Nostálgico del bigotillo, no llores por la España que se fue: celebra la España que somos, que nunca fue tan grande como hoy.

(Eutiquio Medievo)

Hay momentos en la historia de un país en los que resulta más fácil mirar hacia atrás que hacia delante. España ha conocido demasiados periodos en los que el pesimismo parecía formar parte de nuestra identidad colectiva: guerras civiles, dictaduras, crisis económicas, terrorismo, enfrentamientos territoriales, desempleo masivo o la sensación recurrente de que todo lo que funcionaba fuera funcionaba mejor aquí.

Sin embargo, hay otra España. Una España que existe y que, quizá precisamente porque la vivimos todos los días, no siempre sabemos apreciar. Una España moderna, democrática, europea, socialmente avanzada, culturalmente influyente, científicamente competitiva, extraordinariamente exitosa en el deporte y con una capacidad de crecimiento económico que hoy sorprende incluso a quienes observan nuestro país desde fuera.

Por eso, afirmar que hoy es un orgullo ser español no debería considerarse una extravagancia, una provocación política ni una declaración excluyente. Puede ser sencillamente la expresión de una realidad: España ha recorrido en pocas décadas una distancia histórica extraordinaria y, en muchos aspectos, vive uno de los mejores momentos de su historia contemporánea.

Ser patriota no significa pensar que España es perfecta. No significa negar el desempleo que todavía sufrimos, los problemas de vivienda, las desigualdades, la precariedad existente, la tensión política, el deterioro de determinados servicios públicos o los problemas de coordinación entre administraciones. Significa algo mucho más sencillo: reconocer lo que hemos conseguido, valorar el país que hemos construido y querer mejorarlo porque sentimos que merece la pena.

Una España que ha dejado atrás buena parte de sus viejos complejos

En tiempos de paz, que son sazón de trabajo, amar a la patria es querer que sea de otra manera que como es. (…) Frente a este patriotismo extático conviene suscitar el patriotismo enérgico: amar a la patria es hacerla y mejorarla. Un problema a resolver, una tarea a cumplir, un edificio a levantar: esto es patria.

(José Ortega y Gasset)

Durante mucho tiempo España fue presentada —y en ocasiones se presentó a sí misma— como un país, situado en una posición secundaria respecto a las grandes naciones europeas. Alemania, Francia, Reino Unido o los países nórdicos aparecían como modelos de modernidad, mientras España parecía condenada a perseguirlos. La realidad actual es mucho más compleja.

España es hoy una de las grandes economías de la Unión Europea, una democracia consolidada, una potencia turística mundial, una economía con empresas multinacionales presentes en numerosos continentes y un país capaz de atraer población, inversión, talento y visitantes.

Pero quizá el cambio más importante sea psicológico: España ya no necesita pedir permiso para considerarse un país avanzado. Lo demuestra, por ejemplo, la economía.

España cerró 2025 con un crecimiento del PIB cercano al 3 % y durante 2026 ha continuado creciendo muy por encima de la media europea. La Comisión Europea elevó en mayo de 2026 su previsión de crecimiento español —para ese año— hasta el 2,4 %, mientras reducía las previsiones para buena parte del entorno europeo. Posteriormente, las previsiones nacionales situaron el crecimiento de 2026 incluso por encima de esa cifra. Es decir, España crece por encima de las grandes economías europeas, mientras algunas de ellas atraviesan problemas estructurales importantes.

El resultado es especialmente llamativo si recordamos de dónde venimos. Durante décadas, España fue considerada una economía que debía alcanzar a las grandes potencias europeas. En cambio, hoy está entre los países que contribuyen a sostener el crecimiento europeo.

La imagen tradicional de España como economía permanentemente rezagada respecto de los otros países de la comunidad ha cambiado.

En determinados momentos, es una de las economías que están ayudando a sostener el crecimiento europeo. Y, sobre todo, España está creando empleo.

España ha padecido durante décadas una auténtica anomalía europea: tasas de desempleo extraordinariamente elevadas incluso durante los periodos de crecimiento económico. La crisis de 2008 convirtió el paro en uno de los grandes problemas estructurales del país. Hoy la situación es sustancialmente diferente.

