De los grandes compositores de música académica del siglo XIX, Antonín Dvorák (1841-1904) es quizás el menos destacado si lo comparamos con Ludwig van Beethoven, Frederic Chopin, Richard Wagner o Johannes Brahms. Una banal y casi cómica cuestión-respuesta surge: ¿Será por lo difícil de la pronunciación del apellido? Si a la pregunta vamos, se pronuncia “boryaq”. La respuesta más acorde es que la obra más conocida de Antonín, y quizás única pieza relevante, es su novena sinfonía titulada Del Nuevo Mundo. No obstante que sus otras 8 sinfonías, diez operas, y más de 150 obras menos extensas no sean tan famosas es puede ser la evidencia. Como es el caso contario de la mayoría del repertorio de Beethoven o las óperas de Wagner.

Me gusta más llamarlo Antón que Antonín, pero mi preferencia quizás no le haga honor a su real origen. Dvorák nació en la actual Republica Checa, para ser exacto en un pueblo de la región de Bohemia llamado Nelahozeves, el cual para el año 1841 era parte del Imperio Austro Húngaro. Entonces, Antonín es un nombre más checo y no el apelativo corto Antón, que se emplea internacionalmente o en los países de habla germánica. De confianza y afectuosamente, a los Antonios checos les dicen Tonda y así está registrado en la historia familiar.

Los primeros años de un músico bohemio

Su padre Frantisek fue hotelero menor y carnicero, sabia tocar el antiguo instrumento musical griego llamado Citara. Su madre, Ana Zdeňková, era hija de un funcionario público de la casa real. Juntos educaron en la fe católica al niño Antonín, y en la educación musical de escuela primaria destacó con el violín. De allí su padre lo envió a otro pueblo mayor con un tío para aprender más de música y el idioma alemán. En lo primero fue exitoso, ya que a sus 14 años compuso una polka. Esto fue el inicio de aprender otros instrumentos y teoría musical.

Al alcanzar la ciudad de Praga su talento y aprendizaje musical le proporcionó su primer empleo como instrumentista en la orquesta del teatro de Bohemia y en el año 1863 fue dirigido por el mismo Wagner. Sin embargo, sus salarios eran bajos, por lo que daba clases de piano. En una de esas clases conoció a su futura esposa quien le dio 9 hijos. En sus ratos libres aumentaba el número de composiciones musicales, sus primeras partituras para sinfonías las quemó ya que no se sentía satisfecho con el resultado.

A los 33 años logró ganar un concurso de composición en Austria donde parte del jurado era Johannes Brahms. Este dinero lo ayudó parcialmente a superar sus problemas económicos, Antonín ni siquiera tenía un piano propio. Ya en la década de los 1880s contaba con 6 sinfonías y muchas obras adicionales que llevó a presentar en Inglaterra. Incluso presentó su cantata religiosa Stabat mater, la cual se interpretó en el Royal Albert Hall de Londres. La Universidad de Cambridge le otorgó incluso un título Honoris causa. En el año 1890 visitó Rusia invitado por el mismo Piotr Tchaikovsky.

El viaje a Estados Unidos y el nacimiento de una nueva música

El gran salto en la tranquilidad económica de Dvorák llegó con una estadounidense y en ese país. La dama era Jeannette Meyers Thurber (1850-1946) quien era una patrona de la música académica al fundar el Conservatorio Nacional de Música de America en 1885. Jeannette era una mujer innovadora para la época, defendía los derechos de las mujeres, las otras razas e incluso a los discapacitados. En esos años la música clásica en Estados Unidos era exclusivamente europea y de los grandes maestros alemanes e italianos principalmente.

Jeannette sabia de Antonín y le ofreció un contrato de 25 veces su salario en Europa. La familia Thurber había hecho fortuna con el mayoreo de comestibles y su filantropía era la música académica, aunque con la meta final de forjar músicos y música clásica estadounidense. A la cabeza artística estaría Dvorák. Ya en Nueva York, Antonín conoció a un estudiante afroamericano, Harry Burleight (1866-1949), quien le mostró la riqueza de los espirituales negros. De allí y otras melodías americanas el checo compuso su Novena Sinfonía “Del Nuevo Mundo”. En esa sinfonía se percibe el poder del nacimiento de una gran nación, sus amplios territorios, bellas melodías indígenas como las que se aprecian en el Largo del segundo movimiento y una orquestación impecable si el oyente separa cada grupo de instrumentos y los vuelve a mezclar en su apreciación.

El estreno de la Novena Sinfonía

La sinfonía Del Nuevo Mundo fue estrenada en diciembre de 1893 en el Carnegie Hall de Nueva York, otro lugar emblemático de la filantropía de los grandes magnates norteamericanos. Fue el momento de mayor gloria del compositor checo. Aunque muchos críticos musicales dicen que en el fondo se oye la música de su natal Bohemia, Dvorák sentó las bases de la música académica estadounidense y abrió también el camino para los estudiantes e intérpretes futuros, incluyendo afroamericanos.

Una sinfonía en mi colección personal

En mi colección personal de discos compactos, o mejor dicho entre los de mi esposa y yo, adquirimos la versión de la Orquestra Filarmónica de Israel dirigida por Leonard Berstein, que incluye tres Danzas Eslavas. La cubierta del compacto es un arte que representa a Dvorák en la cubierta de un trasatlántico con la bahía de Nueva York y al fondo se ven los primeros edificios de finales del siglo XIX que caracterizan a la gran ciudad. En vivo la escuché una vez en Caracas, creo recordar en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, donde el segundo movimiento lo interpretaron a un tiempo más acelerado y realmente sonaba de maravilla.