Corría el año 1924 y una maestra rural, conmovida por la infancia vulnerable y las injusticias sociales, decide dar voz a niños y niñas no vistos. Es entonces que, a través de su pluma escribe algunos poemas inspirados en la fragilidad de estos. Uno de ellos es “Piececitos de niño”.

(Algunos fragmentos)
Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!...

… Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!

Gabriela Mistral, querida poeta chilena, estaba muy consciente de la realidad que vivían muchos niños y niñas de la época, los cuales carecían de derechos establecidos por el estado, en especial aquellos que se encontraban desprovistos no solo de ropa o vivienda, sino de una familia.

Esto no solo fue una realidad en Chile, sino que por largo tiempo la infancia no tuvo un lugar de importancia dentro de la sociedad, y muchos niños y niñas eran sometidos a temprana edad a diferentes tipos de trabajos, como recolectores en campos, en mineras, ferias y otros. La realidad para los que se encontraban huérfanos, podía ser similar o peor. Éstos podían quedar dando vueltas en las calles, ser albergados por algún familiar como ayuda para labores de casa o pasar a vivir en establecimientos como orfanatos o instituciones religiosas.

Sin embargo, como en todo orden de cosas, algunas familias o instituciones que albergaron a niños huérfanos, también procuraron hacerlo de la mejor manera posible y muchos de ellos, aunque sin grandes recursos, acogieron con verdadero amor y entrega. De esta manera no solamente hicieron un bien a los niños, sino que mostraron a la sociedad que darle un hogar y una familia a un niño o niña que no lo posee, no solamente es un acto de amor, sino un ejemplo de gran dignidad.

Durante los años siguientes, la situación infantil seguía sin muchos cambios, pero durante los años 1979 a 1989 dada las necesidades de la infancia, se gestó La Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) la cual fue elaborada en el marco de las Naciones Unidas. De este punto en adelante comenzaron a cambiar muchas cosas, entre ellas que los niños pasaron a ser reconocidos como sujetos de derechos humanos plenos, y no como objetos de tutela.

El artículo 20 de la convención es la base legal internacional que reconoce finalmente que vivir en familia (propia o alternativa) es un derecho del niño, y obliga al Estado a buscar acogida familiar, adopción o formas equivalentes cuando el niño no puede estar con sus padres, priorizando esto por sobre la institucionalización.

Dentro de este marco establecido de manera internacional por la ONU, cada país ha ido implementando diversas formas para poder hacer esto posible y evitar que los niños y niñas sean institucionalizados. Muchos países en distintos tiempos han ido poniendo en marcha esta medida, elaborando programas con familias que deseen acoger de manera temporal a niños que han sido vulnerados en sus derechos. En algunos países como Canadá y Estados Unidos funciona el sistema de “foster care”, en Argentina “familias de tránsito”, en Colombia “hogares sustitutos”.

Podríamos decir que el acto de acoger y querer rescatar a alguien que se encuentra vulnerable existe de manera intrínseca en el ser humano, aun a pesar de nuestro corazón egoísta. Vemos relatos antiguos en la Biblia sobre cómo algunos hombres y mujeres fueron criados y cuidados por personas que no eran sus padres biológicos. Moisés fue criado por la hija de faraón, Ester por un tío, Samuel por un sacerdote y el mismo Jesús, fue acogido tiernamente como hijo por José.

Si bien en Chile, las adopciones y acogimiento se dieron por mucho tiempo de manera informal, el modelo de “Familia de Acogida Especializada” (FAE), apareció para concretar de manera formal una medida de cuidado alternativo diseñada específicamente para proteger a niños, niñas y adolescentes (NNA) que han sido separados de su familia de origen por orden de un Tribunal de Familia, debido a situaciones graves de vulneración de derechos.

Y en la práctica, ¿cómo funciona esto?

Personalmente, deseaba llegar a la respuesta de esta pregunta, y es que el tema no solo lo valoro desde un mero interés social, sino que es algo que tanto para mí, como para mi compañero de vida, nos impulsa y conmueve profundamente. Desde hace unos meses determinamos iniciar este camino y de alguna forma emprender un viaje que entendemos lo que puede significar en la práctica, pero que desconocemos totalmente como podrá desarrollarse en el día a día.

