Marzo de 2020 encontrará al Uruguay con un poder fragmentado, con un poderoso partido en la oposición, ligado a las centrales sindicales, organizaciones sociales y académicas, con un parlamento variopinto y un Ejecutivo obligado a negociarlo todo, ya con sus socios del frente multicolor, pero también con el Frente Amplio.

Es que después de 15 años de gobierno del centroizquierdista Frente Amplio, una coalición «multicolor», de toda la derecha y la ultraderecha, logró acceder al poder. La consigan fue clara: todos contra el Frente.

Los expertos señalan que pasará del estado de bienestar al de malestar general, sobre todo después que los primeros apoyos que recibió Luis Lacalle fueron los de dos autoproclamados presidentes: el devaluado venezolano Juan Guaidó y la fascista, racista y xenófoba boliviana Jeanine Añez.

Ubiquémonos

Pero quizá usted no lo ubique: Uruguay es un país chiquitito que en el mapa casi no se ve, de apenas 176.000 kilómetros cuadrados, 3,4 millones de habitantes, país-tapón entre Argentina y Brasil inventado por los ingleses en 1828, que entró a la historia mundial a las patadas: dos veces campeón olímpico de fútbol y dos veces campeón mundial. Fue la «Suiza de América», dicen que por su estabilidad, gracias a la venta de granos y carnes desde la Primera Guerra Mundial hasta la guerra de Corea.

Para que se ubique, está al este del río Uruguay (río de los pájaros, en guaraní), sobre ese gran estuario que se llama Río de la Plata para que lo consideren aguas internacionales. Es la República Oriental del Uruguay. De allí que por años, los uruguayos fueron «orientales».

Pero también fueron charrúas (los indios que tras luchar por la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata fueron exterminados en el genocidio ordenado por el primer presidente, Fructuoso Rivera, fundador del Partido Colorado, en 1831), aunque se identifiquen más con una camiseta: «soy celeste», suelen decir.

A ver si esto le dice algo: es el país de Jorge Onetti, Mario Benedetti y Eduardo Galeano, de Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa, Rubén Rada y Los Olimareños. Cambia, pero seguirá marchando al ritmo del borocotó chas chas del candombe, que no permite olvidar la importante incidencia de la cultura afro. Hoy quizá lo recuerde por Pepe Mujica, Jorge Drexler o Natalia Oreiro, o por «la brujita» Forlán, Luis Suárez y Edison Cavani.

Elecciones

Seguramente, el resultado tan ajustado del balotaje, con una remontada final de visos épicos (si no los tuviera no sería uruguayo), no permitirá al Frente Amplio, al menos en lo inmediato, hacer un buen balance y una buena autocrítica de la dolorosa derrota.

No. No ganó la coalición multicolor, el combo derechista-fascista en Uruguay. Perdió el Frente Amplio, su anquilosada burocracia, los viejos dinosaurios que no dejan lugar a las nuevas generaciones. El Frente Amplio no pudo retener el Gobierno, fue desalojado del mismo y pasó de tener un Parlamento con más del 50% de los votos, a uno con poquito más del 40%.

Fue la militancia frenteamplista la que puso toda la carne en el asador en la segunda vuelta, pese a que la dirigencia optó por deshabilitar los comités de base, desechar la participación popular desde el primer Gobierno de Tabaré Vázquez. Porque la historia del Frente no empezó con un triunfo electoral, sino con un largo camino que se inició el 26 de marzo de 1971, con la unidad de las izquierdas y de los grupos progresistas.

La estrategia de correrse al centro no parece haber dado resultados más allá del harakiri. El Frente Amplio se había desconectado de las bases populares, priorizado el capital extranjero y las políticas monetarias e instrucciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, lejos de las necesidades de los trabajadores y del pueblo en general.

