Cabría pensar que existe una distancia inconciliable entre un movimiento estético arraigado a un contexto principalmente europeo y una predominante función creativa marcada sobre las capas de una historia ancestral mesoamericana. Sin embargo, algunos matices que sucedieron y que de alguna manera permanecen en ambas esferas nos permiten tratar aquí un impulso donde coincide el sentido humano, lo cual propició que importantes autores del romanticismo sean equiparables, desde su particular sensibilidad, a la de los pueblos prehispánicos y a la actual presencia del arte decolonial.

Aunque el romanticismo fue el resultado de un movimiento que adoptó en su momento nuevas temáticas y una propia emoción estética, situándose a finales del S. XVIII y en la primera parte del S. XIX y por su parte el arte originario mesoamericano se expresa desde hace más de cinco siglos, retomando hoy determinada influencia en la arista decolonial; se abren en estos tres momentos, ciertas claves donde se concatena la visión humana con un revestimiento espiritual que posee la naturaleza, divagando como un oportuno estímulo en dichos canales.

Si bien en las narrativas pictóricas, o en los escenarios paisajísticos que acompañaban la locución plástica sobre el período clásico, medieval, renacentista y en todo el orden sucesivo, perfilarían ávidos momentos provistos de intensidad y dotados de naturaleza, ésta sería colocada bajo una función inerte: desde una posición de fondo que sólo podría fortalecer el protagonismo humano, tras un esquema de delirio religioso, o bien, para facilitar un encuentro racional e incluso decorativo.

Las particulares causas que incitan al movimiento romántico generan la aparición de nuevos rasgos que permanecerían en la conciencia artística en tiempos ulteriores; es conocido que dichas manifestaciones abrieron las puertas para desplegar aspectos oscuros de la condición humana, así como la vehemencia que podía calar en distintas emociones; nuevos atributos recayeron además sobre la personalidad del artista. Sin embargo, la impulsión que aquí nos dirige coincide con los albores de la primera revolución industrial: una causalidad que empezaba a reflejar el rostro humano ante la modificación del entorno que ejercían las máquinas.

Tratándose de este primer giro industrial, el cual fue gradual, expandiéndose de Gran Bretaña a distintos países de Europa, cuya evolución tecnológica se declaraba con la máquina de vapor y su concesión de energía constante, lo cual repercutió en nuevos sistemas de producción en cadena, además de la mecanización textil, la aparición del telégrafo, el establecimiento de recientes vías de transporte y la proliferación de las fábricas entre otros cambios… Suscitó un éxodo rural que llevó al campesino a ser una parte sustancial como mano de obra en las incipientes ciudades. Para entonces, todo un orden inédito que llegaría a trastocar la contemplación del artista.

Dicha coyuntura produjo múltiples reacciones, tales como: asombro por la velocidad a la que se encarrilaban los cambios tecnológicos; alegría y optimismo en quienes se beneficiaban del progreso económico; filósofos como el alemán Friedrich Engels se encargarían de registrar y hacer objeto de estudio las ásperas condiciones de los obreros en las ciudades industriales… Para los artistas románticos cabría, pues, la nostalgia: la fuerza de la separación y la pérdida espiritual, ambiental y humana. La idealización del espacio preindustrial empezaba a pronunciarse en diversos tonos; los gritos de un mundo cambiante y transfigurado tomaban posición en los vastos resquicios del arte…

Una agitada locomotora atravesando el novedoso puente “Maidenhead Railway” sería el motivo de una de las pinturas del artista inglés William Turner, exhibida en 1844. El título: "Lluvia, vapor y velocidad", se apega a una imagen donde el paisaje se somete a la irrupción del trágico humo; se perpetra una envolvente lucha de colores donde también se define una impetuosa lluvia y se vislumbra la máquina adelantándose a un frenesí de confusión. Se enarbola aquí una metáfora visual que nos transfiere la reflexión de lo que sería un nuevo poder humano claramente cuestionable ante tal desequilibrio.

Sería preponderante marcar que cada país produjo de alguna manera su propio romanticismo, con sus peculiares exploraciones y resultados. La madurez de este movimiento en Europa se mantendría en concomitancia con la incipiente identidad literaria que se presentaba en Estados Unidos; así, en 1836, el filósofo y ensayista Ralph Waldo Emerson, considerado uno de los padres de la literatura norteamericana, haría manifiesto su escrito: “Naturaleza”, una cuidadosa prosa que daría paso al “Trascendentalismo”, como ramificación romántica en un nuevo territorio.

En su ensayo, Emerson compone expresiones que evocan su lugar en el universo y se ocupa de percibir y vincular el entorno natural con la claridad mental, abriendo dimensiones que conectan con nuestro estado interior y con el sentido divino. En sus páginas se declara amante de una belleza incontenible e inmortal. En cierto corte se dirige al lector diciendo: “Si un hombre quiere estar solo, que mire a las estrellas, los rayos que brotan de estos celestes mundos le separarán de las cosas vulgares… y llegará a creer que se hizo la atmósfera transparente con objeto de darnos en los celestes cuerpos la perpetua presencia de lo sublime”.

