En el contexto de la transformación del orden internacional, América Latina ha adquirido una relevancia renovada como espacio de competencia entre las principales potencias globales. Lejos de ser un actor periférico, la región se encuentra hoy en el centro de una disputa geoeconómica y política entre Estados Unidos y China, cuyas estrategias reflejan modelos distintos de inserción internacional.

Durante décadas, Estados Unidos ha desempeñado un papel central en América Latina, sustentado en vínculos económicos, institucionales y de seguridad profundamente consolidados. Esta relación ha estado asociada al desarrollo de un marco basado en reglas, apertura comercial, inversión privada y cooperación multilateral. A pesar de tensiones históricas, este entramado ha permitido niveles significativos de integración económica y afinidad política, particularmente en México, Centroamérica y el Caribe.

Durante el mes de marzo pasado el Presidente de los Estados Unidos Donald Trump lanzó su “Escudo de las Américas” junto con mandatarios de países latinoamericanos como un espacio de cooperación política en temas de seguridad hemisférica y como un proyecto tanto para la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado como contra la influencia de China en la América Latina y el Caribe. Se trata de una actualización de la Doctrina Monroe que promovía una “América para los americanos”, y ahora redefinida como “Doctrina Donroe” como un medio para disminuir y erradicar la influencia de potencias extracontinentales en el hemisferio americano, es decir hoy en día refiriéndose a la presencia de China y otras potencias en la región.

En las últimas dos décadas, China ha emergido como un actor de creciente peso en la región. Su expansión ha sido rápida, estratégica y sostenida, posicionándose como socio comercial clave para varias economías sudamericanas. Este avance se ha apoyado en una lógica de complementariedad: América Latina exporta materias primas mientras importa manufacturas, automóviles, tecnología y financiamiento.

Más allá del comercio, la presencia china se ha extendido hacia sectores estratégicos como infraestructura, energía, minería y telecomunicaciones. La participación en proyectos portuarios, redes eléctricas y plataformas digitales ha incrementado su influencia en áreas sensibles para la soberanía y la seguridad económica de los países. A esto se suma una activa diplomacia económica, impulsada por iniciativas como la Franja y la Ruta, que ha ampliado su alcance institucional en la región.

El atractivo del modelo chino radica, en gran medida, en su capacidad de ofrecer financiamiento rápido y con menor condicionalidad política. No obstante, este enfoque también ha generado preocupaciones en torno a la transparencia, la sostenibilidad de la deuda y la dependencia estructural, especialmente en economías con alta concentración en exportaciones primarias.

Frente a este escenario, Estados Unidos ha comenzado a reconfigurar su estrategia hacia América Latina. Más que una lógica de dominación tradicional, lo que se observa es una adaptación a un entorno de competencia global. En este sentido, Washington ha impulsado el fortalecimiento de cadenas de suministro regionales, el fomento del “nearshoring” y una mayor atención a sectores estratégicos como tecnología e infraestructura.

Asimismo, se ha reforzado el énfasis en estándares institucionales, transparencia y gobernanza democrática como elementos diferenciadores frente al modelo chino. Este contraste no es menor: mientras China prioriza resultados económicos con menor intervención en asuntos internos, Estados Unidos continúa promoviendo un marco basado en reglas y valores democráticos, aunque recientemente matizado con una política comercial externa de signo arancelario y proteccionista y un gran escepticismo respecto del papel de los organismos internacionales y el multilateralismo.

Hace unos días Pete Hegseth, Ministro de Guerra de los Estados Unidos ha lanzado al público su doctrina geopolítica de “La gran Norteamérica” como espacio de seguridad de la potencia del norte que se extiende desde Groenlandia hasta el Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, es decir que incluye tanto a Canadá, los Estados Unidos y México, como a los países de Centroamérica desde Guatemala hasta Panamá, y también a los países del Caribe y a Venezuela y Colombia. Según esta doctrina estos países quedan fuera del Sur Global del planeta y quedan ubicados dentro del espacio de seguridad de los Estados Unidos. De manera que Venezuela, Cuba y Nicaragua quedan incluidos en tal espacio.

Desde el 03 de enero pasado que el mandatario Nicolás Maduro fue capturado y extraído de Venezuela, se inició un proceso de transición bajo tutela de los Estados Unidos y con la abogada Delcy Rodríguez como presidente a cargo de Venezuela. Tanto Trump como el Secretario de Estado Marco Rubio vienen anunciando que durante el año 2026 Cuba y Nicaragua van a experimentar procesos de transición semejantes al que ya se inició en Venezuela. Es importante señalar que tanto Venezuela, como Cuba y Nicaragua han sido aliados de la República Popular China en la región. En fin que las doctrinas “Donroe” y “Gran Norteamérica” vienen a convertirse en ideologías geopolíticas que aspiran a justificar y legitimar la influencia de los Estados Unidos y la reducción de la influencia de China y de otras potencias extracontinentales en el hemisferio americano y sobre todo en el norte del continente.

En este contexto, América Latina enfrenta una oportunidad histórica, pero también un conjunto de riesgos significativos. La competencia entre ambas potencias puede traducirse en mayores flujos de inversión, diversificación de mercados y acceso a nuevas tecnologías. Sin embargo, también puede generar presiones geopolíticas, dependencia económica y vulnerabilidades en sectores estratégicos.

La disyuntiva para la región no radica en elegir entre Estados Unidos o China, sino en desarrollar una estrategia que le permita beneficiarse de ambos sin comprometer su autonomía ni la solidez de sus instituciones. Esto implica fortalecer capacidades internas, diversificar alianzas y priorizar un desarrollo sostenible de largo plazo.

En última instancia, la competencia entre China y Estados Unidos en América Latina no es únicamente una disputa de poder político y económico, sino también una confrontación entre modelos de orden internacional. La forma en que la región responda a este desafío definirá no solo su posición en el sistema global, sino también la calidad de su democracia, su estabilidad económica y su proyección futura.

Porque en un mundo cada vez más competitivo, la verdadera fortaleza de América Latina no dependerá de la influencia externa que reciba, sino de la capacidad que tenga para ejercer, con claridad y determinación, su propia visión estratégica.