Sin directivas «de arriba» fue la militancia joven madura y vieja, la que salió a discutir voto a voto con los vecinos o compañeros de trabajo. Dirigió los mensajes en las redes sociales con directivas claras de cómo hacerlo, recurriendo a cuanta figura de renombre contara entre sus adherentes, de desatar una campaña intensa apelando al factor miedo aprovechando el inaceptable video del general Guido Manini convertido en candidato presidencial y lo publicado por el Centro Militar.

La coalición de derecha-ultraderecha ganó las elecciones con una diferencia de menos de 30.000 votos, apenas superior al 1% de los votos. El 10% de los uruguayos vive en el extranjero, es decir al menos 350.000 ciudadanos no pueden votar, como no podría hacerlo el mismo José Artigas si viviera.

Quizá hoy como nunca, queda claro por qué los partidos tradicionales, blancos y colorados se opusieron denodadamente durante dos décadas al voto consular. Hay quienes confunden el domicilio con la ciudadanía, solía decir Eduardo Galeano.

Uruguay tiene un sistema de balotaje por demás estricto, que no supo o no logró cambiar en 15 años de gobierno. Requiere el 50% más uno de votos para ganar en primera vuelta. En la mayoría de los casos en que hay balotaje ese porciento oscila entre 35 y 45% y en otros se condiciona a superar una diferencia del 10%. El Frente Amplio ganó por más del 10% al segundo más votado, el Partido Nacional. O sea, si rigieran en Uruguay las normas argentinas, Daniel Martínez hubiera ganado en primera vuelta.

Hay muchos periodistas, analistas, críticos, expertos que seguramente encontrarán la causa de la derrota y hasta a los culpables: el plan restaurador del imperialismo, los medios de comunicación hegemónicos, el aburguesamiento de las nuevas capas medias. Son excusas para no asumir la responsabilidad de la derrota, autoeximirse. Claro que hay incidencia de causas exógenas, pero la causa mayor quizá esté en presentar una fórmula presidencial sin carisma ni ángel, incapaz de pescar en la pecera de indecisos.

Lo que ha logrado la dirigencia frenteamplista es de antología. Perdió las elecciones luego de haber logrado subir el salario real un 60%, de haber bajado la pobreza del 40% al 9%, de haber hecho 90.000 cirugías gratuitas de ojo, de ser reconocido como país avanzado con los mejores índices de Latinoamérica en PBI, distribución de la riqueza, agenda de derechos, legislación de avanzada…

Y entonces, seguramente, desde la televisión, algún vanidoso dirigente, gambeteando la autocrítica, dirá que «no supimos comunicar bien nuestros logros». Más allá de los argumentos, sigue en vigor la pregunta de por qué la ciudadanía se mantuvo mayoritariamente en su decisión de sacar al FA del gobierno. De lo que no se habla es de un tema que los uruguayos suelen guardar bajo la alfombra (los que tienen, claro): el de la soberbia.

Porque en la autodefinición, el uruguayo es sobrio, de perfil bajo, no le gusta humillar a los adversarios y, cuando le toca perder, lo hace con dignidad. Y no se trata de soberbia personal, sino la que manifestó incluso en la forma de presentar la campaña, que pronto llegó a las redes. El proceso fue creciendo en los últimos 15 años, estimulado desde la dirigencia.

«No sea nabo (bobo), Never», agredió Pepe Mujica al periodista que lo entrevistaba. «Lacalle no entiende de lo que está hablando» y «cuando no se entiende de lo que se está hablando se cometen errores de razonamiento», decía el ministro Danilo Astori desde su mangrullo de sabiduría.

Quizá la dirigencia contrató a asesores de imagen extranjeros para hacer tanta tontería: ser despectivos con los adversarios, arrolladores en el Parlamento, incluso para impedir comisiones investigadoras o frenar cualquier asunto que pudiera incomodar, creyendo en la teoría de nosotros, los buenos (el pueblo, los éticos, inmaculados, sabios) contra ellos, los malos (la oligarquía y sus lacayos, incompetentes y hasta inmorales).

