Licenciado en Historia de formación, periodista de vocación y cocinero por pasión irrenunciable. Durante años pensé que el orden de los factores no alteraba el producto, que podía convivir entre libros, crónicas y fogones sin que nada cambiara demasiado. Pero el tiempo, que todo lo coloca en su sitio, me demostró lo contrario. Hubo un momento en el que la tinta dejó de manchar mis manos para hacerlo el aceite, el azafrán y, ¡cómo no!, la del calamar. Y lejos de perder algo, descubrí que simplemente estaba cambiando de lenguaje.
Porque, en el fondo, sigo contando historias. Antes lo hacía con palabras; ahora lo hago con sabores, texturas y aromas. Cada plato es una crónica, cada receta una pequeña investigación, cada servicio un relato que empieza en la materia prima y termina en la memoria de quien lo prueba. La cocina se ha convertido en mi nueva redacción, un espacio donde la creatividad convive con la disciplina y donde el error enseña tanto como el acierto.
Actualmente estoy embarcado en un proyecto culinario personal que no entiende de límites ni corsés. Es mi laboratorio, mi refugio y, a veces, también mi campo de batalla. En él doy rienda suelta a todo lo que me mueve: la curiosidad, la intuición y ese deseo constante de mejorar. No busco únicamente cocinar, sino interpretar, transformar y emocionar. Porque la cocina, cuando es honesta, tiene algo de íntimo y algo de universal al mismo tiempo.
Eso sí, si soy completamente sincero, hay sueños que no caducan. En algún rincón de mi cabeza —y probablemente de mi corazón— sigo imaginándome marcando un gol en la final de la Champions con la camiseta de mi Real Madrid. Ese instante imposible, suspendido en el tiempo, sigue siendo un recordatorio de que todos necesitamos una ilusión que no responda a la lógica.
Mi paladar, inquieto por naturaleza, no entiende de rutinas. Disfruta perdiéndose en sabores nuevos, en combinaciones inesperadas, en cocinas que cuentan historias distintas a la mía. Viajar, aunque sea a través de un plato, sigue siendo una de las formas más intensas de aprendizaje que conozco. Cada ingrediente desconocido es una puerta abierta, cada receta ajena es una oportunidad de crecer.
Mis oídos, por su parte, continúan profundamente enamorados de la música. Es una compañera inseparable, tanto dentro como fuera de la cocina. Hay días en los que marca el ritmo del servicio y otros en los que simplemente acompaña, como una banda sonora invisible que da sentido a lo cotidiano. La música tiene esa capacidad de transportarme, de conectarme con momentos, personas y emociones que, de otro modo, quedarían dispersos.
Y luego están mis ojos, siempre dispuestos a detenerse ante una buena película. El cine sigue siendo uno de mis grandes refugios, una ventana a otras vidas, otros tiempos y otras formas de entender el mundo. Quizá por mi formación en Historia, o tal vez por mi pasado como periodista, me sigue fascinando observar cómo se construyen los relatos, cómo se manejan los silencios y cómo una imagen puede decir tanto sin necesidad de palabras.
Al final, todo forma parte de lo mismo. Cocinar, escuchar, mirar, recordar, imaginar. Distintas maneras de interpretar la realidad y de dejar una pequeña huella en ella. Porque aunque haya cambiado la tinta por los fogones, hay algo que nunca he dejado atrás: la necesidad de escribir. Sigo haciéndolo, sigo publicando, sigo encontrando en las palabras un refugio y una forma de ordenar el mundo. Porque escribir no fue solo una etapa, sino una pasión que permanece, que evoluciona conmigo y que, al igual que la cocina, sigue siendo una parte esencial de quien soy.