“La vergüenza de haber sido y el dolor de no ser”. Sabios y certeros los tangos de la tierra que le vio nacer. Gardel, el único símbolo argentino ilustre que puede comer en la mesa de Diego Armando Maradona, describió sin saberlo los últimos años del diez: una mueca de aquel astro que maravilló al mundo con un balón en los pies, un final demasiado anticipado que empezó hace mucho tiempo.

Maradona fue el primer producto global de la historia del fútbol. Un fenómeno mediático sin precedentes que aupó a una industria en pleno ascenso. Maradona fue mucho más que un jugador de fútbol. Fue esperanza e ilusión para un pueblo necesitado de referentes. Y también la gallina de los huevos de oro que todo el mundo quería tener cerca. Lo uno le hizo ser un ídolo trasversal. Lo otro lo destrozó. “Era imposible ser Maradona. Ningún día en su vida era normal”, reflexiona Jorge Valdano.

En lo bueno demostró siempre conciencia de clase y sentido de la justicia. En lo malo, ser más terrenal que ninguno, más débil y sin timón. Un cóctel que lo ha convertido en icono de la cultura popular, al nivel de Lennon, Marilyn o el Dalai Lama. Y esto no lo decide nadie, sucede. Cuesta pensar en más de diez personalidades que sean capaces de abrir todos los diarios del mundo, desde Buenos Aires a Calcuta, con la noticia de su muerte.

Era el comienzo de la era tecnológica, de la consumación del estado del bienestar, y Maradona unió las dos patas del nuevo panorama mundial. Como decimos ahora, se hizo viral. Fue el primero en amplificar un sueño común. Prosperar desde lo más profundo y llegar a la cima. El éxito del talento a pesar de la condición o del punto de partida. Lamentablemente, durante el viaje también pagaría un precio demasiado caro.

A los 15 años le obligaron a ser un hombre. Su enorme talento en seguida frotó las manos de intermediarios, negociantes y palmeros. Nadie sobrevive a eso, y menos partiendo de Villa Fiorito a finales de los 70.

Cargó en una mochila infinita, obviamente, con su familia, pero esta creció como las setas en otoño. Llegó a Barcelona con una corte de amigos más que sospechosos. Cuenta el encargado de vigilar a Diego en la capital condal que, en su enorme mansión de Pedralbes, daba igual la hora, siempre había gente comiendo y bebiendo. Le llenaron de riquezas y comodidades, pero nadie se ocupó de señalarle el camino correcto. Mimado, consentido y caprichoso. No pudo crecer de otra manera. Un veinteañero con cantos de sirena permanentes. ¿Qué queríamos?

En Nápoles el globo le explotó en la cara. En una ecuación difícil de solucionar, Maradona creció y decreció de manera inversamente proporcional a nivel deportivo y personal. Lo que en Barcelona había sido probablemente una coyuntura mal encajada, en Italia se convirtió en un padre nuestro habitual. Lejos de atajar el problema que se vislumbraba, el entorno afín diseñó una perfecta doble vida para el astro argentino. Tras el partido de los domingos y hasta la mitad de la semana, había barra libre. Tres días antes del partido semanal se ponía en manos de Fernando Signorini, su amigo y preparador físico, para estar en condiciones cada jornada. Una espiral de autodestrucción que, con el tiempo, tendría atroces consecuencias.

¿Quién le dice que no a la camorra italiana? ¿Quién puede con la maquinaria de un estado que casi pone su cara al escudo patrio cuando interesaba, y decide dejarle a los pies de los caballos y utilizarle de cabeza de turco? Demasiadas batallas incluso para Maradona, que nunca eludió el cuerpo a cuerpo.

Para entonces, Maradona ya era mártir y demonio a partes iguales. Seguía abriendo los telediarios de medio mundo, pero ahora con esperpénticas situaciones que nada tenían que ver con un balón. A finales del verano de 1992 comenzó a resonar su nombre en algunos despachos. Su amigo Bilardo, nuevo técnico del Sevilla, había encendido la mecha de una posible vuelta del astro y a los dirigentes del club andaluz se les iluminaron los ojos. En una inteligente e interesada negociación con la FIFA le intercambiaron al, por entonces, secretario de Havelange, Joseph Blatter un levantamiento de la sanción por recuperar al argentino para el Mundial USA 94. Llegó a Sevilla, visitó un par de programas de televisión, lloró, pidió perdón, una vez más, jugó unos cuantos partidos y se marchó.