Durante 2026 España ha consolidado una cifra histórica de empleo y ha conseguido situar la tasa de paro por debajo del 10 %. En el segundo trimestre de 2026, la EPA registró 22.779 millones de personas ocupadas y una tasa de paro del 9,87 %.

El cambio tiene una enorme importancia simbólica. Durante décadas, hablar de España era hablar inevitablemente de un desempleo estructural que duplicaba o triplicaba el de otros países europeos. Ahora podemos hablar de una España que ha conseguido bajar del 10 % de desempleo.

Todavía queda muchísimo por hacer, especialmente respecto al desempleo juvenil, que continúa siendo demasiado elevado. Y el hecho de que España siga teniendo una tasa de paro superior a la media europea obliga a no caer en la autocomplacencia. También, y como punto más grave, el bajo nivel de los salarios hace que el consumo no crezca más aún. Punto este que tendrá que encararse en breve.

Pero existe una diferencia histórica: España está mucho más cerca de dejar atrás el problema estructural del desempleo que en cualquier otro momento de las últimas décadas. La creación de empleo, el aumento de la población ocupada y la incorporación de cientos de miles de personas al mercado laboral constituyen una de las transformaciones económicas más importantes de la España reciente.

No es motivo para conformarse. Es motivo para reconocer que algo está funcionando.

Una potencia deportiva extraordinaria y una cultura para el mundo

La patria es (…) aquel ente social que más íntimamente amamos, el que nos entusiasma más, el que mueve y electriza nuestra voluntad más fácilmente.

(Miguel de Unamuno)

Si existe un terreno en el que España ha dejado definitivamente de tener complejos, ese es el deporte. España no solamente produce deportistas excelentes: compite en el primer nivel mundial en una cantidad extraordinaria de disciplinas.

El fútbol constituye el ejemplo más evidente. La selección masculina conquistó la Eurocopa de 2024 en Alemania, derrotando a Inglaterra en la final y consiguiendo su cuarto Campeonato de Europa. Y 2026 añadió otro capítulo extraordinario a esa historia: España conquistó el Mundial de fútbol masculino disputado en Estados Unidos, México y Canadá, consolidando a la selección como una de las grandes potencias mundiales de este deporte.

La selección femenina, por su parte, se proclamó campeona del mundo en 2023, en uno de los mayores éxitos de la historia del deporte español. Pero reducir el deporte español al fútbol sería injusto.

España ha producido campeones y referentes mundiales en tenis, ciclismo, motociclismo, automovilismo, baloncesto, atletismo, bádminton, vela, natación, piragüismo, gimnasia, judo, taekwondo y numerosas disciplinas olímpicas.

Carlos Alcaraz representa una nueva generación que ya compite por dominar el tenis mundial. Rafael Nadal ha sido uno de los mejores deportistas de todos los tiempos. Pau y Marc Gasol situaron al baloncesto español en la élite mundial. Carolina Marín ha sido una referencia histórica del bádminton. Jon Rahm ha demostrado que el golf español puede producir números uno mundiales.

Y existe otro fenómeno particularmente importante: el deporte femenino español. El éxito de la selección femenina de fútbol, el crecimiento de las licencias deportivas femeninas y la profesionalización de competiciones muestran una transformación social mucho más profunda que una simple colección de trofeos.

El deporte español no sólo gana. También está cambiando la idea de quién puede ganar.

Existe otra forma de medir la importancia de un país: observar cuánto de su cultura consigue atravesar sus fronteras. Y aquí España tiene una ventaja extraordinaria: hablamos una de las lenguas más importantes del planeta. El español es una herramienta cultural, económica y diplomática de dimensiones globales. Desde América Latina hasta Estados Unidos, millones de personas comparten una lengua que permite que escritores, músicos, cineastas y creadores españoles tengan un público potencial gigantesco.

La literatura española continúa produciendo autores de enorme relevancia internacional. La tradición de Cervantes, Pérez Galdós, Baroja, Lorca, Machado, Delibes, Mendoza o Muñoz Molina no constituye un museo cerrado: continúa viva en escritores contemporáneos.