Soberbios hasta el absurdo del alcohol cero para conducir (cuando en la mayoría de países se admiten cantidades de alcohol en sangre que no están reñidas con un buen manejo), o de prohibir los saleros en los restaurantes, tratando a los ciudadanos como niños que no saben o no pueden controlar sus actos. Y ni hablar del cigarrillo.

El paso siguiente a la soberbia es el sentimiento de impunidad que catapultaron tantos proyectos frustrados como la regasificadora, el puerto de aguas profundas, la planta desulfurizadora, la venta de línea aérea bandera Pluna, Aratirí, Alur. Y ni hablar del extractivismo forestal de la dinesa UPM, que está dejando sin agua a los uruguayos, amenazando al país a convertirse en colonia finlandesa.

Y ese sentimiento de impunidad, esa forma de hacer política, permeó hacia la ciudadanía. Sin dudas, en el Frente Amplio hay mucha gente valiosa, honesta, capaz de verdaderas autocríticas, gente con la que el país necesita seguir contando y sobre todo una juventud capaz de seguir peleando en las calles para que el sueño no se vuelva pesadilla.

Se habla de asentamientos y de gente por debajo del umbral de la pobreza para ocultar la subsistencia de los cantegriles (villas miseria). Tras quince años de esas prácticas discursivas, buena parte de la militancia frenteamplista creyó vivir en un país de ensueño, y en ello colaboraron las estadísticas oficiales. Para ellos, una derrota electoral del Frente Amplio no sólo era indecible, sino también impensable.

Pero la realidad es que muchos protestan en el país por el excesivo privilegio dado a los inversores extranjeros en detrimento de la atención a la producción nacional, o están alarmados por la crisis ambiental, en particular la del agua, y en la gravedad de la situación educativa.

Peor: hoy la estética progresista uruguaya apunta al miedo: miedo al fascismo, que sirvió para recuperar votos en los días anteriores a la segunda vuelta. Lo cierto es que, tras el festejo frenteamplista del domingo, se vive una extraña situación, impensable en los 35 años de democracia: la otra mitad del país se ha coaligado para desplazar del poder al Frente Amplio.

La realidad es que el impulso de cambio del Frente Amplio se detuvo en las puertas de los cuarteles: en 15 años no se tocó la esencia de la institución castrense, ni se la juzgó por los crímenes de lesa humanidad . El gobierno progresista los dotó de armas, aviones, barcos, radares, cámaras de vigilancia y de identificación facial, con el verso del surgimiento de una oficialidad joven o de nuevas policías. La realidad muestra que nada ha cambiado en la mentalidad de los militares.

Y fue ese mismo gobierno progresista y su ministro de Defensa, el que permitió que el hijo de una familia aristócrata y fascista no solo llegara a ser general, sino que le dio la confianza de ser jefe del Ejército, desde donde se cansó de insubordinarse al presidente Tabaré Vázquez, con lo que catapultó su candidatura.

Los tiempos violentos ingresaron al país, lateralmente, «a la uruguaya», por medio del video de Guido Manini, el exjefe del Ejército convertido en senador y líder del fascista Cabildo Abierto (integrante de la coalición multicolor), recuerda Jorge Zabalza.

La famosa frase del argentino Jorge Luis Borges, “no nos une el amor sino el espanto”, podría tener una doble aplicación en esta coyuntura política. Quizá fue el rechazo a la prepotencia castrense de Manini lo que provocó la avalancha de votos que cerró la grieta entre los dos candidatos del balotaje, gracias a la movilización popular bajo la consigna de “milicos nunca más”, la que desarmaron durante tres lustros los dirigentes frenteamplistas.

Al final, cabe recordar también que fue el expresidente José Pepe Mujica, quien catapultó al innombrable Luis Almagro como secretario general de la OEA, para desestabilizar la región según el guion de Washington.

