La rivalidad entre las grandes potencias se aprecia mejor si se examina en base al poder y en relación a cómo se evalúan las acciones políticas -o morales- en el plano internacional. Lo que se estima bueno, ético o moralmente aceptable, lo puede ser para unos, pero no necesariamente lo es para otros y en ello inciden factores diversos, incluyendo el cultural, en la manera de concebir las sociedades así como el orden internacional. La práctica y el ejercicio del poder de las potencias nos demuestran que sigue siendo el interés nacional el principio sobre el cual actúan los Estados. Las acciones consideradas «morales» pueden fortalecer o debilitar la presencia de un país en la escena mundial, como lo hemos visto en el caso de Venezuela, donde diversos actores motivados por supuestos principios morales para algunos o de derecho internacional para otros, han buscado atacar o defender lo que allí sucede.

Al revisar la historia podemos examinar diversos períodos y ver los cambios de paradigma en los conceptos aceptables en el plano ético o moral. Un ejemplo puede ser la esclavitud. Por miles de años fue aceptado y considerado normal tener esclavos y/o esclavizar a los derrotados después de una guerra. Hasta hace muy poco tiempo para las potencias europeas cazar, comercializar y exportar seres humanos desde África, porque eran negros, era absolutamente legítimo, regulado por leyes y precio de mercado, lo que permitió el nacimiento de fortunas que perduran hasta hoy en países como el Reino Unido.

El antisemitismo fue política de Estado en casi toda Europa y comunidades de judíos fueron muchas veces obligados a vivir en guetos, con prohibición de ejercer determinados trabajos, muchas veces asesinados o expulsados de países cristianos civilizados, hasta llegar al exterminio que provocó la Alemania nazi. Que los palestinos hayan sido despojados de sus territorios, vivan en campamentos de refugiados en terceros países, o que Israel continúe extendiendo sus asentamientos contraviniendo la legalidad internacional, es asumido como parte de la realidad y considerado casi normal.

Nadie castiga a Israel con boicot económico, financiero o comercial. Lo mismo sucedió cuando los judíos no tenían un país propio y pocos reclamaban por ello, tal como sucede hoy con los kurdos. La segregación racial en Sudáfrica se mantuvo por siglos y se formalizó legalmente en 1948 hasta su abolición en 1992. Incluía la prohibición de relaciones sexuales entre razas. Solo unos pocos países rompieron relaciones diplomáticas con Pretoria y en cambio Israel estableció una estrecha amistad con el régimen racista a partir de la guerra del Yom Kippur, en 1973.

En Guantánamo, más de 40 presos -algunos sin haber sido juzgados ni acusados- esperan hace 15 años para ser procesados y determinar si son culpables. Rusia se anexionó formalmente Crimea en 2014, sin preguntar a nadie, tal como Estados Unidos decidió invadir Irak en 2003 e iniciar una guerra con pruebas falsas y sin consultar al Consejo de Seguridad. Lo mismo ha hecho en Siria, bombardeando Damasco en 2018. Nunca se supo cuántos estudiantes chinos fueron muertos en Tiananmen en 1989, ni qué sucedió con el estudiante que enfrentó a los tanques.

La OTAN bombardeó población civil en Belgrado en 1999 dejando alrededor de 5.000 muertos, incluyendo 88 niños y tres diplomáticos chinos. Nadie los sancionó. Cuando se trata de hablar de derechos humanos y de democracia, muchos países salen de inmediato a condenar a Cuba, pero callan y protegen a Arabia Saudita, donde no se respeta ni lo uno ni lo otro. Las potencias aceptaron de hecho el secuestro y asesinato de un periodista saudí que concurrió a su consulado en Estambul y que fue torturado, descuartizado y hecho desaparecer. Nadie critica el régimen egipcio, donde un general derrocó en 2013 a un mandatario elegido democráticamente. Este tipo de acciones que para la opinión pública pueden ser moralmente reprochables, son juzgadas por los gobiernos dependiendo del cristal con que se mire, es decir son juzgadas en base al interés nacional.

