Decía Montaigne que si se pudieran establecer relaciones libres y voluntarias de cuya alianza participara también el cuerpo, la amistad sería más pura, completa y plena. La filosofía lleva tanto tiempo hablando del amor que incluso su propio nombre le ha rendido culto a estos compromisos de afecto. Siglos que sólo han hecho del amor un asunto razonable, mas no en todos los casos.

Y es que, poco hay tan valioso como amar profundamente, sin temor al tiempo, amar las ideas, los anhelos, los pensamientos fortuitos, virtuosos e incluso los más deleznables. Nada hay como el anticipar la voz del ser amado en medio de un cóctel de opiniones y preguntas, o como conocer la palabra favorita del poeta amigo o la canción que tararea el amante bajo la ducha después de las más bellas palabras de amor.

Es cierto que hemos aprendido con las más virtuosas tareas que, cuando amamos, amamos más allá de los ojos a quienes se han sabido esculpir el pensamiento y la vida como una auténtica creación, también es cierto que la amistad noble muestra la belleza del alma mientras se materializa en enseñanzas filosóficas, muestras de gallardía, justicia y prudencia.

Lo anterior es naturalmente innegable en los aprendizajes que aspiran al amor más puro, pero ¿qué sería la transparencia sin una piel por descifrar? Se anhelan tanto las utopías que nos negamos un lugar, un tiempo, un aquí. Quizá la negación es tan sólo el síntoma del cuerpo que nos cuelga en la existencia, que aún en lo más volátil nos es imposible extirpar. Y es que, parafraseando lo que alguna vez escribió Jean-Luc Nancy: el cuerpo jamás está vacío puesto que está lleno de otros cuerpos, otras partes, el cuerpo está lleno de sí mismo.

Por esto, aún con la belleza del reconocer en lo etéreo de su ser a quien se ama, podríamos preguntarle al amigo poeta cuánto ama cuando aquella palabra que le destella en los ojos es pronunciada por sus labios, o descubrir la vibración que el amado lleva en el pecho con la música que se comparten en secreto. Tantos ejemplos habrá como partes del cuerpo, como células y costras desbordantes de historias que contar, pues las cicatrices de la historia tuvieron alguna vez moretones, y los amores insaciables del corazón cambiaron alguna vez algo en nuestra piel.

¿Cómo se hablaría de la vida sin vivirla? ¿o del amor sin haber besado? Nada guardamos en el alma que no halle pasado en nuestro cuerpo, ni tampoco encuentro idea alguna que haga sentido sin él; inservible sería la igualdad o la justicia para el nuboso pensamiento autónomo y sin necesidad. Un humano es humano por su rostro y su carne, por sus manos y boca. Consecuente a esto, debo decir, el mundo es mundo por la misma razón, no habría motivo para un techo, una taza, o siquiera un trozo de pan.

Y así con las artes, la gigantesca gracia humana disuelta en la ingratitud de la mente para una danza sin bailarines, un óleo sin manos ni ojos que lo vean o una vida sin música ni cantos. Qué vacía la letrada estética sin el margen de error de una habilidad humana perfectible.

El precio a lo admirable de la fuerza corpórea y el afecto en constante riesgo de extinción son una consecuencia de los esfuerzos de la carne, el sudor, la sangre y los huesos. No hemos sabido agradecerle a una madre sin pintarle ojeras bajo los ojos o el peso exhausto de su espalda curva tras los años. Nos parece que el artista o el atleta inician sus relatos con ampollas y caídas talladas en tejidos persistentes, a los héroes de guerra les agradecemos más a su regreso entre menos partes del cuerpo encontremos sobrevivientes e intactas por las bombas. Y es que la vida es una cicatriz entera que cuenta una historia, historia imborrable de tendones y ligamentos.

Cuando a Montaigne le preguntaron por qué amaba tanto a aquel amigo noble, sólo pudo responder: «porque era él, porque era yo». Nada sabríamos de los amigos y amantes cercanos o del privilegio de su complicidad si no conociéramos los secretos de su corporeidad. Lo que lo hizo él, lo que me hizo yo. Cómo podemos guardar secretos sin una caja esquelética acústica para las consolaciones. Si la otredad no tuviera carne, sería imposible identificarle de quien no se es o diferenciarle de lo vil.

