Había vencido a los persas. Había cruzado montañas, tomado ciudades consideradas inexpugnables y conducido a sus hombres desde Macedonia hasta los confines de la India. Había combatido contra ejércitos muy superiores en número y atravesado territorios que, para un griego, parecían pertenecer a otro mundo.

Pero en el año 325 antes de nuestra era, después de haber vencido en la India al ejército del rey Poros y haberse enfrentado a sus imponentes elefantes de guerra, Alejandro Magno encontró un adversario diferente.

No llevaba espada. No tenía generales. No levantaba murallas. Ni siquiera podía verse.

Era la sed.

Cuando el mundo dejó de avanzar

La campaña de Alejandro había alcanzado un límite que, pocos años antes, habría parecido inconcebible.

Después de derrotar al rey Poros en la batalla del Hidaspes, en 326 a. C., Alejandro quería continuar hacia el este. Sus soldados, después de años de campaña, se negaron.

Habían recorrido miles de kilómetros. Habían combatido desde Asia Menor hasta Egipto, Persia, Asia Central y la India. Querían regresar. Alejandro terminó aceptándolo.

El ejército descendió entonces hacia el sur siguiendo el sistema del Indo hasta alcanzar las proximidades del océano. Allí comenzó a organizarse una operación extraordinariamente ambiciosa: una parte de las fuerzas regresaría por rutas interiores; una flota dirigida por Nearco navegaría hacia el oeste bordeando el mar Arábigo; y Alejandro conduciría otra columna por tierra.

El objetivo no era solamente regresar. La expedición de Nearco debía reconocer aquella costa y localizar puertos, fondeaderos y lugares de abastecimiento.

Entre las necesidades fundamentales de aquella enorme operación estaban los alimentos y el agua.

Antes incluso de entrar en Makrán, el agua ya formaba parte de la estrategia.

Delante de Alejandro se extendía Makrán.

Los autores griegos conocerían gran parte de aquel territorio como Gedrosia. Hoy corresponde aproximadamente al sur de Baluchistán, entre Pakistán e Irán: montañas áridas, extensiones desérticas, cauces estacionales y enormes distancias entre lugares capaces de sostener a una concentración humana.

Alejandro decidió atravesarlo.

La decisión terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más terribles de toda su expedición.

El ejército que necesitaba beber

Un ejército antiguo podía conquistar una ciudad para obtener alimentos.

Podía saquear almacenes. Podía requisar ganado. Podía transportar grano.

El agua presentaba otro problema.

Miles de hombres, caballos, mulas y animales de carga necesitaban beber continuamente. No bastaba con conocer la dirección correcta. Había que saber dónde se encontraría el siguiente punto de agua y si tendría capacidad suficiente para abastecer a una multitud.

En Makrán, esa certeza comenzó a desaparecer.

Arriano, escribiendo siglos después, pero utilizando fuentes relacionadas con la expedición, dejó una descripción extraordinaria de aquella marcha.

La duración de las jornadas comenzó a depender de algo aparentemente elemental: encontrar agua.

Los desplazamientos se realizaban frecuentemente durante la noche para escapar del calor. Si después de recorrer la distancia prevista encontraban agua al amanecer, la situación podía soportarse.

El verdadero horror comenzaba cuando no aparecía.

Entonces había que seguir caminando.

Salía el sol. Aumentaba la temperatura. La arena se calentaba. Y la sed seguía creciendo.

Arriano describe la combinación de calor y sed como casi insoportable. También señala que la incertidumbre sobre la ubicación del agua hacía imposible mantener jornadas regulares.

Aquí ocurrió algo extraordinario.

Alejandro todavía comandaba el ejército.

Pero ya no controlaba completamente su marcha.

La distancia entre dos puntos de agua había comenzado a decidir por él.

El enemigo estaba bajo sus pies

La arena complicaba todavía más la situación.