La hostilidad de Estados Unidos en relación a Rusia o la guerra comercial con China que recién se inicia y que nadie sabe dónde terminará, responde esencialmente al poder. Debilitar a Rusia se transformó en una obsesión para Washington, descuidando el crecimiento y expansión global de China que cada vez está más cerca de disputarle la supremacía. En 1972 el mundo se sorprendió cuando el presidente Richard Nixon estrechó la mano del presidente Mao Zedong en Pekín. Era el interés nacional el que actuaba para los dos lados: debilitar a la Unión Soviética para los estadounidenses, y para los chinos buscar un aliado poderoso en caso de conflicto con Moscú. Hoy las cosas han cambiado y en los últimos seis años el presidente Vladímir Putin se ha reunido 30 veces con el presidente chino Xi Jinping, señalando ambos que coinciden en todos los temas globales. Es la respuesta a las medidas coercitivas de los Estados Unidos y de la Unión Europea a Rusia iniciadas en 2014 y desde el año pasado a China, que terminan generando un efecto contrario. Además, estimula el patriotismo en esos países familiarizados con las carencias materiales que han vivido por siglos.

Las ciudades chinas son hoy irreconocibles para la generación anterior. Lo mismo ocurre en Moscú, donde resalta la limpieza de las calles, el crecimiento del parque automotriz, la renovación de las fachadas de los edificios y los monumentales museos que recuerdan la derrota del nazismo. La capital rusa es hoy la cara opuesta a una de las ciudades más bellas del mundo, Roma, inundada de basura. Mientras existió un mundo bipolar y durante los años de la Guerra Fría, era entendible el temor a la Unión Soviética. Se pensó que la situación se relajaría con su desaparición en 1991, la unificación de Alemania, la democratización de los países de Europa del este y especialmente con la disolución de la alianza militar conocida como Pacto de Varsovia. Nada de ello ha ocurrido; por el contrario, la OTAN, dirigida por Estados Unidos, continúa ampliando sus fuerzas y construyendo bases militares para cercar a Rusia. De 16 países miembros que tenía la OTAN al momento de la caída del Muro de Berlín, hoy son 29 miembros plenos.

Mientras Washington se dedicaba a levantar bases militares, China invertía en infraestructura, participación en empresas europeas y otorgaba generosos créditos en Europa y otros lugares, especialmente en África. Más difícil de comprender aún es el seguimiento obsecuente de esta política contra Rusia por parte de los países grandes de la Unión Europea que, presionados por Washington y muchas veces en contra de sus propios intereses, terminan avalando la misma, pese a ser conscientes de la inutilidad de éstas. Ejemplos hay muchos, pero basta con señalar el caso de Kosovo, donde Estados Unidos presionó a sus aliados por el reconocimiento como Estado independiente, lo cual muchos países hoy lo lamentan al constatar que se trata de un Estado fallido. La política diseñada por los órganos de poder estadounidenses y aplicada por la Unión Europea ha sido la de indicar que es prácticamente indisoluble la membrecía en la UE con la pertenencia al pacto militar1. Si bien el organismo político de la alianza, es decir los secretarios generales de la OTAN, han rotado exclusivamente entre los socios fundadores de la UE y el Reino Unido, hasta hoy todos los comandantes supremos han sido generales de los Estados Unidos.

Las diferencias entre Estados Unidos y Rusia son gigantescas en casi todos los planos cuantificables, salvo en la extensión del territorio y en el poder nuclear. La población del primero llega a 320 millones aproximadamente, mientras los segundos son alrededor de 150 millones de habitantes. La economía estadounidense es 12 veces más grande que la rusa, el gasto en educación lo es 14 veces más, mientras que el gasto en defensa es casi 10 veces mayor2. El inventario nuclear de ambos países, de acuerdo a las cifras que entrega el organismo sueco SIPRI, indica que Rusia posee un total de 6.850 ojivas nucleares contras 6.450 de los Estados Unidos. Si recordamos que solo dos «pequeñas» bombas, comparadas con las actuales, arrasaron Hiroshima y Nagasaki para rendir a Japón en 1945, no se necesita mucha imaginación para pensar que con el arsenal nuclear actual se puede hacer desaparecer a gran parte de los seres humanos y las especies que habitan el planeta Tierra.

Para entender la proporción de armamentos nucleares almacenados por las dos potencias, de un total de 9 países que poseen estas armas, basta señalar que Francia, que los sigue en número, cuenta con solo 300 ojivas nucleares y China posee 2803. Estas cifras pueden ayudar a entender el temor europeo respecto de Rusia, debido a que, en un eventual conflicto entre las dos potencias, las primeras bombas caerán en París, Berlín o Londres, antes que en Washington, Nueva York o San Francisco.

