocional y resolución de problemas, fortaleciendo la capacidad de adaptación del estudiante.
La importancia de la contextualización y la lucha contra la homogeneidad
Si considerara en un mundo imaginario contar con un portafolio de mi tránsito en el mundo académico, se hace evidente que un interés recurrente y central ha sido la importancia crucial de la contextualización en la enseñanza para la promoción de un aprendizaje auténticamente significativo. Esta reflexión constante me permite reafirmar mi adhesión a esta estrategia pedagógica, identificando tres pilares interconectados que no operan en secuencia, sino en un ciclo virtuoso para la práctica efectiva.
El primer pilar es la Planificación Estratégica. Esta ya no puede ser solo una lista de contenidos, sino un verdadero diseño inverso (Wiggins & McTighe, 1998) que se pregunta, ante todo: ¿Qué comprensión duradera queremos que logren nuestros estudiantes? De esta planificación se desprende el segundo pilar: la Contextualización. Esta implica el imperativo de diseñar secuencias abiertas y genuinamente auténticas, alejadas de las actividades excesivamente estructuradas. Como señala Rivas (2014), es necesario "revivir las aulas" con situaciones de aprendizaje basadas en problemas reales y complejos que obliguen a investigar, sintetizar y aplicar el conocimiento de forma creativa. Finalmente, el ciclo se cierra con la Retroalimentación Formativa, la estrategia pedagógica esencial. Como señalan Anijovich y Cappelletti (2020b), la retroalimentación es una oportunidad para mejorar los aprendizajes y la enseñanza, sirviendo de puente continuo entre el estado actual del estudiante y el nivel de comprensión deseado.
Este compromiso educativo genuino exige, además, abrazar la diversidad no como un desafío marginal, sino como el norte que guía las prácticas. La globalización y la pluralidad de actores que hoy conforman los espacios universitarios (Beech, 2010; Bauman, 2007) dan posibilidades de acceso, pero plantean la pregunta: ¿Cómo debe ser esa formación para no imponer una homogeneidad artificial?
En este contexto, la obra de Ricardo Baquero sobre la educabilidad se presenta como un faro crítico. Se cuestiona la tendencia a homogeneizar la noción de educabilidad, denunciando cómo las dificultades de aprendizaje se suelen atribuir intrínsecamente al alumno. La educabilidad está bajo sospecha (Baquero, s.f.) cuando se opaca el rol fundamental de las condiciones pedagógicas y sociales. La propuesta es desplazar la atención del supuesto déficit individual hacia la comprensión de las intrincadas interacciones entre el sujeto, su entorno y las prácticas educativas implementadas. Baquero subraya la imperiosa necesidad de construir una mirada pedagógica que no solo reconozca, sino que también valore activamente la heterogeneidad como un componente esencial y enriquecedor del proceso educativo (Anijovich, 2014).
Reingeniería de la evaluación y la expedición continua
Soy consciente de que la intencionalidad no siempre se refleja perfectamente en la práctica. Para dejar realmente estas huellas de autonomía y resiliencia, identifico que el área más crítica de mi evolución es la Reingeniería de la Evaluación, un proceso que debe integrar formalmente el "fallo" como un paso obligatorio de aprendizaje, logrando que la respuesta psicológica del estudiante mute del miedo a la curiosidad genuina.
Aunque ofrezco feedback, a menudo sigue siendo más prescriptivo de lo que me gustaría. Necesito aprender a transformar ese feedback en preguntas guiadas que los obliguen a la autoevaluación y a la corrección de sus propios procesos (Anijovich & Cappelletti, 2017). Me falta implementar rúbricas de co-evaluación y autoevaluación más robustas. La evaluación debe ser auténtica (Navas Gotopo & Martínez Sirit, 2022) y menos centrada en la reproducción de información.
En la cúspide de este proceso reflexivo, se erigen nuevas preguntas que orientarán mi práctica futura y mi camino de mejora continua:
¿Cómo puedo diseñar indicadores cualitativos y cuantitativos que permitan medir el impacto real y la eficacia de la contextualización en los procesos de aprendizaje profundo de mis estudiantes? ¿Qué metodologías (como el estudio de casos o el análisis de tareas auténticas) me permiten ir más allá de la calificación numérica para evaluar la comprensión por diseño (Perkins, 1999) y la transferencia del conocimiento?