El pájaro estaba en el nido de nuevo y en el verano de 1994 aterrizó en Estados Unidos capitaneando a la albiceleste, como en los viejos tiempos. Fue la primera vez que el pibe hizo de "Ave Fénix" por su pasión por el fútbol. Pero no fue la primera vez en que usaban su imagen y fuerza mediática de manera interesada. En un esperpento sin igual, el mundo entero vio cómo una pseudoenfermera americana salía al campo para llevarse a Maradona a hacer el control antidoping tras vencer a Nigeria. Diego ya había cumplido con el factor publicitario para la FIFA y fue señalado con la connivencia de la propia Federación Argentina. “Me cortaron las piernas”, dijo para la historia Maradona.

Lo siguiente, un sinfín de decisiones erróneas, de una caricatura de sí mismo con algunas luces en el camino y, casi siempre, mucha oscuridad. Aún así, por alguna razón que no es casual, se convirtió en un personaje escuchado, generó opinión y debate desde un respeto casi celestial.

Maradona y los demás

Dijo otro genio como Johan Cruyff que “el fútbol es el deporte más democrático que hay”. Maradona era el ejemplo perfecto. Un tipo bajito, menudo y con una tímida barriga que desafiaba desde bien joven el tallaje de las camisetas. Hasta que Diego llegó, los mejores eran altos, fuertes y atléticos. Como si hubiera una fábrica de hacer futbolistas con certificado high quality. El propio Cruyff, Pelé o Beckenbauer miraban al contrario con superioridad. Como agravante, el pequeño Diego emergió en la época de la revolución física del fútbol. Jugadores más profesionales, más cuidados, que aportaban un nuevo valor sustancial al juego. Comenzaba un semirreinado de atletas más que de futbolistas.

Maradona desafió el orden establecido y revolucionó el statu quo de manera incontestable y tangible. Simplemente era el mejor. El mejor y diferente: ahí estuvo su revolución. Otros reinaron hasta entonces utilizando las mismas herramientas que los demás. Diego invirtió el dicho del elefante en una cristalería. Fue una copa de Bohemia entre mastodontes. Fue fiel a su naturaleza y demostró exprimirle la máxima rentabilidad.

Tan solo una vez, a los diez años, el que luego fuera su primer entrenador en Los Cebollitas, Francisco Cornejo, dudó al ver a aquel chico casi desnutrido y con un aspecto físico poco alentador. "Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Yo sí", escribió Cornejo en su libro Cebollita Maradona, sobre el día en que vio jugar por primera vez a Diego Armando.

Hay más historias de genios incomprendidos en vida que veces habremos visto el gol de Maradona a los ingleses. “El próximo disco de guitarrita y palmas”, le dijo Camarón de la Isla a su productor tras publicar La leyenda del tiempo en 1979. Aquel disco cambiaría la historia del flamenco y sellaría la leyenda de Camarón, eso sí, muchos años después. Hay disciplinas igualmente tangibles, pero menos agradecidas y más recelosas.

Se adelantaron los ilustrados al definir la condición humana como egoísta y codiciosa. A las masas les molesta el éxito ajeno, los perfiles inmaculados e intocables. Diego rompió con el molde. Desde la cima más alta demostró debilidad y aceptó sus errores. La conexión con el populacho era casi espiritual.

Pocos jóvenes pueden acercarse a la realidad de las grandes estrellas futbolísticas actuales. Nacidos en una cuna de césped natural con las mejores botas del mercado. Maradona transitó por campos de arena con equipaciones tan horrorosas que ni el blanco y negro de las imágenes amortigua el espanto. Le vimos sorteando hachazos cual gladiador en el foso y salir con el tobillo destrozado en España. Embarrado hasta los rizos por aquellos campos agrestes de la geografía italiana. En estas condiciones no sería raro no haber conocido ni a Messi ni a Cristiano. Derribar semejantes muros, luchar, confiar ciegamente en tu objetivo y, además, sacar la chistera en innumerables ocasiones tiene un mérito extraordinario.

“Hiciste en los billares la primera comunión”, cantaban Leño allá por los setenta. Gran metáfora para los que se curtieron jugando en la calle, con pelotas de trapo y porterías hechas con dos piedras. ¿Cómo no iba a ser referente de una sociedad? Su fútbol olía a barriada, a cancha improvisada y su éxito fue el éxito de todos.

Sus bajadas a los infiernos solo confirmaron que era igual de débil que los demás. Sus gestos, su incontinencia verbal y ante todo la pasión que derramaba en cada acción conectaban con la grada como si fuera una estrella del rock.

Desafió a sus demonios en numerosas ocasiones. Derribó todos los muros posibles, salvo uno, su mayor enemigo: él mismo y un entorno intoxicado que le empujó a un abismo de degradación incontrolable. Hasta su propia muerte fue una desagradable consecuencia de situaciones que bien recoge el refrán popular que dice: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. El tiempo limpia el espanto y nos queda la figura, la leyenda.