No creo ser el primero en haber observado lo que estoy a punto de comentar. Tampoco creo ser el último. Quizás hasta existen ya estudios antropológicos al respecto, pero lo ignoro, pues, mea culpa, confieso que no lo he investigado porque no sé siquiera por dónde comenzar. Es muy probable que el fenómeno haya estado entre nosotros desde que vivimos en comunidades modernas, y que me haya percatado de él gracias a que ya tengo una edad en la que me fijo en estas cosas.
O tal vez es algo más nuevo, producto de esa prepotencia de quienes van por ahí creyéndose santos o víctimas, potenciados por las redes sociales y el buenismo contemporáneo. No lo sé. Lo que sí sé es que voy a parecer un carcamal luego de escribir esto. Como uno de esos viejos que gritan a las nubes, y puede ser que haya algo de verdad en eso, a pesar de mi relativa juventud. Supongo que se debe a que, en virtud de ser solterón y sin hijos, desconozco del todo lo que pasa por la mente de aquellos padres que, ofuscados por llegar a un sitio y ajenos a quienes les rodean, empujan el carrito donde va su bebé con la agresividad de un tanque militar.
No todos, desde luego, pero sí los suficientes para ser notables. Se abren paso por todas las ciudades del mundo. No paran. No hay manera de detenerlos, pues no quieren detenerse. Hay que llegar al pediatra, a la guardería o quizás tan solo a merendar en casa de la abuela.
Parten los caminos de gente tal cual Moisés al Mar Rojo, obligándonos a todos a movernos a izquierda y derecha bajo la amenaza de recibir un buen golpe en los tobillos o las pantorrillas, ¿qué importa si tenemos que brincar de la acera a la calle transitada? Hacen saber su presencia al grito de “disculpe”, “con permiso” o “llevo prisa”, en ningún momento deteniéndose a pensar que, quizás, sería prudente detenerse unos segundos y esperar que el flujo corriente del movimiento peatonal les permita el paso. Algunas veces incluso sueltan un “¡a un lado!”, así, sin más. O el peor: “¿Qué no ve que llevo a mi bebé?”, que siempre funciona para hacer de lado a la gente, ya que nadie quiere cargar con el pecado de interponerse en el camino de una criatura que no tiene la culpa de la prepotente insensatez de su padre.
Y escribo su padre, porque, al menos en mi experiencia, casi siempre es el macho de la parentela quien va por ahí empujando el carrito del bebé con una rabia no del todo mesurada, pero aún dentro de los estándares aceptados por la sociedad civil. Como si de alguna manera lamentara la situación en la que se encuentra —quizás por accidente—, y quisiera compartir con entusiasta agresividad el milagro de la vida con el resto de nosotros, pobres peatones.
Aunque, en aras de la honestidad, debo apuntar que semejante conducta no es dominio único del padre. También me he topado con algunas madres que, como buenas madres de cualquier especie, son tanto o más agresivas cuando se trata de su prole. Se arrojan junto con el carrito del bebé a grupos de personas que ignoran el obús que está por caerles encima, pues no es como si esas carriolas estuvieran hechas de espuma. Son pequeños tanques Abrams, hechos de aluminio, resinas y plásticos endurecidos que, en manos insensatas, dejan de ser un simple transporte infantil y pasan a ser una extensión de la agresividad parental.
Algunos de estos padres incluso se ofenden si se les pide un poco de mesura en la vía pública. No tanto para cuidar de la gente a la que molestan —incluso agreden—, sino para cuidar de la integridad física del chiquillo, quien más de la mitad de las veces está dormido y ni se entera de su condición disruptiva del orden social. Dios sabe que he sido testigo de esto, aquí en esta ciudad pequeña atestada de personas tan absortas en su propia experiencia, que simplemente ya no les importa la manera en la que afectan a los demás.
Dios también sabe que lo he vivido. Varias veces. Una muy notable ocurrió durante unas vacaciones en Varsovia, cuando mi novia de aquel entonces y yo caminábamos por una acera llena de gente, y un matrimonio nos echó encima el carrito de su bebé, para luego sermonearnos con una diatriba incomprensible cuando les pedimos (en inglés) que tuvieran cuidado. Como el polaco no es lo mío, ignoro qué fue lo que nos respondieron, pero a juzgar por los gestos en la cara de él y la mirada llena de ínfulas de ella, no creo que haya sido una glosa sobre nuestras sonrisas. Y esta es solo una de varias anécdotas. No muchas, pero sí las suficientes para convencerme de que no es un fenómeno aislado, sino uno con la variedad cultural suficiente para llevarme a asegurar, con prepotente pompa pseudocientífica, que se trata de un asunto internacional.
Quien se haya molestado en leer hasta aquí quizás estará pensando que soy un resentido. Un tipejo amargado que prefiere la compañía de libros y pájaros a la de las personas. Un ente lleno de desdén por esos bebés que en el futuro serán los líderes de nuestras sociedades. Y aunque lo primero tiene mucho de verdad, también es cierto que nada tengo contra esos pequeñines simpáticos, que son ajenos a las maneras francamente agresivas con las que sus padres algunas veces se conducen. El bebé no es el centro de gravedad, es solo el argumento. La justificación para un comportamiento despreciable. Y que no se me acuse de enemigo de la paternidad. Quizás algún día a mí también me tocará estar detrás de alguno de esos carritos de guerra, pero me gusta pensar que mis propios padres me educaron con la sensatez y el civismo suficientes para saber que llevar a un bebé en la vía pública no me otorga blindaje moral para comportarme como un cretino.