La internacional capitalista

En América Latina «la internacional capitalista» está bien organizada y teje sus hilos a lo largo y ancho del continente a través de la Red Atlas, se enfoca poco en producir propuestas genuinamente innovadoras y principalmente en establecer organizaciones políticas que tengan la credibilidad de instituciones académicas, para que así sean una herramienta efectiva en la batalla por mentes y almas.

Estos tentáculos se extienden a través de distintas ONGs, think tanks, fundaciones y activistas que simulan ser individuales y movidos por una genuina indignación. Cuentan con apoyo y financiamiento estadounidense, de donde perciben cuantiosas sumas. La Red Atlas y la Red Liberal de América Latina (Redilial) forman el gran arsenal de tanques de pensamiento ensamblados en nuestro continente. La Red Atlas cuenta con 448 instituciones y 81 think tanks latinoamericanos.

En Uruguay las tres organizaciones que forman parte de este entramado son el Centro de Economía, Sociedad y Empresa (ESE-IEEM-Universidad de Montevideo), el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) y el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), con grandes vínculos con los partidos de la derecha tradicional uruguaya y la derecha comunicacional trasnacionalizada y concentrada.

Lo que se puede concluir rápidamente es la conexión de los think tanks, organizaciones, la derecha política y los medios de comunicación hegemónicos que marcan la agenda de Uruguay. Estos vínculos no son inocentes ni casuales, señala Nicolás Centurión, investigador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

Estas instituciones actúan coordinadamente y tienen como objetivo derrocar los gobiernos progresistas a la par de socavar y minar todo movimiento y/u organización que esté dentro del campo popular latinoamericano, para ganar en hegemonía; como formadores de opinión, para imponer su visión del mundo que responde al sistema neoliberal que no es solo socioeconómico sino básicamente cultural.

En Uruguay el Centro de Economía, Sociedad y Empresa explicita en su portal sus alianzas estratégicas con: la Red Atlas, la Fundación Konrad Adenauer Stiftung, Libertad y Progreso y la Fundación Internacional para la Libertad. Su Director Ejecutivo es Hernán Bonilla, columnista del diario El País de Montevideo, quien en 2016 recibió el premio Smith Fellowship de Atlas Network.

En su Consejo Académico cuenta con María Dolores Benavente, asesora económica de la Cámara Nacional de Comercio, gerente general de Unión Capital Afap, presidenta de la Academia Nacional de Economía de la Asociación Nacional de AFAP de Uruguay, además de Martin Aguirre, director del diario El País.

El director académico del Ceres es Ernesto Talvi, candidato a la presidencia de la República por el Partido Colorado. Integra su directorio Nicolás Herrera (subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas en 1990/1991 en el Gobierno de Luis Alberto Lacalle) y negociador de la deuda externa uruguaya bajo el Plan Brady, además de presidir la Fundación Impulso.

Conforman el Consejo Académico, además, Horacio Hughes, director y genrente general en OCA S.A. (Holding Itaú, antes Bank of America y Bank Boston), y Ricardo Peirano, director del diario El Observador.

El IEEM es conducido por Pablo Bartol, fundador del Centro educativo Los Pinos (barrio montevideano Casavalle), una iniciativa del Opus Dei, pero quien más se destaca en esta institución es Ignacio Munyo con participación en las tres organizaciones de la Red Atlas en Uruguay y asesor económico del próximo presidente Luis Lacalle Pou. Fue consultor del Banco Interamericano de Desarrollo y Tutor en la Universidad de Chicago (Estados Unidos).

Una estrategia aceitada y financiada

La derecha uruguaya fue generando en los últimos años una estrategia para imponer un imaginario colectivo de continuo malestar en la población, cultivando la sensación de inseguridad e indefensión, para luego poder justificar cualquier tipo de intervención externa: diplomática, política, de inteligencia, militar, ante la manifiesta dificultad en desalojar al centroizquierdista Frente Amplio del gobierno, lo que al final logró.

