Hay lugares capaces de transformar nuestra concepción visual, territorios donde la luz, el silencio y la arquitectura producen una extraña sensación de irrealidad. La Costa Amalfitana, con sus pueblos verticales y su geografía casi onírica, es uno de ellos. Allí, entre acantilados y escaleras infinitas, el grabador y artista gráfico Maurits Cornelis Escher (Holanda, 1898-1972) encontró un modo de ver el mundo que nunca lo abandonaría.
Acercarse de verdad a Escher implica caminarlo: atravesarlo entre composiciones geométricas, recorrer sus encajes visuales y, finalmente, reconstruirlo como quien arma un puzle del que poco a poco emerge un paisaje. La gran exposición de Escher en el MUDEC de Milán (septiembre de 2025 – febrero de 2026) no solo supone el regreso del maestro de las teselaciones y las arquitecturas imposibles a la capital lombarda, sino también un viaje de vuelta —al menos mental— a un lugar que quedó suspendido para siempre en su memoria: Atrani, en la Costa Amalfitana.
Topografías laberínticas con fragancias de limón
Para los viajeros de mirada lenta y curiosa, llegar a Atrani puede convertirse en un acto de fe: el deseo de observar el mundo sin prisas, como aquellos antiguos exploradores que se adentraban en Italia con asombro y devoción. La Costa Amalfitana ha sido llamada “el corazón de la emoción de los cinco sentidos”: Ibsen y Steinbeck la eligieron como su lugar del alma, poetas de todas las épocas la han alabado, y los románticos encontraron en su vertiginosa claridad mediterránea y sus colinas un escenario para la inspiración. El Sfusato Amalfitano, el limón que Helena Attlee en su ineludible libro El país donde florece el limonero convierte casi en un personaje y cuya historia está íntimamente ligada a Amalfi, es más que un fruto: es la esencia de un paisaje donde lo cotidiano se transforma en extraordinario. Seguir su pista conduce naturalmente a Atrani, con sus casas superpuestas y sus callejuelas que ascienden verticalmente, un escenario perfecto para entrenar la mirada y descubrir cómo la luz, la forma y el aroma pueden revelar geometría oculta producto de los bancales y terrazas que han configurado el urbanismo y arquitectura de la costa amalfitana desde la Edad Media, y que terminaron de consolidarse plenamente en el siglo XIV.
En este enclave, los apartamentos se ocultan entre calles laberínticas repletas de escalones interminables, mientras el verano impregna el aire con fragancias de limón. Julio trae consigo festividades tan esperadas como la celebración de Santa María Magdalena: pescadores, procesiones, fuegos artificiales reflejándose en el mar. Un ambiente que vuelve aún más onírico este pequeño pueblo suspendido entre acantilados y cielo, un lugar donde Escher y Jetta pudieron explorar y reinterpretar la realidad en dibujo.
Escher en Atrani: una ruta geométrica
Atrani no es solo un lugar: es un laberinto urbano, una superposición de planos, escaleras que parecen no conducir a ningún punto exacto, fachadas que se abren unas sobre otras, creando un tejido urbano que podría haber sido extraído de una de sus litografías más tempranas. Allí, entre callejuelas que se retuercen como líneas de su mano, Escher y su esposa Jetta Umiker encontraron un escenario perfecto para caminar, mirar y transformar la realidad en dibujo (Locher, 2000; Escher in Het Paleis, 2025).
Entre 1923 y 1935, recorrió Italia con una intensidad casi obsesiva. En las cartas enviadas a su familia describía estos años como “los mejores de mi vida”, un periodo fértil en ideas, paseos y observación minuciosa (Locher, 2000). Atrani, con su arquitectura que desafía la gravedad y su aire de pueblo suspendido entre roca y mar, ocupó un lugar central en ese proceso. Según testimonios locales, al evocar Atrani el artista dejó una frase suspendida entre recuerdo y revelación:
Allí tuve esas ideas bizarras de pájaros, peces, cielos, aguas…
(Escher in Het Paleis, 2025)
Más que una apreciación anecdótica, la frase revela la chispa inicial de su pensamiento visual: la intuición de que una forma puede deslizarse hacia otra, de que un paisaje puede contener ya la semilla de una variación. El patrón de calles, escaleras y bancales funcionó como catalizador de esa intuición, donde arquitectura y naturaleza se unían en una geometría viva que invitaba a la transformación visual y geométrica.