Este es el momento en el artículo donde reitero que, desde luego, no se trata de todos los padres. Debo hacerlo, pues vivimos en tiempos en que estas sutilezas tienen que explicarse de manera muy clara, a riesgo de que alguien se ofenda y decida lanzarse a una cruzada contra mí en las redes. Incluso si el ofendido ni siquiera pertenece al grupo al que aquí se está criticando, lo cual ocurre más veces de lo que se cree. Así que seré claro. No: utilizar el carrito del bebé como un ariete para batir la muralla de personas en la calle no es una manera de proceder de todos los padres. Y no: quienes lo hacen no son la mayoría, pero sí son una minoría con el suficiente volumen para ser notables.
Debo admitir, por otra parte, que no ignoro lo privilegiado que soy por escribir todo esto, y que quizás yo mismo me he delatado como un snob. A diferencia de estos padres, no sé lo que es pasar una noche en vela cuidando a un hijo. Mi madre me ha hablado de las muchas —muchísimas— noches de insomnio que pasó cuando yo era un bebecillo que no quería comer ni dormir. ¡Y eso fue lo de menos! Padecí toda clase de dolencias y condiciones misteriosas, de las que la única manera de conocer el diagnóstico era con una visita al pediatra a primeras horas de la mañana, pues en aquellos años no había internet con el cual poder consultar dudas. Mi propio humor suele agriarse por mucho menos que esto, así que, a pesar de todo lo que he despotricado hasta ahora, en cierta forma creo que entiendo a quienes, llevados por una mala noche, así como la disminución en la paz y la intimidad de la vida en pareja, lo último que desean es ser corteses con los desgraciados como yo, que en la calle se interponen entre ellos y a donde sea que se dirigen. Si se tiene un ariete en manos, ¿por qué no usarlo?
Creo que lo entiendo, pero eso no significa que esté de acuerdo. Como todos nosotros, yo también he pasado por situaciones complicadas. Auténticas canalladas que me han fastidiado la cotidianidad, e incluso la existencia, pero no voy por ahí haciendo de lado a la gente que me estorba en la calle. La única vez que sí lo hice, alguien me detuvo, y el sermón que me soltó fue de tal magnitud que me puso en mi lugar. Quizás es ahí donde está el vacío cívico del que algunos listillos se aprovechan, pues no es lo mismo encarar a un bruto que se abre el paso por la vía pública, que a un padre que hace lo mismo, pero con su bebé, lo que algunas veces se me figura al síntoma de un fenómeno más amplio. Esa convicción, cada vez más normalizada, de que las circunstancias personales son la justificación de cualquier barbaridad en el espacio público.
El cansancio, la prisa, la ansiedad y el estrés, para algunos, parecen haberse convertido en carta blanca para olvidar que comparten el espacio con otras personas igual de cansadas, apuradas, ansiosas y estresadas. El padre que empuja el carrito de su bebé como una ojiva nuclear no es peor que quien conduce su automóvil como le da la gana. O como el ciclista que obstaculiza las aceras. O como quien va por la calle viendo vídeos en su teléfono, como si el resto de la gente fuéramos atrezo y decorado. Todos ellos están convencidos de que su trayecto tiene primacía sobre el de los demás, en el mejor de los casos. En el peor, padecen de lo que se ha venido a llamar síndrome del personaje principal, que es una manera muy moderna de referirse a un patán. La diferencia está en que el carrito tiene la ventaja de estar tripulado por un bebé adorable y regordete, lo que pone fin a cualquier protesta contra la agresividad de sus padres.
Y ahí es donde está lo más irritante de todo esto. No tanto en los golpes que de tanto en tanto recibimos. Tampoco en la invasión agresiva del espacio público, sino en la inmunidad que algunos creen adquirir apenas colocan a un bebé frente a ellos. Como si la paternidad otorgara una licencia para suspender las normas básicas de la convivencia. ¿Exagero? No me parece. No creo. No lo sé. Tal vez parezco un santurrón de la conducta urbana, y quizás me convenga guardar un poco de mesura. Yo tampoco soy una florecita en miel, y no quiero parecer guardián de las buenas maneras. No con la incertidumbre que tengo sobre lo que el futuro pueda depararme, quizás tan solo a la vuelta de la esquina.
Tal vez dentro de unos años me acordaré de estas palabras, mientras avanzo con desesperación por una acera atestada, empujando a mi propio bebé de destrucción masiva y creyendo en mis razones para hacerlo. Suspirando quejas y mascullando insultos contra quienes tengan la osadía de no hacerse de lado. Todo fluye y todo cambia. Panta rei, como diría Heráclito, por lo que no descarto la posibilidad de algún día convertirme en todo aquello que aquí he criticado, aunque me gusta pensar que, llegado el momento, al menos tendré la decencia de golpear tobillos y pantorrillas con un poco más de cortesía.















