A Camila, por enseñarme a ir más despacio por la vida.
“La universidad es la mejor etapa de la vida, uno no hace ná”. Cada que hablan de vida universitaria, recuerdo esas palabras de Jaime Garzón en su conferencia de 1997 en la Universidad Autónoma de Occidente. La grabación de la conferencia la vi en mi colegio, cuando estaba en grado 9°, y me pregunté: “¿Será cierto? ¿Descansaré al fin de este calvario llamado materias obligatorias?”.
Este texto, como dedicatoria, es potente, pero como artículo es catártico. Quizás porque mi sueño siempre fue ser docente universitario, o porque recibí las frustraciones de mi esposa mientras terminaba su carrera en una de las “prestigiosas” universidades públicas de nuestro país. Lo primero porque no pierdo la esperanza de que Camila pueda culminar en paz una etapa cuanto menos traumática de su vida, lo segundo porque en Colombia la educación universitaria ha preferido la certificación al humanismo. Mi objetivo: Realizar una crítica a la docencia universitaria y la forma en que el ego desaforado por figurar crea profesionales sin autoestima.
Diciembre 2014, Montería, Córdoba
Los pocos amigos que conservo de mi época de bachillerato tienen algo muy claro: Jamás regresaré a una fiesta de egresados. Lo saben porque fue una conclusión a la que llegué tras regresar a casa una noche/madrugada de diciembre como consecuencia de la primera y última reunión de egresados a la que asistí. ¿Las razones? Lo que esperaba fuera un espacio de compartir, sobre las cosas que habíamos aprendido, los errores típicos del primer año de universidad y los romances rebeldes, se convirtió en una vomitiva competencia en torno a qué carrera se parecía en mayor o menor medida al infierno de Dante.
Definitivamente Medicina, es que no estudiamos cualquier cosa, estamos hablando de salvar vidas.
Ingeniería, ¿querrás decir? No hay nada más difícil que calcular lo necesario para que no caiga un puente.
Derecho, nos toca leer libros enteros de un día para otro.
Y así, se pasaron toda la noche sin mencionar más que sus traumas universitarios. Cuando llegó mi turno, mi respuesta fue la siguiente: En el seminario no nos dejan trasnochar. Me sentí mal, ¿debería estar trasnochando tanto como ellos? ¿no me estaré esforzando lo suficiente? ¿Llegaré a ser un buen profesional si sigo así? ¿Será mi carrera tan fácil que no exige a sus estudiantes siquiera un mínimo de esfuerzo nocturno?
Con el tiempo tuve que aprender que desvelarse, alimentarse mal, discutir constantemente con compañeros y estresarse por trabajos son cosas comunes, sí. Normales, jamás deberían serlo.
Mayo 2024, Medellín, Antioquia
El docente extendió sus dedos índice y pulgar y sujetó el trabajo de las estudiantes. Una maqueta que procuraba aterrizar la abstracta idea de un edificio que podría servir como centro médico para salvar la vida de muchas personas que pasan por episodios traumáticos. Cuatro días de dedicación, pensando cada detalle, gastando tiempo, dinero y –cómo no– salud postural inclinada durante horas para poder entregar en la fecha pactada. El fruto de todo ese trabajo ahora era contemplado con asco, sujetado como si de una bolsa de vómito se tratara y expuesta ante toda la clase como ejemplo de lo que “no hay que hacer” y la culminación de una retahíla humillante: “Muchachos todavía están a tiempo de cancelar la materia, piense muy bien si de verdad quiere estudiar esto”.
En el fondo del salón, las jóvenes veían su autoestima caer en la misma trayectoria de la maqueta y aterrizar aparatosamente en la basura.
Febrero 2017, Caldas, Antioquia
–Vea, yo quiero ser sincero con usted, el profe de filosofía fue despedido por intentar propasarse con una estudiante de 11.º. Las prácticas no se las pagamos, pero si quiere puede tener el puesto de él y le pagamos la mitad del sueldo que él ganaba. ¿Le sirve?
–Sí, pero yo soy teólogo, no he leído mucha filosofía, ¿a ustedes les parece bien?
–Eso es lo mismo, desde que los ponga a leer y a escribir.
1 hora después, ese mismo día
Nervioso, pasa a presentarse, no recuerda bien cómo funciona la lógica aristotélica. Por su mente una idea: “Ojalá Jorge estuviera aquí”.