El pensamiento del ensayista norteamericano sería en cierta manera equiparable al de uno de sus predecesores: el polímata universal alemán Johann Wolfgang von Goethe, quien además funge como figura fundamental del origen y desarrollo romántico. En el abordaje de su obra dramática, Fausto, apreciada como la pieza cumbre de la literatura germana, se hace visible una tensión existente entre el conocimiento, la ambición y la naturaleza, como un conflicto entre lo humano y lo ilimitado. Aunque Goethe también estudia de manera científica las dinámicas naturales y las valora como procesos orgánicos de transformación continua, no hace una división entre arte y ciencia, sino que comprende la naturaleza como una experiencia estética; él también se refiere a su bello misterio diciendo: “Nos habla ininterrumpidamente y no nos delata su secreto”.

Desde la interacción que algunas sociedades europeas mantenían con la naturaleza previa al romanticismo, se indican ciertos pensamientos adversos a los que se oponerían muchos de los artistas románticos. Se buscaba perfección y armonía en la domesticación de esta, es decir, se exaltaba el orden de los jardines o llanos florecientes de los suaves caminos. No obstante, sobre la milenaria cadena montañosa de los Alpes, la cual traspasa varios países, habría testimonios de viajeros aristocráticos en los que aquel horizonte se describía como algo terrible, con cumbres deformes y caóticas… lejos del canon de belleza, dichos escenarios se distinguían por ser monstruosos y de mal gusto.

El movimiento romántico haría énfasis en que el ojo creativo era capaz de capturar la realidad exterior y el reflejo del “yo” en la naturaleza, interceden con el arte envolviendo planos de lo que antes se consideraba salvaje y lo cargan de una auténtica espiritualidad, emoción e inmensidad superior a la civilización.

Para dicha transición, es apreciable una de las pinturas del artista romántico estadounidense Thomas Cole, conocido por ser un pionero y elevar el arte paisajístico norteamericano. Tratándose de uno de sus cuadros, “Sunrise in the Catskill Mountains” de 1826, aparecerían los picos montañosos alumbrados por el primer toque del cielo; Cole encuentra aquí una alianza de colores suaves para la representación de la luz y se adentra en las composiciones propias del romanticismo. En la escena, la robusta vegetación da paso a los ríos de neblina que suscitan en este despertar un inmenso aliento de vida.

Serían innumerables las intervenciones creativas generadas en esta época, aparecen desde distintas corrientes: pensadores, pintores, poetas, ensayistas, novelistas, músicos, dramaturgos… quienes se alimentaban del resplandor natural para conferir sus emociones desde distintos ángulos; en tal recorrido, el arte se encuentra con John Constable, Caspar David Friedrich, Théodore Géricault, William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge, Lord Byron, Novalis, Percy Bysshe Shelley, Henry David Thoreau, Victor Hugo, Walter Scott, Richard Wagner,Frédéric Chopin, Ludwig van Beethoven, Franz Schubert, entre otros…

Al llegar a este punto, ante la fuerza del pensamiento romántico, cabría complementar con cierta analogía procedente de la lejana escena prehispánica en Mesoamérica. Tras el velo de sus cosmologías holísticas, encontramos que la acción creativa se sujetaba a la sabiduría. Para identificar aquí el concepto de artista, nos desplazamos al sentido de un guía espiritual: un maestro cuyo rol consistía en interpretar el mundo y transmitir conocimientos… Estos eran los personajes que intervenían en la materialización gráfica de la historia y los saberes.

Las exigencias estéticas que resplandecen en el mundo occidental se distancian de los entramados simbólicos que proclamaban las energías sagradas en aquellas enigmáticas ciudades; el entendimiento humano y sus recónditos comportamientos expresos en las sucesivas corrientes europeas se distinguen de los efectos rituales y las maneras de relatar el juicio y las pasiones acaecidas en la visión cíclica de estas poblaciones.

Sin embargo, ante tal separación es rescatable marcar este punto donde coincidió la perspectiva natural, esta similitud de los tiempos concatenados al cosmos, donde lo humano, instintivo y sensible asientan sin distinciones y con toda atención a la brisa intemporal, a la frecuencia vital de la tierra y a trozos dispersos en toda realidad que brota del vientre de las flores.

Referencias

Emerson, R. W. (2007). Naturaleza. Ediciones Cátedra. (Obra original publicada en 1836). Berlin, I. (2013). The roots of romanticism. Princeton University Press. Ferber, M. (2010). Romanticism: A very short introduction. Oxford University Press. Goethe, J. W. von. (2014). Fausto. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1808). León-Portilla, M. (2007). La visión de los vencidos: relaciones indígenas de la conquista. Universidad Nacional Autónoma de México. Schama, S. (1995). Landscape and memory. Vintage Books. Villoro, L. (1998). El pensamiento indígena en América. Fondo de Cultura Económica.