Como la vida de todos los seres humanos, la del excampeón mundial de ajedrez Robert «Bobby» Fischer (1943-2008), transcurrió entre las casillas blancas del éxito y las casillas negras del fracaso. Solo que, en su caso, por haber poseído una mente genial, la magnitud de sus ascensos y caídas fue más intensa que la del hombre o mujer promedio. Por ello, luego de repasar y meditar acerca de su atormentada existencia, me he preguntado qué le respondería a algún poder superior si me ofreciese la oportunidad de descollar en la actividad de mi preferencia; la respuesta no es tan sencilla.

Apertura

Los signos de genialidad de Bobby Fischer se manifestaron desde la niñez con una potente memoria que le permitiría aprender diversos idiomas. En el caso de sus superpoderes analíticos, estos se liberarían a partir del día en que su madre (una enfermera separada) llegó a su modesto apartamento de Brooklyn con un juego de ajedrez; este juego se convertiría en toda una obsesión para el pequeño Bobby de seis años. Desde entonces, a diferencia de otros niños prodigio que profundizan en el juego con la ayuda de sus padres o maestros, él se propuso aprenderlo por sí mismo. Esta pasión casi enfermiza por el ajedrez, llevó a que su preocupada madre consultara con un psiquiatra acerca de la salud mental de su hijo. «El ajedrez no es la peor cosa con la que un niño puede obsesionarse», fue el comentario del médico.

Así que Bobby siguió aprendiendo y lo hizo tan bien que, con tan solo trece años, ya era capaz de anticipar de seis a siete movimientos de sus rivales; habilidad que le permitió ganar a esa edad el Campeonato Junior de Estados Unidos y, a los quince, el título de Gran Maestro. Según algunos especialistas, esta obsesión suya con una actividad específica, en la que por constante práctica alcanzó la excelencia, era una clara manifestación del síndrome de Asperger, un tipo de autismo. Bobby tenía un coeficiente intelectual de 184, superior al de Albert Einstein.

Desarrollo

Con el paso del tiempo, los comportamientos antisociales del brillante ajedrecista pondrían en riesgo su carrera al éxito. Siempre que parecía encaminado a la disputa del título mundial, desaparecía sin dar explicaciones. Como en 1968, cuando en pleno auge de sus facultades, abandonó las competiciones oficiales durante tres años para supuestamente escribir un libro sobre ajedrez. ¿Dónde estaba Bobby Fischer? ¿Volvería? Claro que sí y fue un retorno a lo grande, pues anunció que ahora sí recorrería con decisión el camino previo a la disputa por el título mundial ante el campeón vigente, el soviético Boris Spassky.

Tras derrotar a otros grandes maestros en el torneo de candidatos, Fischer ganó su derecho a participar en la «Partida del Siglo», programada para llevarse a cabo en julio de 1972 en Reikiavik, Islandia. Periodistas de todo el mundo se trasladaron hasta allí para cubrir este evento de enorme resonancia política, dado el contexto de Guerra Fría que enfrentaba a la Unión Soviética y a los Estados Unidos.

Sin embargo, el patriotismo no pareció la motivación principal de Fischer, si tomamos en cuenta que pidió a la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) aumentar el ya jugoso premio de $125 000 y que fue el mismísimo secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, quien tuvo que asumir la misión de convencerlo con una llamada telefónica para que no abandonara el certamen.

El resto es historia: Fischer llegó tarde al primer juego y además lo perdió; al segundo no se presentó aduciendo que el ruido de las cámaras de televisión no lo dejaría concentrarse; el tercer juego, que se llevó a cabo lejos de las cámaras, logró ganarlo; se sucedieron entonces una serie de victorias y empates que condujeron a que, luego de veintiún intensas partidas, el genio estadounidense se coronara como indiscutible campeón del mundo.