En el cine, España tiene igualmente una presencia internacional extraordinaria. Claro, tenemos ventaja; tuvimos al mayor cineasta de la historia, Luis Buñuel. Hoy en día, Pedro Almodóvar es uno de los cineastas europeos más reconocidos internacionalmente. Actores como Javier Bardem y Penélope Cruz han desarrollado carreras plenamente internacionales. Directores como J. A. Bayona, Rodrigo Sorogoyen, Isabel Coixet o Albert Serra han contribuido a consolidar una cinematografía española capaz de competir en los grandes festivales.

Y la cultura española no termina en el cine o la literatura. Está en la arquitectura de Rafael Moneo; en el diseño; en la gastronomía; en el flamenco; en la música; en el arte contemporáneo; en museos como el Prado, el Reina Sofía o el Guggenheim de Bilbao. España no es únicamente un país que consume cultura internacional. España también produce cultura que el mundo consume.

La medicina española: cuando la solidaridad se convierte en excelencia

El patriotismo es la devoción hacia un lugar concreto y una determinada forma de vida, que uno considera la mejor del mundo, pero que no desea imponer a los demás.

(George Orwell)

Hay pocos ejemplos más impresionantes del valor de un país que su capacidad para salvar vidas. Y aquí España tiene una auténtica historia de éxito. El Modelo Español de Trasplantes es probablemente uno de los mejores ejemplos de excelencia institucional y solidaridad social que existen.

En 2025 España realizó más de 6.300 trasplantes de órganos y alcanzó una tasa de 51,9 donantes por millón de habitantes. España volvió a situarse como líder mundial en donación y trasplante por trigésimo cuarto año consecutivo.

Pero hay algo todavía más extraordinario. España es líder mundial en donación y trasplante en asistolia. La propia Organización Nacional de Trasplantes señala a España como referencia internacional en este ámbito. Eso no es simplemente un éxito médico. Es un éxito moral. Significa que una sociedad ha conseguido convertir la tragedia de una muerte en una oportunidad de vida para otra persona. Y lo ha hecho mediante una combinación excepcional de profesionales sanitarios, coordinación administrativa y, sobre todo, solidaridad ciudadana.

El sistema sanitario español también cuenta con profesionales de enorme prestigio internacional y centros de referencia en investigación oncológica, cardiovascular, genética, neurociencia y enfermedades raras.

Naturalmente, nuestro Sistema Nacional de Salud tiene problemas. Las listas de espera, la falta de profesionales en determinadas especialidades, las diferencias territoriales, la orientación a la gestión privada de los partidos nostálgicos y las tensiones presupuestarias son cuestiones reales. Precisamente por eso debemos proteger aquello que funciona.

Las comunidades autónomas no deberían convertir la descentralización sanitaria en una competición que termine deteriorando la igualdad de acceso. La sanidad española no necesita ser idealizada. Necesita ser defendida, reformada cuando sea necesario y preservada como uno de los grandes patrimonios colectivos de España.

Una España socialmente mucho más libre

La única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.

(Clara Campoamor)

Hay otra razón para sentirse orgulloso: la libertad que tenemos hoy. España ha cambiado profundamente en apenas unas décadas. Personas que hoy pueden casarse libremente con quien aman viven en un país que hace no tanto tiempo perseguía determinadas formas de libertad sexual y personal. España reconoció el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005 y posteriormente ha desarrollado un marco jurídico de protección de los derechos LGTBIQ+.

También existe el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo dentro del marco legal establecido y actualizado por la Ley Orgánica 1/2023. España aprobó además en 2021 una legislación que regula la eutanasia bajo determinadas condiciones y garantías.

Y en 2022 se aprobó la Ley de Memoria Democrática, cuyo objetivo incluye recuperar y preservar la memoria de quienes sufrieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura, así como reforzar los valores democráticos.

Naturalmente, un ciudadano puede discrepar de cualquiera de estas leyes. Y ahí reside precisamente una parte esencial del orgullo democrático. No necesitamos estar de acuerdo para ser libres.

