Aunque hubo listas inspiradoras para Heródoto, las siete maravillas del mundo antiguo en los confines griegos ampliados por Alejandro Magno fueron establecidas por Antípatro de Sidón el año 125 a.C.: (i) La pirámide de Guiza construida por el faraón Keops a mitad del siglo XXVI. (ii) Los jardines colgantes de Babilonia, duraron seis siglos desde fines del siglo VII. (iii) El templo de Artemisa en Éfeso, duró ocho siglos, siendo reconstruido por Creso a mitad del siglo VI. (iv) La estatua de Zeus en Olimpia, de Fidias, desde el año 430, duró ocho siglos y medio siendo destruida por Teodosio II. (v) La tumba del rey Mausolo en Halicarnaso, desde el año 350, duró diecisiete siglos y medio y fue destruida por un sismo, igual que; (vi) el Coloso de Rodas, en 223, después de existir seis décadas. (vii) El faro de Alejandría, desde el siglo III, duró quince siglos y medio.

Antípatro escribió que el templo de Artemisa fue la más excelsa de las siete maravillas por sus dimensiones y riqueza, cuatro veces más grande que el Partenón.

[…] cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: desde el Olimpo, el Sol nunca pareció jamás tan grande1.

Quizás, Heráclito sentenció: “El sol es nuevo cada día”2, porque el emplazamiento del templo de Artemisa, en el alba de cada estación, mostraba nuevos nacimientos del Sol resplandeciente. El hermano gemelo de Artemisa, Apolo, “dios de la luz”, iluminaba la Tierra desde el cielo en su viaje diario con una aureola brillante. Febe, la Luna, abuela de Artemisa, fue “la que tiene brillo de intelecto”. Apolo fue llamado Febo y Artemisa, Febe; habiendo reemplazado a Selene (la “luz”) asociándosela con Pandia, la “completamente brillante” y con la Luna llena de luz nocturna.

El emplazamiento del templo fue sagrado antes del esplendor de la ciudad y de las migraciones jonias. Las adoradoras locales, las amazonas, ofrecían culto antes incluso de los ofrecimientos a Apolo en Delfos y los visitantes, reyes, mercaderes, viajeros y transeúntes de Asia Menor, pagaban tributo a Artemisa en joyas y otros bienes preciosos. Se acumuló riqueza en metálico para la obra arquitectónica, viendo al templo como símbolo de la fe de los efesios que, de adorar a Cibeles, cambiaron sus creencias, brindando culto a Artemisa.

Dos fragmentos de Heráclito relievan el arte adivinatorio y que Apolo conocería el futuro:

Y la Sibila, con labios delirantes, diciendo cosas melancólicas, carentes de adorno y sin unción, con su voz se hace oír miles de años, gracias al Dios que está en ella3.

El señor de quien es el oráculo de Delfos ni expresa ni oculta su significado, sino que lo manifiesta mediante señales4.

En la época mítica, las amazonas construyeron un santuario a Artemisa como diosa de la fertilidad, la naturaleza y los animales salvajes; posteriormente, serían los sacerdotes curetos de ascendencia cretense, quienes alimentaban el fuego sagrado. La edificación fue quemada por los sumerios en el siglo VII. Posteriormente, el conquistador lidio, Creso, encomendó a varios arquitectos como Cersifrón y Metágenes, que dirigieran a los efesios, lo que sucedió durante más de un siglo, construyendo el Artemisión; complejo de obras arquitectónicas con el templo a Artemisa en el lugar privilegiado.

Hubo otra reconstrucción del templo en la segunda mitad del siglo IV a.C., con escultores griegos de relieve como Escopas y arquitectos como Dinócrates, que rediseñó el templo. La edificación dedicada a la diosa fue reconstruida finalmente en el siglo III a.C., y hoy algunas ruinas muestran las columnas dedicadas a Artemisa.

El templo de Éfeso fue respetado como refugio por el mito de las amazonas que se protegieron de Heracles y Dioniso en el santuario. Pero, que su altar prohibiera cualquier aprehensión en sus alrededores, incrementó la delincuencia de la ciudad. La fama de Éfeso en la Antigüedad, también se debía al libertinaje, la inmoralidad y la conducta relajada que cundieron con vicios obscenos y sexo recreativo. Una población grande de visitantes, mercaderes y personas ávidas de ofertas livianas se incrementó en la época de esplendor, con ladrones, asesinos y facinerosos. Éfeso fue un importante centro comercial con entretenimiento y placer, hechicería y magia, compra-venta de mercancías y abundancia de delitos; entre griterío, invocaciones, maldiciones y habla injuriosa.

