A primera hora de la tarde, convoco a Cristina en la terraza del Alba, lugar donde nacen las historias y se traman encuentros que, sin darse cuenta, terminan creando afectos. Frente a un café, las horas pasan.
Intento hablar de ella cuando transcribo mi impresión, después de conversar, como suelo hacer con otros encuentros que describo de forma más o menos lineal, pero me doy cuenta de que, tantas veces como lo intento, fracaso. Reparo entonces en que, probablemente, es una de esas personas llamadas poliédricas: capaces de habitar varias facetas, de mirar desde perspectivas distintas y de transitar por caminos diversos sin que unas interfieran en otras; al contrario, se complementan.
Tampoco pienso que busqué explicación o sentido a esas facetas: que en Cristina son tan naturales como respirar. Lo que sí creo es que busca ayudar en todo lo que emprende.
Cada uno de sus actos tiene un fulgor distinto, aunque todos parecen emanar de un mismo centro, como si una luz discreta nos alcanzara en forma de destellos para iluminar el camino de la bondad.
Me dice, con énfasis, que su misión principal es ser madre. Tiene cuatro hijas nacidas en Madagascar, Sina, Yamine, Francine y Marie. Lo afirma con mucha alegría. Las fue a buscar hace más de veinte años, con escala en París, como debe ser la llegada de los hijos. Les ha dado los mejores años de su vida; las ha criado, educado y acompañado en esas noches en que la fiebre aparece sin avisar por los dormitorios y, sobre todo, las ama profundamente. Y al hablar de ellas lo hace con orgullo más que justificado, que no disimula.
Entonces sus ojos, ¡oh, sus ojos!, destellan aún más en esta limpia tarde de enero.
Mientras este cronista intenta torpemente pergeñar estas líneas, me llega un mensaje con la memoria económica de Malaria 40. Sin buscarlo, irrumpe otra dimensión de nuestra protagonista: es presidenta de esta ONG que fundó en 2008 para dar una respuesta urgente a la lucha contra la malaria. En colaboración «codo con codo» con las Hijas de la Caridad y los Padres Paúles de Madagascar. Y desde 2016 amplió el horizonte impulsando proyectos de salud, educación y desarrollo social de las familias vulnerables, para ayudar especialmente a la infancia.
Confiesa que su sueño, otro brillo en la mirada, es disponer de recursos suficientes para fundar una escuela en lo que algunos llaman la Isla Roja.
A Cristina todo lo malgache le llega muy adentro, y le duele que un país tan rico se debata en la pobreza. En la zona del Androy, al sur de la isla, la extrema necesidad alcanza al 95% de la población. Las cifras lo confirman: la renta per cápita, según datos del Fondo Monetario Internacional para 2025, expresada en dólares, en Madagascar es de 616 por persona al año, siendo en España de 38.040 dólares.
¿Tiene arreglo este mundo?
No tengo respuesta. Solo recuerdo que en 2024 el gasto mundial en armamento alcanzó los 2,7 billones de dólares, una cifra que escapa a mi entendimiento y que, además, lleva diez años consecutivos creciendo más y más. Entre 2015 y 2024, aumentó un 37%.
Su proyecto no tiene grandes estructuras ni hace campañas llamativas; tampoco se pierde en burocracias. Va a lo esencial, que es lo que da resultados. Por eso no es raro verla el día de Sant Jordi o en el Dissabte Solidari de Castelldefels, en el puesto de Malaria 40 ofreciendo libros o artesanía para recaudar fondos que destina íntegramente a los proyectos de la ONG en Madagascar.
Con su presencia nos recuerda que no hay gestos pequeños y que hay que estar sin buscar aplauso. En ella no hay ostentación, sino un trabajo constante y sencillo. Tiene una presencia serena y transmite seguridad. Ilumina con una sonrisa lo que quizá explique, una forma de liderazgo feliz, basada en el trato a los demás: el respeto. Porque el éxito de muchos proyectos no se sostiene con modelos organizativos ejemplares, se exige cercanía y transparencia.
En su faceta profesional, Cristina es psicóloga, coach, formadora experta en crecimiento personal y consultora en desarrollo organizativo en Deyge Consultores desde hace más de 30 años. También dirige un máster, Mindfulness en Organizaciones Conscientes de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. “Me interesó el concepto; lo hago desde mi desconocimiento”. Me explica que el mindfulness es una competencia que consiste en prestar atención conscientemente, algo que últimamente hemos perdido, y continúa diciendo que no hay que confundirlo con la meditación; me aclara que tampoco tiene su origen en el budismo, como se suele creer. Hoy se aplica en hospitales y escuelas de todo el mundo para reducir el estrés y aumentar el bienestar de las personas.
Todo esto podría bastar para mostrar a una persona singular, con una presencia que deja huella, y poner punto final a este escrito. Pero casi al despedirnos, me dice que hace cinco años, tras atravesar circunstancias muy difíciles, decidió «instalarse en la felicidad». Así, de pasada, como quien no quiere la cosa. Algo tan utópico… Y, sin embargo, explica que la felicidad no es una emoción pasajera ni una circunstancia propicia, sino un lugar donde habitan las emociones que nos hacen sentir bien y donde se transforman las que nos hacen sufrir.
La felicidad no es algo accidental, sino un espacio que se elige.
De la misma manera que se vive en la rabia, el miedo o la tristeza, se puede vivir en la paz, la alegría y el amor. Buscamos la felicidad fuera cuando, en realidad, está en nuestro interior.
(Cristina Cama García)
Llega la hora de despedirnos. La luz invernal comienza a retirarse y el frío se desliza entre los cuerpos. Al verla alejarse, su ausencia enfría aún más el aire. Me quedo un momento en silencio, intentando comprender cómo algunas personas, sin proponérselo, dejan un resplandor que tarda en apagarse.

Cristina Cama García, presidenta de la ONG que fundó en 2008 para dar una respuesta urgente a la lucha contra la malaria. En colaboración «codo con codo» con las Hijas de la Caridad y los Padres Paúles de Madagascar.