El recuerdo del único maestro decente de la universidad activó un switch en su cerebro, como si un cambio de personalidad deviniera de las reminiscencias universitarias. Se posiciona en el aula, espera en silencio a que todos noten su presencia y hagan silencio, toma aire y empieza con:
–Soy su nuevo profe de filo, básicamente: No pido silencio, lo espero. Y, a diferencia del otro profesor, aspiro a ser cualquier cosa menos un instrumento de este colegio. Ahora quiero saber, ¿qué esperan de mí para poder ganarme su respeto?
Maestros e instrumentos
Jorge siempre decía:
El maestro que no piensa más allá de su pensum o la cátedra es un idiota útil, un instrumento.
Cuando me atreví a buscarlo para que me ayudara a planear las clases de mi nuevo trabajo/práctica en 2017, se sintió orgulloso, me agradeció por pensar en él. Y finalizó la primera asesoría diciéndome: “Deberías hacer una maestría en filosofía, tienes porte de filósofo”.
Ese fue uno de los pocos maestros que admiré y sigo admirando –esté donde esté–. Algunos tenemos referentes universitarios, personas que con sus palabras esgrimían nuevas formas de vivir la academia. Mi carrera era fácil, ahora lo digo con orgullo, fue divertido estar en la universidad, debatir, leer, escribir, enseñar, equivocarse, frustrarse, etc. La vida se respiraba lento, con el tiempo necesario para tomar decisiones en el proceso y crear una identidad profesional. ¿Los docentes universitarios de hoy saben eso? ¿Qué no solo forma profesionales sino identidades?
Muchos docentes hoy parecen más preocupados por acumular publicaciones que por formar pensamiento. Se habla de métricas, de reconocimiento, de indexaciones, pero ¿quién mide el impacto de una conversación honesta con un estudiante confundido?, ¿deprimido? ¿Dónde se registra el valor de una clase que no se olvida, no por su contenido, sino por la forma en que nos hizo sentir ser parte de algo más grande?
La academia se ha vuelto un escenario de competencia, donde el docente que más publica es el que más vale, aunque sus estudiantes no recuerden ni su nombre. ¿Y la pedagogía? ¿Y el vínculo? ¿Y el tiempo para pensar (nos) juntos? Se ha perdido el arte de enseñar como acto de presencia, como gesto ético. Hoy, muchos enseñan como quien entrega un delivery: rápido, eficiente, sin mirar a los ojos. Universidades llenas de acreditaciones e idiotas útiles.
Hágase la idea de que en todo el semestre carecerá de vida social, ni amigos, ni familia, ni nada... Sólo va a tener tiempo para estudiar, lo otro hágalo cuando salga a vacaciones.
Con la excusa de la exigencia del mundo laboral “real”, de empresas que exprimen hasta la última gota de energía, muchos docentes afirman estar “preparando” a sus estudiantes. Pero lo que realmente hacen es entrenarlos para obedecer, para adaptarse sin cuestionar, para decir: “Aquí estoy para hacer lo que necesite la empresa”. Como si el éxito profesional fuera sinónimo de sumisión. No se atrevan a posicionarse en la misma escala de un maestro genuino, solo son verdugos con doctorado.
Cerremos
Me ofenden, de sobremanera, episodios donde no solo se devalúa una profesión tan antigua como el progreso humano, sino que también se humilla a los estudiantes que, por definición, por cierto, están aprendiendo a trabajar pero también a vivir.
Abril 2023, Medellín, Antioquia
“¿Si no tiene para pagar la maqueta, por qué se metió a arquitectura? No es una carrera para gente pobre”. Nadie intervino. Aprendió que en la universidad también se enseña a callar.
Abril 2021, El retiro, Antioquia
“No te preocupes, entrégame la otra semana. Espero pases esta ruptura pronto y si necesitas algo, avísame”. Ese día no aprendió teoría, pero sí que la educación también puede ser un refugio.
¿Dónde quedó el maestro que inspira, que incomoda, que acompaña? ¿Dónde están los que entienden que educar no es formar empleados, sino personas capaces de transformar su entorno? Jorge y muchos más están por ahí, cuidando, protegiendo, orientando. Por eso no hablaba de competencias, hablaba de convicciones. No hablaba de resultados, hablaba de procesos. Se ganó el título de maestro, sin siquiera presumir de él.