Heráclito criticó los excesos justificados en la religión, presentándolos como “ritos sagrados” dirigidos a Dioniso. La turba recurriría al vino por su ánimo ávido de embriaguez y placer, con impulsos sedientos de catarsis colectiva, excluyéndose de asumir y practicar valores superiores y espirituales.

Los mejores prefieren a todo lo mortal una cosa, el honor sempiterno. Los más se hartan como animales5.

La plebe buscaría liberarse de sus cadenas, apaciguar sus almas encendidas, obviar sus calamidades y olvidar sus males y lastres desde el nacimiento, al menos temporalmente. Con una actitud aristocrática y despectiva, Heráclito asumía que los seres vulgares necesitarían los actos más vergonzosos como remedio6.

A los que contemplan la noche, a los magos, a las Bacantes, a las Ménades, a los iniciados: en las cosas que según los hombres son misterios, se inician sin consagración7.

Heráclito criticaba el exceso de su ciudad realizado en prácticas deshonestas que, aunque mostrarían la comunión de la vida con la naturaleza; también expresaban una unidad compleja y profunda de la vida señalando a la muerte y del placer extremo evocando un final súbito: Dioniso identificado con Hades.

Porque si no hicieran una procesión en honor de Dioniso y no cantaran el himno fálico, actuarían muy vergonzosamente. Pero el Hades es lo mismo que Dioniso en cuyo honor enloquecen y deliran8.

Plinio el Viejo escribió que el templo de Artemisa de estilo jónico, tenía cerca de 110 metros de largo y 54 de ancho. Constaba de 127 impresionantes columnas, cada una de 18 metros, algunas doradas y plateadas, y muchas con adornos tallados, dando la sensación de que el visitante incursionaba en un bosque de mármol. La reconstrucción del siglo IV hizo el techo de ébano y ciprés y, en el soberbio diseño, destacaban relieves de mármol fino, pinturas en las salas interiores y esculturas, incluso de las amazonas, de artistas como Polícleto, Fidias, Cresilas y Fradmon.

La sala principal del templo donde se encontraba la imagen de Artemisa era oval y pequeña. Algunas versiones señalan que la imagen sagrada de la diosa era una prodigiosa piedra negra, cónica y reluciente, con fulgores dorados de la Luna, característica de Artemisa amazónica. La piedra habría tenido dos tetas picudas, con influencia egipcia y ritos de procedencia persa. Otra versión, más extendida, indica una escultura de madera de Artemisa con una veintena de tetas, evocando los senos mutilados de las amazonas. La llamaban “señora de Éfeso” o “guardiana del templo”, con los efesios como sus custodios. Las tetas referirían la ferocidad de las amazonas, con un objeto extraño en su cabeza que habría “caído del cielo”. Al parecer, era una corona en forma de torre o cesto almenado, similar al de la diosa Tanit de la mitología fenicia.

De origen cartaginés, Tanit, consorte de Baal, fue una divinidad astral asociada con la Luna creciente, la agricultura, los ciclos fértiles de la naturaleza y los animales. Influía en la salud y la muerte, protegiendo a los difuntos, vinculándose con el león, apareciendo como “la poderosa” beligerante guardiana del destino y la genio benefactora del culto oracular.

Existen versiones de sacrificios humanos que hacían fluir la sangre de las víctimas propiciatorias por los orificios horadados en las mesas de losas negras hasta el suelo del templo, pulido y tapizado con cintas. En las paredes se colgaban anchas hojas de acero con mangos de oro para abrir las gargantas de los inmolados. El tesoro del templo, con anillos, monedas, rubíes, joyas y el manuscrito de Heráclito, se acumuló cuando fue construida la colmena verde con puerta piramidal erizada con clavos de bronce.

Heráclito, como basileus, consideraba la parafernalia y las prácticas rituales pruebas de la ignorancia extendida que incidía en que desprecie las costumbres simbólicas.