En determinados lugares era tan profunda que hombres y animales se hundían en ella. Arriano la compara con avanzar por barro o nieve virgen.

Los caballos sufrían. Las mulas sufrían. Los animales comenzaban a caer.

Y cuando desaparece un animal de carga en una expedición de estas características, no desaparece solamente un animal.

Desaparece la capacidad de transporte.

Alimentos. Equipamiento. Movilidad.

Posiblemente también agua.

La logística empieza a desintegrarse pieza por pieza.

Arriano atribuye innumerables pérdidas al calor abrasador y a la falta de agua y señala que los animales fueron especialmente castigados por la sed y por aquella arena profunda y recalentada.

Era una forma de derrota que Alejandro conocía poco.

No había una formación enemiga que romper. No existía una fortaleza que sitiar. No había un rey al que obligar a rendirse.

Podía ordenar avanzar.

No podía ordenar que apareciera un pozo.

Náufragos en un mar de arena

A medida que la marcha continuaba, el agotamiento comenzó a separar a algunos hombres de la columna.

Ese quizá sea uno de los aspectos más inquietantes de cualquier travesía extrema.

Un ejército puede proteger al individuo mientras permanece unido. Pero cuando un hombre exhausto se queda atrás, la distancia que lo separa de los demás puede crecer con una rapidez aterradora.

Detener a miles para buscar a uno podía poner en peligro a todos.

Y continuar podía significar abandonarlo.

La imagen resulta paradójica.

A pocos cientos de kilómetros estaba el mar Arábigo. Nearco avanzaba por él con la flota.

Alejandro, tierra adentro, estaba rodeado por otro océano.

Uno hecho de arena.

La diferencia era brutal.

Un náufrago teme estar rodeado de agua que no puede beber.

Los hombres de Alejandro podían mirar hacia el horizonte y no ver agua alguna.

La sed iba reduciendo el mayor proyecto militar de su época a una necesidad que habría entendido cualquier ser humano de cualquier siglo:

encontrar dónde beber.

Un casco lleno de agua

Arriano sitúa en el relato de aquella travesía una de las escenas más famosas asociadas al liderazgo de Alejandro, aunque él mismo advierte que otros autores afirmaban que había ocurrido anteriormente, en la región de los Parapamisadas.

Un pequeño grupo consiguió encontrar algo de agua y la llevó hasta el rey en un casco.

Era muy poca. No alcanzaba para el ejército. Alejandro podía beberla. Sus hombres observaban.

Entonces tomó el casco y derramó el agua.

Arriano transmite el episodio como una demostración de liderazgo: aquel gesto tuvo sobre los soldados un efecto tan poderoso que el agua rechazada por Alejandro pareció, simbólicamente, haber sido compartida entre todos.

No necesitamos convertir la escena en leyenda para comprender su significado.

El episodio revela algo mucho más importante.

En aquel momento,

un casco de agua tenía más valor que un tesoro conquistado en Persia.

Alejandro podía acumular oro, plata, caballos, armas y territorios.

Nada de aquello podía transformarse en agua.

Y cuando un recurso se vuelve imprescindible para sobrevivir, su verdadero valor deja de medirse en monedas.

Se mide en tiempo. En distancia. En vidas.

El agua escondida junto al mar

La sed todavía reservaba otra prueba.

Arriano relata que, en otro momento de aquella marcha, los guías perdieron el camino. El viento había borrado las huellas de la ruta y orientarse entre la arena se volvió extremadamente difícil.

Alejandro salió entonces con un pequeño grupo de jinetes en busca de una salida. Los caballos fueron sucumbiendo al agotamiento hasta que continuó acompañado por apenas unos hombres.

Finalmente divisaron el mar.

Pero encontrar el océano no resolvía el problema: aquella inmensidad de agua salada no podía apagar la sed del ejército.

Entonces excavaron entre los guijarros de la playa.

Y encontraron agua dulce.

El episodio parece encerrar toda la paradoja de Makrán.