Las aprehensiones de los Estados Unidos y de los europeos están dadas por la historia rusa. Desde la época imperial de los zares, Rusia siempre han tenido alguna excusa para buscar su expansión, pero en particular los temores quedaron marcados en el siglo XX por la Unión Soviética y la división de Europa acordada en Yalta, cuando ya terminaba la Segunda Guerra Mundial. La Guerra Fría se inició de inmediato con la partición de Alemania en 1945 y despertó los temores occidentales junto a la necesidad de defensa debido a la expansión del socialismo en Europa del este y al triunfo de la revolución china en 1949; la Guerra de Corea (1950-1953) que dividió la península en dos, el desmoronamiento del colonialismo con las luchas de liberación en África y Asia junto al triunfo de la revolución cubana en 1959, a solo 90 millas de los Estados Unidos. Paralelamente terminó de madurar e irrumpir en el mundo el extraordinario crecimiento económico de los Estados Unidos e imponer un modo de vida que lo consolidó como primera potencia indiscutible a nivel global y garante de la seguridad de los europeos occidentales.

La pregunta hoy es si se justifica continuar cercando a Rusia con bases de la OTAN en circunstancias que el rival que amenaza la hegemonía de Estados Unidos es China. La invasión rusa de Crimea en 2014 y su conflicto con Ucrania, ciertamente ha contribuido a mantener los temores, pero de la misma manera la expansión de la OTAN, las medidas punitivas y el aislamiento alimentan los miedos rusos y contribuyen a estimular el nacionalismo en un país donde también la historia le ha mostrado en dos oportunidades lo que significa ser invadido y los costos que pagaron, primero con Napoleón en 1812 y luego con los ejércitos de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Sin duda que el período soviético dejó una imagen negativa y contribuye a que las acciones de hoy sean juzgadas de manera muy diferente a las que efectúa Estados Unidos. Habría que preguntarse cómo reaccionaría el mundo si Rusia hubiera iniciado guerras sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o en base a pruebas falsas como las de Irak en 2003; o si mantuvieran por años prisioneros como en Guantánamo, sin juicio alguno, o efectuara bombardeos como lo hizo la OTAN en Belgrado, en 1999 o a Damasco en 2018, junto a Francia y el Reino Unido. Es claro que no hay una moral única para actuar ni juzgar.

El peso de los factores culturales también debe ser observado detenidamente. Se le pide a China que actúe con el patrón cultural del sistema político democrático occidental en circunstancias de que en su historia nunca ha conocido la democracia. Su política internacional ha sido y es guiada por los principios de la coexistencia pacífica, donde es primordial para ellos la no injerencia en los asuntos internos de otros estados. Para los chinos los derechos económicos y sociales se anteponen a los derechos políticos de sus ciudadanos. Si observamos sus actuaciones en el plano internacional, vemos que es un país que prácticamente sin hacer uso de la fuerza militar ha ganado presencia internacional y un desarrollo que lo acerca cada vez más a los Estados Unidos. Si en 2005 la economía estadounidense era 5,7 veces mayor que la china, en 2016 se había reducido a solo 1,6 veces4. Para 2030, estiman algunos estudios, China será la primera economía del mundo superando en tamaño a la estadounidense, seguida de India, mientras que Estados Unidos quedaría en tercer lugar. Rusia en ese año será solo la octava economía5.

El interés nacional continúa siendo el motor que mueve el mundo internacional. Desgraciadamente el multilateralismo no ha podido consolidarse en toda su dimensión, y los avances logrados hoy se ven disminuidos cuando las potencias deciden ignorar la frágil legalidad internacional. Un mundo sin orden y sin legalidad favorece la ley del más fuerte que solo beneficia a los países más poderosos. El futuro ha sido siempre incierto y lo continuará siendo. Podemos ver el papel que juega el líder de un país y cómo puede cambiar su política exterior.

El caso del presidente Trump podría llegar a ser un caso de estudio: en solo tres años ha conseguido enemistarse con sus vecinos –Canadá y México- por temas comerciales y de inmigración. Ha dado un golpe a la comunidad científica, al multilateralismo y a Naciones Unidas al negar el cambio climático y retirar a su país de la COP, de la UNESCO, del Consejo de Derechos Humanos y de la Agencia de Naciones Unidas de Ayuda a los Palestinos. Ante la incredulidad de sus aliados de la UE, abandonó el pacto nuclear con Irán que contribuye a la distensión en la región y era uno de los pocos logros de su política exterior.