Habríamos entonces de destacar la brillante ironía de la filosofía racional, estricta y analítica que degrada el cuerpo a tal nivel que, sin darse cuenta, se degrada ella misma simultáneamente. Quizá no sólo filosofar es aprender a morir, sino a la inversa, el devenir del propio cuerpo, la finitud y lo somático te enseñan a filosofar, morir es aprender a filosofar porque se muere un poco cada día. De este modo, filosofar es aprender a amar. Si enunciamos al viento la excelencia de la razón sabemos bien lo sencillo que es aspirar a ella, amar lo imperfecto, aceptar lo inacabado, ¿el verdadero acto de amor? Un recordatorio de la humanidad.

Este cuerpo que nos ciñe al mundo, el nuestro, aquel que recuerda todo lo que olvidan nuestros sentidos, el que con los años se vuelve un extraño al que acabamos de conocer una y otra vez. Porque el cuerpo se ha vuelto un crimen, un arma o un burdel, no más una disculpa; este cuerpo es trágico, este amor también lo es, ¿y no es ese el origen de la filosofía? ¿Una disculpa ignorante, un propósito sombrío que entender, que sentir?

El cuerpo no conoce de letras cuando habla, cuando me salta el corazón del pecho ahogado de temor, cuando siento gruñir al vientre en horas famélicas, escuchar cada órgano y cada cabello al viento es la sabiduría más sensata que habré aprendido hasta el día de mi muerte. El doceavo indicio sobre el cuerpo de Nancy dice que éste puede volverse hablante, pensante, soñante, imaginante. Todo el tiempo está sintiendo algo sin parar así de enunciarse. Tan poco hemos aprendido del dolor que no sabemos decir que no, y tan poco nos hemos permitido el placer que la felicidad se nos convierte en un sueño crítico distante.

El amor sucede al conocimiento, en la ineptitud de nuestra pulpa no logramos estimarnos nosotros mismos, nos creemos incompletos, guardianes de secretos inasequibles y, por ello, no nos cabemos a nosotros mismos. Vemos nuestro vientre mientras lo creemos desbordado, excedido, ajeno. Los pechos se donan a otras causas, más maternas, más amatorias. Los pies son impropios puesto que no los alcanzamos fácilmente con las manos. Exiliamos por inutilidad a nuestras indignas fracciones achacosas por enfermedad o padecimiento.

«Esto es mi cuerpo» = aserción muda, constante, de mi mera presencia. Ella implica una distancia: «esto», he aquí lo que pongo delante de ustedes. Es «mi cuerpo» [...], indica una posesión, no una propiedad. [...] La etimología de «poseer» se encontraría en la significación de «estar sentado encima». Estoy sentado sobre mi cuerpo, niño o enano subido a los hombros de un ciego. Mi cuerpo está sentado sobre mí, aplastándome bajo su peso.1

Heme aquí, ahogada en la inevitable existencia del sentir, soy yo este cuerpo errante, flatulento, sangrante, hambriento, crujiente, digestivo, excitado, cansado, tembloroso, nauseabundo del que ahora soy amiga. El amor por lo que soy es quebradizo a causa de mis quejas por el destino, pero no hay más, la vida no se mide ya para ningún lado que no sea en nuestro mapa de pellejo, nuestro paisaje dérmico. Aquí hay montañas, ríos, desiertos y cielos para llenar libros o ensayos. Aquí hay serenidad, erudición para filosofar sobre la muerte, para morir filosofando, para morir viviendo. Aquí no hay máscaras o falsedades, hay naturaleza, vida.

Entretanto, daré luz a la amistad circulante de mis extremidades, pues filosofía es para lo humano una fiel «filo-somía»,2 agradecida plenamente con el protagonista del pensar, el autor, el verbo, la carne, el nombre, el solitario, el amante, el amigo. Gracias cuerpo, gracias a ti por pensar, gracias a ti por crear, gracias a ti por fallar.

Notas

Montaigne, M. D., Gournay, M. L., Compagnon, A., y Brau, J. B. (2011). Los ensayos: Según la edición de 1595 de Marie de Gournay. Barcelona: Acantilado.
Nancy, J. L. (2007). 58 indicios sobre el cuerpo: extensión del alma. Buenos Aires, Argentina: Ed. La Cebra.
1 Nancy, J. L. (2007). 58 indicios sobre el cuerpo: extensión del alma. Barcelona: Acantilado. pp. 22-23.
2 Propuesta del griego phylia (amor, amistad, afecto), y soma (cuerpo).