¿De qué manera puedo conceptualizar y diseñar estrategias de evaluación que sean inherentemente más efectivas, vinculando directamente la contextualización con el proceso de construcción de significado por parte del estudiante? ¿Cómo rediseño sistémicamente la evaluación formativa para integrar formalmente el "fallo" como una instancia de aprendizaje, logrando que la respuesta psicológica del estudiante mute del miedo a la curiosidad genuina y la Resiliencia Emocional?
Más allá de la contextualización de contenidos, ¿cómo puedo promover aún más la participación activa y la agencia de mis estudiantes en la co-construcción del significado y en la gestión de su propia retroalimentación? Esto implica descentralizar la autoridad y la base de conocimiento en el aula sin comprometer la adquisición de un conocimiento disciplinar profundo.
La verdadera educación es artesanal. La pasión de aprender se conduce a través de una docencia que inspira, que seduce, que fascina, que transmite su propia pasión por el conocimiento (Litwin, 2008). Este proceso de portafolio me deja la certeza de que la reflexión no puede ser un ejercicio limitado a responder conflictos o a un tiempo académico, sino que debe ser una práctica continua y colaborativa, como el diario de bitácora que se comparte con otros navegantes.
Este portafolio me ha permitido trazar el rumbo, pero solo he visto la costa de este vasto océano. La Metamorfosis Docente no termina aquí; al contrario, es el inicio de la Expedición Continua. Ahora, al responder una pregunta, surgen docenas más profundas y estimulantes, todas apuntando a un mismo horizonte: ¿Cómo consolidar un Aprendizaje Significativo que sea ético, autónomo y resiliente para cada uno de mis estudiantes? La respuesta reside en la exploración continua y consciente.
Referencias bibliográficas
Antelo, E. (2009). ¿A qué llamamos enseñar? En A. Alliaud & E. Antelo (Eds.), Los gajes del oficio: Enseñanza, pedagogía y formación. Aique.
Anijovich, R. (2014). Gestionar una escuela con aulas heterogéneas. Paidós. Anijovich, R., & Cappelletti, G. (2017). La evaluación como oportunidad. Paidós.
Anijovich, R., & Cappelletti, G. (2020b). La retroalimentación formativa: Una oportunidad para mejorar los aprendizajes y la enseñanza. Revista Docencia Universitaria, 21(1), 81–95.
Anijovich, R., Cappelletti, G., Mora, S., & Sabelli, M. (2009). El sentido de la reflexión en la formación docente. En Transitar la formación pedagógica. Paidós.
Anijovich, R., & Mora, S. (2009). Estrategias de enseñanza: Otra mirada al quehacer en el aula. Aique Grupo Editor.
Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.
Baquero, R. (s.f.). La educabilidad bajo sospecha. Cuaderno de pedagogía, 9(1), 71-85.
Beech, J. (2010). La escuela ante un mundo desbocado. Universidad de San Andrés.
Freire, P. (1996). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo Veintiuno Editores.
Frigerio, G. (2003). A propósito del maestro ignorante y sus lecciones: testimonio de una relación transferencial. Educação & Sociedade, 24, 267-274.
Greco, M. B. (2014). Buen clima institucional que favorezca los procesos de enseñanza y aprendizaje. Ministerio de Educación de la Provincia de Córdoba.
Litwin, E. (2008). El oficio de enseñar: Condiciones y contextos. Paidós.
Perkins, D. (1999). ¿Qué es la comprensión? En La enseñanza para la comprensión. Paidós.
Rivas, A. (2014). Revivir las aulas: Un libro para cambiar la educación. Debate.
Navas Gotopo, S., & Martínez Sirit, A. (2022). La evaluación auténtica y su incidencia en el mejoramiento de la composición escrita argumentativa en los contextos virtuales universitarios. Desde el Sur, 14(2), e0026.
Wiggins, G., & McTighe, J. (1998). Understanding by design: Diseño inverso. Ascd.