Contraviniendo las resoluciones de Naciones Unidas, reconoció a Jerusalén como capital de Israel; amenaza con el retiro de su país de la OMC, aumenta las controversias con sus aliados europeos al exigir aumentar el presupuesto militar que se traduce en que deben comprar más armas a Estados Unidos. Cancela el acuerdo nuclear con Rusia sobre misiles de alcance medio (INF) que daba seguridad a Europa. Inicia una guerra comercial con China y recientemente amenazó a México con un impuesto progresivo a sus exportaciones si no frena la emigración. Es decir, la principal potencia del mundo hace lo posible por debilitar el multilateralismo, sus instituciones y el orden internacional que fue en gran parte construido por los Estados Unidos.

La pregunta que cabe hacerse es si las decisiones del presidente Trump cuentan con el apoyo del Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA, los grandes grupos financieros y otras instituciones que representa el poder estadounidense. El vacío que deja Estados Unidos en los organismos internacionales parece contrario a sus intereses y sin duda será llenado por China, que ya es el segundo contribuyente financiero de Naciones Unidas y lo ayudará a consolidar su poder global. Si tanto los líderes rusos y chinos usan con discreción el llamado smart power, es decir, la combinación de los poderes duros y blandos en las categorías ya clásicas, el Presidente Trump abandonó definitivamente el soft power y está utilizando una suerte de arrogant power que debilita la imagen de su país ante sus aliados y el mundo, junto con erosionar seriamente el sistema internacional. El mandatario estadounidense actúa como el fanfarrón de la clase proclamando cada vez que puede, ser el más fuerte en el plano militar. La jefa de Gobierno alemán, Angela Merkel, declaró ante el Parlamento Europeo:

«Los días en que podíamos confiar incondicionalmente en otros, se han ido. Ello significa que nosotros europeos, debemos poner nuestro destino en nuestras propias manos si queremos sobrevivir como comunidad europea»6.

Pareciera ser que la realidad la seguimos observando con los ojos de la Guerra Fría. Hace rato que el socialismo dejó de ser una amenaza para el sistema capitalista que domina en el mundo. La lucha por la hegemonía global se da hoy por el control del ciberespacio, la robótica, la inteligencia artificial y la conquista espacial, que es donde se están enfrentando Estados Unidos con China. Rusia está algo más lejos, pero ha definido quién es su aliado. Las aplicaciones que se deriven de estos avances en la economía y ciencia encontrarán también un lugar en la industria militar que florece hoy como en los mejores tiempos de la Guerra Fría, con cientos de miles de millones de dólares destinados a ello. Qué importa el hambre y la pobreza en el mundo.

En Moscú, me señalaba un embajador que un distinguido colega europeo le había expresado que no importaba si existían o no pruebas para culpar a Rusia por el supuesto envenenamiento de un exagente ruso en Londres. Se trataba de culpar a Moscú porque «había que tomar partido». En Roma, una embajadora europea me expresó que, si el sistema de comunicaciones global iba a estar intervenido, ella prefería lo fuera por Estados Unidos y no China. Para decirlo con palabras del realismo político, mientras el sistema internacional continúe funcionando en base a los Estados nacionales, el interés nacional continuará siendo la última palabra en el escenario mundial. Lo que se olvida es que ninguna potencia sola podrá enfrentar los desafíos actuales como son salvaguardar la vida humana y el planeta. Por ello es que se deben redoblar los esfuerzos por fortalecer el sistema multilateral, sus instituciones, la cooperación y el respeto a la legalidad internacional como única manera de garantizar la paz.

Notas

1 La excepción ha sido Suecia, país con más de 200 años de neutralidad y que siendo miembro de la UE no lo es formalmente de la OTAN, aunque ha efectuado maniobras conjuntas. Además, en el Tratado de Lisboa de 2007 se establece la obligación de los miembros de la UE de ayudar y asistir con todos sus medios a otro miembro si es atacado.
2 Véase.
3 Véase.
4 World Bank. Citado por Yan Xuetong en Leadership and the Rise of Great Powers. Princeton University Press, 2019. Pág. 83.
5 Véase.
6 Véase.