Cuando tomamos la decisión de entrar en el proceso para ser familia de acogida, estábamos ansiosos, nerviosos y expectantes; sin embargo, nunca nos imaginamos lo lindo que serían esos meses de preparación. Y es que desde el día uno, los profesionales de la Unidad de Evaluación han hecho con nosotros, lo que nosotros haremos posteriormente, y se han esmerado por “Acogernos” con mucho cariño, nos han hecho sentir parte, nos han guiado, nos han hablado con verdad y nos han preparado y dado herramientas para ser idóneos al momento de acoger a nuestro hijo o hija temporal.

El proceso en sí, tiene un tiempo estimado de tres meses aproximadamente, en donde pasas por un robusto periodo de talleres de sensibilización, entrevistas personales, visitas al hogar, para luego tener una reunión en donde se evalúa ese proceso y así determinar si eres idóneo o no en ese momento para acoger. Posterior a esto vienen talleres formativos y finalmente una certificación donde quedas listo para ser llamado en cualquier momento y recibir a un niño o niña.

Si bien, en un artículo como este no se logra abarcar en profundidad todos los detalles de este proceso, si es la intención visibilizar la realidad de la infancia vulnerada y ver como nuestro país Chile, ha ido avanzando en entendimiento, sensibilidad, leyes y programas concretos que favorezcan a todos los que de alguna manera se involucran en esto, principalmente a los niños, niñas y adolescentes, que claramente son los más perjudicados.

Algunos hitos importantes desarrollados en el progreso de implementar programas son:

image host

Desde el año 2025 en adelante, a partir de los buenos resultados obtenidos por las UEFAAs que funcionaron como pilotos en las regiones nombradas, se decide implementarlas a lo largo de todo el país.

Aun cuando no está todo construido en relación a las medidas de cuidado que les podemos dar como sociedad a la infancia vulnerada y vamos en un camino en el que aún todos estamos aprendiendo, puedo ver con esperanza como hemos ido evolucionando en el tiempo, como país, como personas y también como cristianos. Y si bien, me es de mucha alegría ver a muchos cristianos involucrados en este proceso y comprometidos con un cuidado integral hacia niños y niñas, también es cierto que muchos aún se escudan en temores y abrazan más la comodidad, que arriesgarse a amar sin buscar nada a cambio.

Hace poco me encontré con una frase escrita por un hombre llamado David Pacheco y decía lo siguiente: “...Si eres cristiano, que lo extraordinario no sea ver a una familia acogiendo, sino que lo inusual sea ver la necesidad y no dar un paso al frente. Que el amor activo sea lo normal, y que la indiferencia nos parezca extraña”. Y mientras leía, pensaba en mi propio corazón, y en todas las veces que he desistido hacer algo por otros, pensando en mis propias necesidades, en mis miedos y deseos. Y es que ser indiferentes y desconectarnos del sufrimiento ajeno puede llegar a ser muy cómodo, y aparentemente en esta tierra nadie podría juzgarnos abiertamente por no movernos en pos de otros, sobre todo si no hay un vínculo biológico que lo impere.

Pero, ¿qué pasaría si tomáramos conciencia de lo que realmente implica ser parte de este mundo? ¿Estamos apercibidos de que somos parte de una sociedad, y que fuimos creados mental, emocional y espiritualmente con el propósito de relacionarnos, amarnos y cuidarnos?

Probablemente, si miráramos así, el escenario y la forma de ver las cosas podría cambiar radicalmente, y nos haríamos más responsables los unos de los otros, sabiendo que somos fallidos e imperfectos, pero buscando contribuir desde nuestra posición. Y todo esto, poder realizarlo en nuestro presente, en estos tiempos, donde el sufrimiento de otros pareciera importar cada vez menos y la indolencia tuviera la forma de un confortable sillón, desde el cual se observa tranquilamente la angustia de otros sin que esto conmueva en absoluto el corazón.

Muchas personas nos han dicho que consideran valiente nuestra decisión de acoger, pero la verdad es que de valientes tenemos poco, es solo que creemos en un amor superior a nosotros, el cual nos impulsa y nos sostiene. Y quizás, la única “valentía” dentro de este marco, es que al entrar en un camino desconocido, estaremos totalmente expuestos, sufriremos, seremos ambivalentes y probablemente nos desconoceremos. Sin embargo, buscando seguir las pisadas de quien nos amó primero, invertiremos en amar, porque creemos que es uno de los propósitos más dulces que podemos experimentar en esta vida.