Frente a ellos se extendía una cantidad inconmensurable de agua que no podían beber.

La que podía salvarlos estaba escondida bajo sus pies.

Encontrar agua tampoco bastaba

La tragedia de Makrán encierra otra paradoja.

Después de padecer una sed extrema, encontrar agua podía convertirse también en un peligro.

Arriano relata que algunos hombres, después de soportar marchas abrasadoras, bebieron con tal desesperación cuando encontraron agua que murieron.

Alejandro llegó a establecer los campamentos a cierta distancia de determinadas fuentes para impedir que los soldados se precipitaran sobre ellas y para proteger el abastecimiento del conjunto.

La disciplina militar tenía entonces que extenderse incluso al acto más elemental.

Beber.

Porque la seguridad hídrica de aquella columna no consistía simplemente en descubrir agua.

Había que localizarla. Llegar hasta ella. Protegerla. Administrarla. Evitar su contaminación. Distribuirla.

Y conseguir que alcanzara para hombres y animales antes de continuar hacia el siguiente punto.

Más de dos mil años después seguimos utilizando conceptos mucho más sofisticados para describir, en esencia, el mismo problema.

No basta con que un territorio tenga agua.

Importa dónde está. Cuando está disponible. En qué cantidad. Con qué calidad.

Y quién puede acceder a ella.

Cuando el agua llegó de golpe

Entonces ocurrió algo que convierte la travesía de Makrán en una historia todavía más sorprendente.

El ejército acampó cerca de un pequeño curso de agua.

Era lógico hacerlo.

Después de tantas dificultades, estar cerca del agua parecía ofrecer seguridad.

Pero había llovido lejos de allí, en zonas que los hombres de Alejandro ni siquiera podían ver.

Durante la noche, el cauce comenzó a crecer.

El agua descendió violentamente.

Una crecida repentina atravesó el campamento.

Arriano relata que fueron arrastrados acompañantes de la expedición, incluidas mujeres y niños, además de animales y parte del equipaje. Los soldados consiguieron escapar con enorme dificultad, salvando principalmente sus armas.

La paradoja resulta casi insoportable.

Durante días habían buscado agua.

Habían organizado sus marchas alrededor de ella.

Los animales habían muerto por su ausencia. Los hombres habían llegado al límite por encontrarla.

Y ahora el agua aparecía convertida en una fuerza destructiva.

Primero faltaba. Después sobraba

La misma sustancia que unas horas antes significaba supervivencia podía transformarse en una amenaza.

Ese episodio, ocurrido hace más de dos mil trescientos años, contiene una lección que seguimos aprendiendo.

El problema del agua nunca ha sido únicamente su existencia.

También es su distribución en el espacio y en el tiempo.

¿Por qué atravesar Makrán?

La pregunta resulta inevitable.

¿Por qué Alejandro llevó a sus hombres por allí?

No existe una respuesta que podamos presentar como certeza absoluta.

Según la explicación que Arriano atribuye a Nearco, Alejandro conocía relatos según los cuales grandes personajes del pasado, como Ciro y la legendaria Semíramis, habían intentado atravesar aquella región sufriendo pérdidas devastadoras. Superar lo que otros no habían conseguido habría formado parte de su motivación.

También existían razones relacionadas con la expedición naval y el reconocimiento de aquella región.

Conviene mantener la prudencia.

Las fuentes que poseemos fueron escritas posteriormente y mezclan información histórica con tradiciones construidas alrededor de una figura que ya se había convertido en leyenda.

Pero algo sí sabemos.

Alejandro entró.

Y Makrán estuvo cerca de convertir la ambición en catástrofe.

Arriano afirma que la marcha hasta Pura, capital de Gedrosia, ocupó unos sesenta días y que los sufrimientos padecidos fueron considerados por los historiadores de Alejandro desproporcionadamente mayores que los soportados anteriormente durante la campaña asiática. La localización exacta de Pura continúa siendo discutida.