Por ejemplo, la diputada Graciela Bianchi, del Partido Nacional, reinventó el fantasma del terrorismo, al lanzar una especie que señala que al fiscal argentino Alberto Nisman lo mató una célula iraní de Hezbollah, con contactos en Venezuela, con base en la Triple Frontera (Brasil Argentina y Paraguay) y Uruguay (en Montevideo), según los servicios de inteligencia estadounidenses.

Puede sorprender que los servicios de inteligencia de EEUU le brindaran información a una diputada de la oposición de un país donde no se perpetró el asesinato, quien la presentó en los medios antes que ante la justicia, pero su finalidad era la de insuflar inseguridad en la población. De esta manera el Estado de excepción se vuelve la regla.

Pero Bianchi no está sola: la derecha en Uruguay tiene un abanico de intérpretes para crear la situación de inseguridad. Entre ellos, Verónica Alonso (Partido Nacional), quien junto a pastores evangélicos y fanáticos religiosos asociados a movimientos continentales se posicionan contra «la ideología de género» y a favor de un solo tipo de familia convencional.

Dentro del mismo partido derechista se suman Carlos Lafigliola, quien quiere echar por tierra la Ley de interrupción voluntaria de embarazo y Jorge Larrañaga con su campaña vivir sin miedo para sacar militares a la calle. Ante la catarata de declaraciones desestabilizadoras, Luis Alberto Aparicio Alejandro «Cuquito» Lacalle Pou ha preferido hacer mutis por el foro.

El candidato presidencial del Partido Colorado, Ernesto Talvi, es un asociado internacional de la capitalista la Red Atlas. Y el presidente del Centro Militar , el coronel Silva Valiente, realizó fuertes declaraciones contra la comunidad LGBT, al mejor estilo Bolsonaro y afirmó que en Uruguay no hubo dictadura militar.

El vientre de alquiler

El principal punto de coincidencia de la «coalición multicolor» ha sido, por el momento, la urgencia por reemplazar al FA del gobierno. Lacalle Pou asumirá con el menor porcentaje de respaldo popular en un balotaje, desde que se instauró el sistema en 1996.

Pero más allá de la necesidad de desalojar al progresismo (más de Washington que de los propios partidos locales), muestra a un frente multicolor lleno de incertidumbre y sin conducción. Por un lado, el colorado expresidente Julio María Sanguinetti, reclama su corona de creador intelectual del conglomerado. Por otro, el general Manini sabe que necesitan los votos de su bancada para adelantar cualquier resolución.

Mientras Lacalle Pou deberá mostrar agallas para liderar el combo (un vientre de alquiler en peligro permanente de implosión) y no ser blanco de chantajes recurrentes no solo por cargos en la Administración (incluyendo los cuatro ministerios exigidos por Manini) sino en cualquier decisión que quiera adoptar, donde incluso los partidos «pequeños» de la coalición pueden hacer valer sus votos en el Legislativo.

Los términos en los que se desarrollará la negociación con Cabildo Abierto (con la posibilidad intacta de establecer un veto o cordón sanitario similar al que impulsaron partidos europeos) son aspectos que generan más incertidumbres que certezas respecto al futuro de la coalición centroizquierdista.

¿Podrá rearmarse el Frente Amplio? ¿Le dará la dirigencia, que hasta ahora ni asomó una autocrítica, protagonismo a las bases? ¿Se producirá un quiebre por izquierda y asomará una tendencia que ponga en el tapete los temas estratégicos del país y avance en la interpelación permanente a la derecha?

Lo cierto es que antes de que asuma Lacalle Pou, las señales ciertas son que el verano ya está en el Uruguay, las playas se llenan de veraneantes locales y extranjeros, llegan el Día de la Familia (nombre laico para la Navidad) y el Año Nuevo y comenzarán a repicar los tambores anunciando la llegada del carnaval. Después, habrá que volver a la realidad..