Atrani en 1931: litografía, memoria y transformación
En 1931, Escher plasmó una de sus vistas más conocidas del pueblo: Atrani, Costa de Amalfi. La escena, aparentemente documental, revela, sin embargo, la mirada de un matemático intuitivo: casas apiladas como módulos, escaleras que descienden como diagonales que guían la visión o la Colegiata de Santa María Magdalena recortada como un vértice arquitectónico (Locher, 2000).
Ese mismo año dibujó Casas deterioradas en Atrani, donde la atmósfera es más íntima y la estructura del pueblo se presenta como un organismo complejo, casi fractal. Se cuenta que él y su esposa recorrían juntos las calles, parándose en cada esquina para estudiar perspectivas, contrastes de claridad y sombra, el ritmo de las escalinatas. Cada detalle podía convertirse en una línea, un volumen o una idea de transformación.
Pero Atrani no quedó fijada solo en estas imágenes. Se convirtió en el punto de partida visual de una de sus ideas más revolucionarias, las célebres Metamorfosis I (1937), II(1939–40) y III (1967–68), la vista del pueblo funciona como una puerta donde de la representación realista se pasa a patrones geométricos, de estos a figuras abstractas y finalmente a palabras o piezas de ajedrez (Locher, 2000; Escher in Het Paleis, 2025).
Un detalle especialmente fascinante es el puente inexistente que el artista añadió para conectar Atrani con su secuencia de transformaciones. Nunca estuvo en el pueblo, pero aparece con toda naturalidad en sus grabados. Es el momento exacto en que la geografía deja de ser territorio y se vuelve idea, donde Atrani se transforma en umbral de un pensamiento visual que ya no responde al mundo, sino a la lógica interior del artista.
La ruta de Escher en Atrani es, por tanto, menos una visita y más una exploración visual: la lectura de un espacio que, sin saberlo, ya contenía las reglas de su propio desdoblamiento. Junto a Jetta, Escher podía medir el ritmo de las calles y los escalones, comprobar la relación entre casas y campanarios, y encontrar en cada esquina la geometría que luego plasmaría en sus litografías.
Entre viajes, arte y ciencia
M. C. Escher. Entre Arte y Ciencia, en el MUDEC de Milán insiste precisamente en este cruce: un artista que trabajó siempre con las manos, desde la artesanía del grabado, pero que pensaba como un matemático. Sus años italianos fueron esenciales: allí encontró el orden dentro del caos aparente; allí descubrió que las ciudades podían convertirse en estructuras mentales. Por eso la muestra no se limita al impacto visual: abre el taller interno del artista y permite ver el andamiaje que sostiene sus imágenes —matrices, módulos, pruebas de impresión— para mostrar cómo una regla mínima, repetida o rotada, genera sistemas de una complejidad inesperada. La exposición subraya además que la percepción no es neutra, que debe ejercitarse: por eso dialoga con repertorios ornamentales —especialmente islámicos— que revelan el origen estructural de muchas de sus exploraciones y permiten ver la diferencia entre la cita y la verdadera construcción conceptual.
La exposición confirma, además, que Atrani fue uno de los lugares donde germinaron sus ciclos de reinterpretación visual. Entre el aroma de los limones, el azul del mar y las escaleras interminables, el viajero puede seguir un camino que, sin darse cuenta, se superpone al recorrido que Escher había imaginado: un trayecto desde la realidad hacia la geometría, desde el paisaje hacia una nueva percepción.
La muestra no es solo una oportunidad para reencontrarnos con su obra: es la ocasión de volver —aunque sea mentalmente— a ese puente ilusorio que une un pequeño pueblo italiano con la vastedad del infinito geométrico. El viaje a Atrani es, en sí mismo, una metamorfosis: el mar se convierte en cielo y la arquitectura se funde con la memoria. Escher construyó para nosotros un puente de papel y tinta que une la belleza tangible de la costa con horizontes que parecen expandirse sin fin. Caminar sus calles es seguir su hilo invisible, ese que convierte cada rincón en una pequeña variación de lo infinito, sintiendo en cada esquina la genialidad y la poesía de su mirada.















