Es ya casi un lugar común en la historia recordar el origen de la Unión Europea como una iniciativa de cooperación para restañar en el viejo continente las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Nació así en 1950 la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, bajo la inspiración del francés Robert Schuman, con el apoyo del líder germano-federal Konrad Adenauer y del italiano Alcide de Gasperi.

Dicho en términos simples, estos dirigentes entendieron que la paz y el progreso de Europa occidental tenían que buscar sus cimientos en la cooperación y no en conflictos, como el sempiterno enfrentamiento de Alemania y Francia por Alsacia y Lorena que cubrió de guerras las relaciones de estos países y fue una de las banderas de Adolf Hitler para marchar hasta París luego de someter a Polonia, Noruega, Dinamarca, Holanda y Bélgica.

La cooperación de seis países en torno al carbón y el acero, dos materias primas estratégicas en aquellos años, no tuvo solamente una inspiración económica sino fundamentalmente política. Una ecuación virtuosa que dio origen a diversas entidades y alianzas europeas basadas en objetivos integradores para dar forma a la Unión Europea, que hoy agrupa a 27 estados.

Adiós cooperación, adiós Naciones Unidas

Varios años después, en 1987, quizás emulando el proceso europeo, un grupo de políticos y diplomáticos, entre los que se contaban expresidentes, crearon la Comisión Sudamericana de Paz, Seguridad Regional y Democracia. Eran los tiempos en que ya declinaban las dictaduras militares en la región, pero aún prevalecían conflictos territoriales y resquemores fronterizos que desviaban recursos hacia el armamentismo pese a la crisis de la deuda externa.

La iniciativa impulsada por el chileno Juan Somavía, se fijó cuatro objetivos básicos para la Comisión, entre los cuales mantiene plena actualidad el segundo: la sustitución en las relaciones entre los estados de las hipótesis de conflicto por las hipótesis de cooperación.

Hasta 1987 aún parecía predominar el espíritu de la creación de las Naciones Unidas en 1945, aunque en 1950 debutó ya la Guerra Fría. La ONU, un foro de igualdad que ha resguardado al mundo de la hecatombe nuclear, nació sin embargo con el pecador original de un Consejo de Seguridad donde cinco países son “más iguales” que los otros 188 estados miembros.

Hay unanimidad en los analistas internacionales en cuanto a que Donald Trump está subvirtiendo el orden mundial estructurado en estas ocho décadas bajo el paraguas de las Naciones Unidas. Con la creación arbitraria en enero de un “Consejo de Paz” nombrado a dedo pretende sepultar al Consejo de Seguridad donde le incomoda el derecho a veto de Rusia y China, aunque él lo ejerza cuando se trata de proteger a Israel.

No satisfecho con eso, y en su afán megalómano de construir una hegemonía incontrarrestable en el “patio trasero”, creó en marzo el “Escudo de las Américas”, como una entente con los gobiernos de extrema derecha que proliferan últimamente en los estados latinoamericanos. Su objetivo declarado es combatir el narcotráfico y el crimen organizado, lo cual no logra ocultar su trasfondo político.

Estas maniobras de Trump se inscriben, según los expertos, en la estrategia de contrarrestar y extirpar la influencia económica y comercial de China en el mundo y particularmente en América Latina. Un retorno, se dice, a las zonas de influencia previas al colapso de los socialismos reales en 1989-1991.

Geopolítica y derechos humanos

Pero no se debe perder de vista que la política internacional de Trump es un ataque amplio y constante al multilateralismo, otro de los pilares de la creación de la ONU, como lo demostró el retiro de Estados Unidos de 40 organizaciones de cooperación.

Un denominador común en las crisis de carácter bélico y económico que hoy sacuden al planeta, especialmente por la acción de Trump, frustrado auto candidato al Nobel de la Paz, está en el predominio absoluto de las hipótesis de conflicto. Las hipótesis de cooperación, como las que plantaron el germen de la Unión Europea en 1950 e inspiraron el multilateralismo y proyectos de integración en muchas partes, están hoy por hoy en el baúl de las herramientas inútiles.

De ahí, otro denominador común para estos tiempos: la geopolítica le está ganando la batalla a los derechos humanos. Y no es un asunto solamente ideológico. También produce réditos financieros. Como señala Francesca Albanese en su libro se da en Gaza una economía del genocidio. El sometimiento de Venezuela y las aspiraciones de revertir el socialismo en Cuba también tienen la impronta de los negocios, para no hablar de esta casi obsesiva búsqueda de tierras raras que hace de nuestro planeta una Tierra más rara que nunca.

El conflicto ha estado siempre en la historia de las relaciones entre países y seres humanos, pero su magnificación contribuyó a socavar los cimientos de la ONU. Se contrarrestó o contuvo la amenaza del holocausto nuclear al tiempo que se multiplicaban los arsenales atómicos. El armamentismo convencional aún en los países más pobres resta recursos a la inversión social.

La Unión Europea, con un crecimiento económico paupérrimo, termina aceptando por la vía de la OTAN, permeable absoluta a la hegemonía de Washington con Trump, un aumento en su gasto de defensa al 5 % del PIB, con honrosas excepciones como la de España.

Estigmatizar para gobernar

Las hipótesis de conflicto, por lógica, requieren de la existencia de un enemigo. Y si no existe, hay que crearlo. La Doctrina de la Seguridad Nacional, que avaló las dictaduras castrenses de la segunda mitad del siglo XX en América Latina, identificó como amenazas a extirpar a los comunistas y los proyectos guerrilleros, y a partir de ahí en orden descendente a sus supuestos cómplices.

Partidos y dirigentes políticos socialistas y de perfil progresista, defensores y activistas de los derechos humanos, periodistas y prensa contestataria, sindicalistas, ecologistas y los teólogos de la liberación en una iglesia con vocación de servir a los pobres, cayeron bajo ese estigma. La dominación se alimentaba tanto de enemigos externos como internos en una réplica de la distopía orwelliana de 1984.

Restablecidos los regímenes constitucionales bajo la brújula del Consenso de Washington en América Latina y en un marco global de supuesto fin de la Guerra Fría, la promesa de paz y democracia como derivado lógico del neoliberalismo se fue horadando por la persistencia y profundización de las desigualdades económicas y sociales.

En el escenario mundial, Mijail Gorbachov quiso apostar a un sistema de relaciones Este-Oeste de paz y cooperación con su propuesta de desmantelamiento total de los arsenales nucleares y congelamiento de la expansión de la OTAN como corolario lógico de la desaparición del Pacto de Varsovia.

Ronald Reagan, entusiasmado en su rol de líder que derrotó al comunismo, eludió esas propuestas y sentó las bases para una paulatina recomposición de la Guerra Fría, ya sin sus cimientos ideológicos, pero con irreconciliables intereses geopolíticos.

Ni Vladimir Putin ni Donald Trump son frutos políticos espontáneos. Son el resultado de procesos marcados por la profundización de crisis derivadas de hegemonismos que han ido deteriorando las relaciones internacionales, el multilateralismo y la democracia, para desembocar en salidas populistas de extrema derecha, representadas por ambos a su manera.

Como réplicas menores, los ascensos de la ultraderecha en los procesos políticos latinoamericanos son también la expresión de un acelerado deterioro de la noción de ciudadanía, donde la magnificación del conflicto y del enemigo engendra líderes providenciales cuyo poder se basa en usar la política como campo de descalificaciones y no de cooperación.