Termina el curso académico en el hemisferio sur. Es el momento en que los profesores ingresamos notas finales, tomamos exámenes a los estudiantes y revisamos qué han dicho ellos de nosotros. A veces debemos hacer ajustes para mejorar tal o cual aspecto de nuestras clases. Y, siempre, al menos así lo hago yo, nos exigimos identificar si las realidades emergentes de nuestro contexto están siendo contempladas en las clases, de modo que estas les ofrezcan un verdadero aprendizaje significativo. Dicho de otra manera, reflexionamos sobre si los temas que analizamos realmente tienen que ver con las vidas del alumnado o, por el contrario, si hay algún tópico nuevo que merezca la pena ser traído al análisis del aula. En mi caso, son ejemplo de esto los temas «Sexualidad y género» o «Inteligencia artificial», que analizamos hace ya un tiempo pero que no estaban plenamente contemplados en los temarios de hace 15 años. Por otro lado, y a la inversa, se quitan o se reformulan unidades que parecen no interpelarnos como antes.

En este aggiornamiento de contenidos, una de las experiencias más interesantes no se da solamente cuando se agregan o se quitan temas sino también cuando se observa que cierta temática continúa aún entre los puntos del programa académico, año tras año, como si nunca perdiera su actualidad. En el temario de mi curso de Antropología filosófica, esto es lo que sucede con la dignidad, un tópico que abordamos desde distintos autores y que me ha dado la oportunidad de conocer la obra del alemán Robert Spaemann (1927-2018), ahora uno de mis filósofos de cabecera.

Hay solo una cosa en la que no estoy de acuerdo con Spaemann: él pensaba que su biografía no servía para aclarar sus ideas filosóficas, y yo creo que sí. Por eso, cada vez que repaso su pensamiento para discutir alguno de sus conceptos en el curso repaso también su vida.1

Entre los varios aspectos que esta tiene, hay uno que la atraviesa y que es, creo yo, el rasgo personal que más paralelismo guarda con su propuesta teórica: la rebeldía intelectual, que no significa una obcecada cerrazón mental o un inconformismo ciego. Más bien, significa la determinación que tiene este filósofo por mantener criterios morales autónomos y por encarnar una conducta en coherencia con ellos sin importar qué piense la mayoría de la época o qué sea legal o ilegal expresar en un determinado contexto histórico.

La faceta rebelde en el trayecto vital de Spaemann se ve sobre todo en su actitud hacia el nacionalsocialismo de su país natal, frente al que mostró profunda repugnancia desde muy joven. Aunque el nazismo comenzó cuando él tenía apenas 6 años (si consideramos el año en que Hitler asume como Canciller, 1933) y estaba plenamente vigente durante su adolescencia, el joven Spaemann rehusó a ser parte de él en muchas ocasiones. Por poner solo algunos ejemplos: siendo niño aceptaba con orgullo el castigo de quedar siempre último en la fila durante las marchas de la Juventud Popular porque era el único que no usaba el uniforme requerido para la ocasión. O el peligro al que se arriesgó aquel día que dibujó en la pizarra de su instituto una caricatura de Hitler con la inscripción «atención; el enterrador de Alemania» (travesura que casi termina con una denuncia a la Gestapo por parte de la Directora escolar y, naturalmente, también con su vida). Está también el horror que sentía frente al modo cómo sus congéneres trataban a los judíos y que calificaba de «nauseabundo».1 O cómo a sus diecisiete años se negó a prestar el juramente de fidelidad al Führer y luego rechazó la orden de presentarse al ejército.

He llegado a pensar que la rebeldía de Spaemann contra el nacionalsocialismo es la misma que presentan sus escritos contra las posturas intelectuales que no tratan al ser humano con el respeto incondicional que este merece. Por eso las armas argumentativas del autor disparan especialmente contra las teorías que intentan dividir a la raza humana en dos grupos: los humanos dignos y los humanos no dignos. Son esas filosofías que al día de hoy seleccionan, dentro de todos los miembros de la especie Homo sapiens sapiens, algunos que califican como personas y otros que no, que no todavía o que ya no. En este sentido se comprende que el autor haya arremetido contra autores como Peter Singer y Norbert Hörster, entre otros teóricos con éticas utilitaristas o pragmáticas.

La visión sobre el ser humano que representan sus contrincantes intelectuales tiene cada una sus propios matices. Pero el factor común que denuncia Spaemann en ellas es la condicionalidad con la que conciben la dignidad humana, que resulta diametralmente opuesta a la suya propia. Para algunos de ellos, la condición para ser persona o para ser considerado un ser digno es la raza. Para otros es la utilidad; para otros, la operatividad racional que demuestre tener ese individuo. Y, para todos, el título de persona o, lo que es lo mismo, el calificativo digno/a es un estatus móvil y cambiante que dependerá de si el ser en cuestión presenta o no presenta determinadas cualidades al momento de discutirlo.

La opinión que defiende Spaemann sobre qué individuo es digno rompe radicalmente con cualquier razonamiento utilitario o «funcional» porque no atiende a las cualidades de alguien sino a su mismo ser. De ahí que la visión del autor pueda denominarse ontológica (de ontos, ser). Para él es indiferente si se trata de un enfermo terminal que genera gastos al Estado, o de una persona en coma que no puede expresar su voluntad, o de un feto que no ha manifestado aún su apariencia humana, o de un individuo discapacitado, o de un criminal sin arrepentimiento3... Todos estos seres, según el alemán, tienen una dignidad inherente, inalienable e inmutable,4 de manera similar a cómo está expresado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos que nos vimos obligados a recordar por escrito luego de los horrores de la Segunda Guerra.

¿Por qué la dignidad sigue siendo un tema actual? Porque es el corazón de los debates más candentes de nuestra generación. Entre otros autores, similares o distintos a él, Robert Spaemann es sin dudas una de las voces que más apasionadamente expusieron sus argumentos al respecto.

Notas

1 A quien pueda interesarle la vida de Robert Spaemann recomiendo la obra Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada (en alemán, Über Gott und die Welt. Eine Autobiographie in Gesprächen. Stuttgart, Kiett-Cotta 2012). Además, resulta interesante la publicación, a partir de su tesis doctoral, de la Dra. Prof. María Luisa Pro Velasco, Introducción a la ética de Robert Spaemann (Comare, 2021).
2 Es la palabra que utiliza el propio Spaemann en Sobre Dios y el mundo, p. 23.
3 Cabe aquí hacer mención a la llamada dignidad moral, que sí se modifica según la bondad o maldad de la conducta personal libre.
4 El libro en que mejor se expresan estas ideas de Spaemann es Personas: acerca de la distinción entre algo y alguien.