Sesenta días.

Para un hombre acostumbrado a medir su vida en batallas y conquistas, aquella vez el calendario debió medirse de otra manera.

Una noche más. Un pozo más. Una jornada más.

Lo que Alejandro no pudo conquistar

Finalmente salieron.

El ejército alcanzó regiones donde las condiciones mejoraron y la marcha pudo continuar hacia Carmania.

Alejandro sobrevivió.

Su imperio también, aunque solo durante unos pocos años bajo su mando. Moriría en Babilonia en 323 a. C., todavía joven y después de haber construido una extensión territorial extraordinaria.

Por eso sería incorrecto decir que Makrán derrotó militarmente a Alejandro.

No lo hizo.

Pero sí reveló algo que ninguna de sus victorias había podido enseñarle con tanta brutalidad.

El poder tiene límites físicos.

Puedes disponer de miles de soldados. Puedes controlar caminos. Puedes conquistar puertos. Puedes acumular riquezas. Puedes proclamarte señor de territorios inmensos.

Pero ningún título disminuye la cantidad de agua que necesita un cuerpo humano.

Un rey siente sed. Un general siente sed. Un soldado siente sed. Un animal siente sed.

Ante la ausencia prolongada de agua, desaparecen rápidamente muchas de las diferencias sobre las que construimos nuestras sociedades.

Dos mil trescientos años después

Hoy no atravesamos Makrán con falanges macedonias.

Tenemos satélites capaces de observar grandes masas de agua desde el espacio. Perforamos cientos de metros buscando acuíferos. Desalamos agua marina. Reutilizamos aguas residuales. Transportamos agua a grandes distancias. Captamos humedad atmosférica y podemos conocer precipitaciones con días de anticipación.

Nuestra capacidad tecnológica habría parecido sobrenatural para aquellos hombres.

Y, sin embargo, seguimos dependiendo de la misma molécula que necesitaban aquellos hombres.

Cuando una ciudad crece más rápido que su infraestructura hídrica, el problema reaparece. Cuando una sequía prolongada reduce embalses y acuíferos, reaparece. Cuando una inundación contamina las fuentes disponibles, reaparece. Cuando una comunidad posee agua a kilómetros de distancia, pero no tiene infraestructura para acercarla a sus hogares, reaparece.

La tecnología ha cambiado nuestra capacidad de respuesta.

No ha eliminado nuestra dependencia.

Por eso la seguridad hídrica no puede consistir solamente en encontrar nuevas fuentes. Necesita diversidad, almacenamiento, calidad, distribución, mantenimiento, información y capacidad para responder tanto a la escasez como al exceso.

Makrán ya contenía ambos extremos.

La sed y la inundación.

Demasiado poco. Demasiado tarde. Y, de pronto, demasiado.

La última conquista

Quizá por eso aquella marcha merece ser recordada desde una perspectiva diferente.

No solamente como un episodio de la vida de Alejandro Magno.

Ni siquiera como uno de los grandes desastres logísticos de la Antigüedad.

Makrán nos permite observar al ser humano cuando desaparecen casi todas las capas que normalmente lo protegen.

Sin ciudades. Sin almacenes. Sin infraestructura. Sin una fuente segura.

Entonces queda el cuerpo.

Y el cuerpo necesita agua.

Alejandro había cruzado el Helesponto, derrotado al Imperio aqueménida, entrado en Egipto, atravesado Asia Central y llegado hasta la India.

Durante años pareció que cada frontera podía desplazarse un poco más.

Cada ejército podía ser vencido. Cada ciudad podía caer. Cada territorio podía incorporarse al mapa.

Hasta que entró en Makrán.

Allí descubrió que existían fronteras que no podían conquistarse con caballería, estrategia ni valor.

Porque se puede derrotar a un ejército. Se puede derribar una muralla. Se puede conquistar un imperio.

Pero nadie conquista la sed.