La vez anterior realizaba trabajo remoto desde una conocida cafetería en Lima (llegué muy temprano y esperé cerca de una hora y media hasta que abriera). Con el paso del tiempo, el local empezó a llenarse, principalmente de clientes muy jóvenes, a quienes imaginé como recién egresados del colegio o en sus primeros años de formación técnica o universitaria.

Sin embargo, algo llamó mi atención: no consumían, no conversaban entre ellos y solo permanecían sentados, con la mirada fija hacia una mesa ubicada en un extremo del local. Fue entonces cuando entendí que tenía una vista privilegiada de lo que parecía ser la primera entrevista de trabajo de muchos de ellos.

Sus gestos eran evidentes. Las miradas reflejaban nervios, miedo e inseguridad, una mezcla de expectativa y presión difícil de disimular. Pasaban los minutos y cada joven esperaba su turno para acercarse a una mesa que, a mi parecer, funcionaba de manera improvisada como espacio de entrevistas. Yo estaba prácticamente al lado y pude escuchar algunas conversaciones.

Muchos cargaban con la responsabilidad de apoyar económicamente en el hogar; otros tenían la firme intención de poder pagar sus estudios o continuar formándose. Varios llegaban desde distritos ubicados a más de dos horas del lugar, sin contar el tiempo adicional que implica atravesar el caótico tráfico que afecta a miles de ciudadanos a diario.

Con el transcurrir del tiempo comenzaron a llegar jóvenes con mayor experiencia laboral e incluso con estudios superiores recién concluidos. La encargada, en más de una ocasión, les preguntó por qué no buscaban algo relacionado con su carrera profesional. Las respuestas revelaron una realidad compartida.

Uno explicó que aún no había sido convocado para un puesto acorde a su formación y que necesitaba generar ingresos para cubrir gastos familiares. Otro señaló que había pasado por varias entrevistas en su sector, pero que la remuneración ofrecida no le resultaba viable. Una joven más afirmó que no contaba con contactos que pudieran ayudarla a acceder a una oportunidad laboral.

Este escenario no es aislado. Basta con revisar las ofertas de trabajo publicadas en distintas páginas laborales para encontrar una constante: empresas que exigen múltiples requisitos que no siempre guardan relación directa con la vacante ofrecida. Esta práctica provoca que numerosos postulantes queden descartados de forma inmediata.

A ello se suma otro factor que desanima a los jóvenes: remuneraciones bajas frente a funciones múltiples, lo que refuerza la percepción de que se prioriza la mano de obra barata antes que el talento a desarrollar, afectando expectativas, motivación y proyección profesional.

Las cifras respaldan esta realidad. Un estudio del Instituto Nacional de Estadística, publicado en noviembre de 2025, reveló que la tasa de desempleo juvenil en Lima Metropolitana alcanza el 15,4%. Además, tres de cada cuatro jóvenes trabajan en la informalidad.

Según un artículo publicado en noviembre de 2025 por el diario económico Gestión, el 47,6% de los empleos en el país son considerados vulnerables, es decir, presentan una alta probabilidad de explotación y condiciones laborales difíciles. Pese a ello, el 85% de los jóvenes considera que el sector privado cumple un rol fundamental en la generación de empleo.

Sin embargo, el problema no se limita únicamente a la oferta laboral, sino también a la preparación del capital humano. El Ranking Mundial del Talento del Institute of Management Development (IMD) 2025 indica que el Perú se mantiene en el mismo puesto que ocupaba en 2014: el lugar 59 de 69 economías, con un puntaje de 42,3 sobre 100.

Este ranking evalúa tres factores clave: inversión y desarrollo, atracción y preparación. Es precisamente este último el que evidencia la mayor brecha frente a otros países, debido a deficiencias persistentes en la educación básica y superior, una limitada oferta de profesionales en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y la escasa experiencia internacional de los directivos.

Si bien en el tercer trimestre de 2025 el desempleo registró una reducción del 4,3% en comparación con el año anterior, las cifras aún no resultan suficientes para hablar de un cambio estructural. La dificultad para acceder a un empleo digno, estable y que continúa siendo una constante para miles de jóvenes.

Las estadísticas, junto con las historias que se repiten en distintos espacios de la ciudad, constituyen una clara llamada de atención. Fortalecer estrategias de inserción laboral, seguir apostando por programas que capaciten a los jóvenes y confiar en el talento local resulta clave para cerrar brechas y evitar que más jóvenes vean la migración como la única alternativa ante un mercado laboral que aún no logra responder a sus expectativas ni a su potencial.

Esta escena cotidiana resume una problemática persistente que atraviesa generaciones y evidencia desafíos aún no resueltos en el mercado laboral. Además, es una llamada de alerta para el Estado, el sector privado y a la sociedad, que observan cómo miles de jóvenes esperan oportunidades laborales reales, dignas y sostenibles que todavía no llegan hoy.