Mirándose al espejo se preguntaba cuándo terminaría ese dolor soportable pero constante que se presentaba. Suavemente se palpaba aquel nudo que, por más que lo masajeaba, no terminaba de desaparecer.

El calor era sofocante, hacía dos minutos que se había duchado y ya bajaba dulce y pegajoso el sudor por la frente. Respirar era lo único que quedaba. Al correr las cortinas un largo Cadillac cruzaba con las luces apagadas, una luz interior se encendió, un cigarrillo quizás.

El Cadillac aparcó en la esquina siguiente, la cortina se cerró al instante. Un padrote se apeó, patillas que se unían al bigote, pantalón a cuadros de bota campana, botines Beatles y una camisa que parecía de pana lo hacían lucir largo y delgado a pesar de su real estatura. Su facha hubiera hecho sofocar a cualquiera, el sujeto, ajeno al bochorno, sacó del bolsillo trasero una caja dorada que abrió de un clic retirando sin dilación un pitillo negro y dorado.

Por la ventanilla del piso se colaba el olor dulzón y de clavos del cigarrillo. Al intentar mirar de nuevo por la ventana, se percató de que otro vehículo se acercaba; sin embargo, tuvo la sensación de estar siendo observada y se agachó tan pronto se lo permitió su pierna. Desde esa posición intentó apagar la luz, pero el dolor no se lo permitió. Comenzó a gatear y la pierna además del dolor se entumeció con los músculos esturados. En el estertor del dolor se impulsó con la otra pierna con todas sus fuerzas deslizándose rápidamente hasta golpearse la cabeza contra la pared.

Escuchó a su madre girar en la cama, no había terminado de acomodarse cuando escuchó un disparo o por lo menos eso creyó. En tanto los cristales saltaron al piso, al reposar la mano para ponerse en pie un vidrio se incrustó en la parte más carnosa debajo del pulgar. Maldijo en silencio y se levantó.

Tanteó la mesa de noche, abrió el cajón que gimió como pino y encontró la navaja suiza de su abuelo. La abrió y se sentó dolorosamente entre la mesa y la cama. Metió las piernas entre el suelo y el tablado y se recostó lentamente contra la mesa. Así escondida sintió el crujir de los tablones en sus nalgas mientras los oía más y más cerca.

Aquellas botas no dejaban duda, podía escuchar hasta el chirrido del cuero estrujado contra el pie del padrote. Sintió pena por él: lo imaginó sonriente, el calzado en la mano y la arena entre los dedos... “¿Quién anda ahí?”, le espetó su Madre. “Rolando”, correspondió el padrote, seco, frio y sin detenerse. Ella preguntó “Mijito, ¿a qué viene?”; el padrote le respondió que venía a buscar a Lucía en los mismos términos, frio y sin detenerse.

Al llegar a la recámara, no vio a nadie. Lucía no respiraba, pero cuando lo vio a su derecha, con todo el peso de su cuerpo, dejó caer la suiza sobre las botas. Sintió un calor chispeante en la mano y en el rostro, la mano derecha apoyada en suelo, luego el zumbido de un disparo, luego el calor en el pecho. Volvió a arremeter sin fuerza, sin peso.

Se oyeron pasos rápidos al fondo, en los escalones y el cimbrar de un objeto que cruzaba el aire. Sintió lejos, pero muy lejos, un cuerpo pesado caer.

Cuando abrió los ojos, pudo advertir a Rolando con una pierna recogida, la espalda baja arriba y de cabeza contra el suelo, su visión estaba muy borrosa y repasó todos sus dolores, la pierna, la mano, el hombro. Intentó tocar su hombro derecho con la mano izquierda y notó la blusa empapada. Recordó esa maña caminando por el paseo Juárez, la naranja que había tomado y la entrada al café para verlo.

Recordó también el pasquín sobre la mesa, y la birra. Del pasquín lo tenía todo claro, la locura política, el ambiente dividido, el ruido electoral que esperaba que terminara pronto. Los turcos la miraban con fuego en la mirada, deseosos de ver debajo de esos shorts ajustados que cada verano ajustaba a sus caderas.

Pidió otra birra y al ir al baño recordó el escalofrío de su muslo, la entrada del metal y el brote de la sangre. Bajó la mirada y sintió el muslo inerte pero presente. Lo sentía y pensó que era lo más importante.

Oyó respirar a su madre detrás suyo. “Sonia, Sonia”, llamó sin éxito, vio que Rolando trataba de girar la cabeza, tanteó el suelo para buscar la suiza, la aferró y tirando la frente al piso tiró la mano con navaja y todo para cachar la cabeza del padrote.

En un parpadeo vio a su madre que arrastrándose venía a ella, luego vio media cacha roja de la navaja inserta detrás de la oreja izquierda de Rolando.

Luego no pudo abrir los ojos. Las palabras no salían, el aire no entraba ni salía y un lejano cruce caleidoscópico de mantras tibetanos la llevaban, no físicamente pero sí a todo lo que quedaba de ella, de camino a donde los seres que luchan llegan.