Jaque mate

Fischer volvió como héroe a los Estados Unidos y cimentó su fama mundial como representante del Occidente libre. Ello llevó a que la prensa lo asediara hasta el hartazgo para entrevistas y que le llovieran millonarias propuestas para participar en anuncios publicitarios, ninguna de las cuales aceptó. Dicen que, en la cena de honor por su hazaña, se aisló para jugar consigo mismo, como lo hacía desde niño, en su pequeño tablero portátil.

No volvería a jugar partida oficial alguna. En 1975, cuando llegó el momento de defender su título ante el retador ruso, Anatoli Karpov, se negó a participar aduciendo que el sistema de definición le parecía injusto. La Federación Internacional de Ajedrez, dirigida entonces por los rusos, terminó por quitarle el título y nombró a Karpov como el nuevo campeón mundial. Fischer se recluyó en el sur de California y no se supo más de él hasta 1981, cuando su aspecto desarreglado hizo que la policía lo confundiera con un ladrón.

Cuando algunos lo daban por muerto, el excampeón estadounidense reapareció en 1992 para enfrentarse nuevamente a Spassky. En ese duelo de exhibición, que ya no atrajo la atención de antes, Fischer resultó ganador y perdedor al mismo tiempo: venció en el tablero, pero recibió una orden de captura por parte de Estados Unidos, pues dicho evento, en el que hubo dinero de por medio, se había realizado en Yugoslavia, un país sancionado por la ONU. Para evitar la inminente condena de hasta diez años de prisión, Fischer no regresa a Estados Unidos y realiza una serie de erráticos movimientos por el mundo que lo conducirán a una estadía de nueve meses en una cárcel japonesa, por utilizar pasaportes falsos, y luego a Islandia como asilado político. Allí, recluido en una cabaña, ajeno al mundo, se convirtió desde entonces en un desaliñado ermitaño de quien nadie sabía a qué dedicaba sus horas (algunos dicen que leía manuales de historia).

Pasaron los años y, de ser un excéntrico héroe estadounidense, pasó a ser un antipatriota que no perdía oportunidad para hablar mal del gobierno de su país. Más aún cuando, en 2001, unas desafortunadas declaraciones suyas a una radio filipina ensuciaron su leyenda. Estados Unidos acababa de sufrir el ataque terrorista más devastador de su historia y Fischer manifestó su alegría por eso. En esa infame entrevista, también expresaba abiertamente su antisemitismo. Sin duda, la paranoia y el desapego emocional habían ido poniendo en jaque a su extraordinaria mente. Como señaló el Gran Maestro británico Raymond Keene: «[Fischer] fue el orgullo y la tristeza del ajedrez».

Robert James Fischer murió el 17 de enero de 2008, a los 64 años de edad (no hay tablero de ajedrez con más de 64 casillas), a causa de una insuficiencia renal. Su entierro fue secreto y a él solo asistieron cinco personas.

Luego de esta revisión de acontecimientos clave en la vida de este genial ajedrecista, vuelvo a mi pregunta inicial: ¿qué respondería si algún poder superior me ofreciera la oportunidad de convertirme en un genio en la actividad de mi elección? La respuesta no es fácil, porque la trayectoria vital de superdotados como Fischer parece decirnos que la genialidad es la otra cara de la locura y que, al echar al aire esa moneda, nunca se sabe con certeza de qué lado caerá.

Notas

Cervera, C. (2020). El derrumbe de Bobby Fischer, el héroe nacional de EE.UU que celebró con crueldad el 11 de septiembre. ABC. Julio, 7.
Chessbase. (2008). Bobby Fischer: las últimas semanas de su vida. Enero, 25.
El Gráfico. (2018). 1972. Spassky-Fischer, la final que paralizó al mundo. Mayo, 3.
El País. (2001). Fischer se alegra de los atentados contra EE UU. Octubre, 5.
Página de Bobby Fisher.
Rodríguez, E. J. (2012). Bobby Fischer: la infancia del pequeño diablo. Jot Down.