En vano se purifican si se ensucian con sangre, como si uno que hubiese andado entre el barro, quisiera lavar sus pies con barro. Cualquiera que lo vea haciendo esto, lo consideraría necio9.

Creso protegió a sabios y artistas griegos como Esopo, también reconstruyó el templo de Artemisa gracias al aporte obligatorio de los ciudadanos con lo que él mismo inventó, un objeto al que llamó “creseida”: la moneda.

De forma circular, la moneda constituye una cristalización incontestable de la civilización. Desarrollada de pequeñas barras y trozos de metales preciosos empleados en Asia Menor, es el medio de intercambio por antonomasia. En la región, tuvo el nombre de estater (στατήρ) “lo que tiene peso”, fabricándose con distinto “peso” en una u otra ciudad griega. Siendo Éfeso una floreciente ciudad comercial, dio amplia difusión a su moneda, especialmente, hecha de plata a fines del siglo VI a.C. Para emplear fracciones del estater, se inventó el electro, una aleación de oro y plata de menor valor, con diferentes proporciones de composición. En el templo de Artemisa se halló una cantidad enorme de barras simples y estampadas de metales preciosos y de electro, considerándosela la moneda más antigua de la historia. Destaca por la calidad de su acabado y por la belleza de sus motivos.

De Heráclito, se registra un fragmento que refiere el intercambio de valores con referencia indirecta a la moneda. Dice lo siguiente:

Todas las cosas se cambian en fuego y el fuego en todas las cosas, así como las mercancías por oro y el oro por mercancías10.

Es sugestivo que Heráclito haya pensado la noción de valor de cambio. Quizás, tal contenido teórico fue formado gracias a que Creso inventara la moneda para usarla en su ciudad. No obstante, cabe remarcar que el filósofo jonio señaló claramente que existiría algo, una substancia universal, el oro, que, en la cantidad apropiada, constituiría el medio de equivalencia universal de cualquier mercancía.

Que esta idea de valor de cambio universal sea empleada para referirse al fuego como αρχή (arjé) de las cosas, motiva la interpretación de que fueron determinadas condiciones económicas de la vida diaria de Éfeso, la civilización comercial por excelencia en el mundo antiguo, las que posibilitaron el pensamiento filosófico centrado en la concepción metafísica de flujo universal y dinamismo de la realidad. Fueron el desarrollo económico de la sociedad, la ampliación del comercio, la diversificación productiva y el enriquecimiento con bienes de consumo y producción gracias a la moneda, aparte de la esclavitud, sin duda; las circunstancias que favorecieron la consolidación de la civilización, incluso en el contexto del dominio persa.

El concepto presocrático αρχή (arjé) etimológicamente significa “principio”, “origen”, “extremidad”, “fundamento”, “poder”, “mando”, “autoridad”, “magistratura”, “imperio” y “reino”. Se interpreta como: (i) Causa que forma las cosas y modelo ejemplar. (ii) Principio constitutivo y fuente de lo que es. (iii) Fundamento que da existencia a la realidad. (iv) Origen que da ser a las cosas. Y, (v) finalidad que da sentido con un propósito global.

La noción monetaria de inter-cambio cuantitativo de valores equivalentes, favoreció la idea heraclítea de la realidad como constante transformación, permanente chisporroteo de las cosas expresado en la metáfora del fuego y la generación de la idea de que todo deja de ser lo que fue, se constituye en lo que es y llega a ser lo que será. Tal, la dialéctica antigua.

Notas

1 Citado como Antología griega (IX, 58).
2 Fragmentos, N° 6, Trad. Luis Farré. Editorial Aguilar, Colección Iniciación Filosófica, 5a edición. Buenos Aires, 1977, p. 103.
3 Fragmentos, N° 92, Op. Cit. p. 143.
4 Ídem, N° 93, p. 144.
5 Ídem, N° 29, p. 114.
6 Jámblico en De misteriis (I, 11) dice que Heráclito “denomina remedio a los usos más vergonzosos del culto de los misterios”. Cfr. Fragmentos, Op. Cit. N° 68, p. 133.
7 Fragmentos, N° 14, Op. Cit., p. 107.
8 Ídem, N° 15, p. 108.
9 Ídem, N° 5, p. 102-3.
10 Ídem, N° 90, p. 142.