Una persona puede ser contraria al aborto. Otra puede defenderlo. Una puede considerar la eutanasia moralmente inaceptable. Otra puede considerarla un derecho. Una persona puede estar en contra del matrimonio homosexual. Otra puede considerarlo una conquista histórica. El Estado democrático no exige uniformidad moral. Garantiza libertad. Esa es una diferencia fundamental.

El Día del Orgullo LGTBIQ+ se ha convertido en España en una de las mayores expresiones públicas de reivindicación de derechos y diversidad de Europa. Más allá de las controversias políticas que puedan acompañarlo, existe un hecho difícil de negar: España se ha convertido internacionalmente en uno de los países asociados a una concepción avanzada de los derechos LGTBIQ+.

Y esto forma parte de una transformación social mucho mayor. La España de hoy es una sociedad en la que las mujeres ocupan posiciones de responsabilidad política, empresarial, científica y académica impensables para generaciones anteriores, donde las parejas pueden decidir libremente sobre su vida familiar; donde la orientación sexual no determina jurídicamente con quién puede casarse una persona, donde la memoria de las víctimas de la dictadura puede ser reivindicada institucionalmente y donde la libertad individual ocupa un lugar central.

No todos tienen por qué compartir cada una de estas políticas. Pero todos deberíamos poder defenderlas o criticarlas sin miedo. Eso también es España.

Una potencia energética en transformación, líder en Europa.

¿Qué es la patria sino el país en el que se es ciudadano y miembro de la soberanía?

(Robespierre)

Existe además un campo en el que España está adquiriendo una relevancia estratégica enorme: la energía renovable. España tiene sol, viento, territorio, capacidad industrial y una posición geográfica privilegiada.

En 2024, el 56,8 % de toda la electricidad generada en España procedió de fuentes renovables, según Red Eléctrica. Y durante 2025 y 2026 España ha continuado avanzando en generación solar y eólica. Esto puede convertirse en una de las grandes ventajas competitivas españolas del siglo XXI. En un mundo preocupado por la energía, la dependencia exterior y el cambio climático, disponer de enormes recursos renovables no es únicamente una cuestión medioambiental. Es una cuestión económica, industrial y geopolítica. España puede convertirse en uno de los grandes productores europeos de energía limpia y barata. Y eso podría atraer industria, centros de datos, hidrógeno verde, inversiones tecnológicas y nuevas cadenas de producción.

Quizá uno de los cambios menos reconocidos por los propios españoles sea la posición que nuestro país ha alcanzado dentro de la Unión Europea. España no es una potencia secundaria dentro de Europa. Es uno de sus grandes países. Es la cuarta economía de la Unión Europea por PIB, uno de sus Estados miembros más poblados y una de las principales economías del euro. Y, además, en los últimos años ha ganado capacidad política para colocar determinadas cuestiones en el centro de la agenda europea.

En 2026 España habrá cumplido además cuarenta años como Estado miembro de la Unión Europea. Cuatro décadas después de aquel ingreso que simbolizó la definitiva incorporación de España a la Europa democrática, el balance es extraordinario. España ya no está en Europa como quien acaba de llegar. España forma parte del núcleo político, económico y estratégico de Europa.

La evolución de la economía española, la transición energética, las interconexiones energéticas, la política mediterránea, las relaciones con América Latina, la política migratoria, la defensa europea y la relación con el sur del continente son asuntos en los que la posición española resulta cada vez más difícil de ignorar.

España tiene, además, una presencia de enorme relevancia en las instituciones comunitarias. Y existe un símbolo particularmente poderoso de esa influencia. Por primera vez, España cuenta con una vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea. Teresa Ribera ocupa el cargo de vicepresidenta ejecutiva para una Transición Limpia, Justa y Competitiva, una de las responsabilidades más importantes de la Comisión Europea. Su cartera está directamente relacionada con algunas de las grandes prioridades estratégicas de Europa: descarbonización, energía, competitividad industrial, transición ecológica y transformación económica.

No se trata simplemente de que una española ocupe un puesto europeo. Se trata de que una española ocupa una de las posiciones desde las que se está diseñando el futuro económico e industrial de Europa. España está, por tanto, en la mesa. Y cada vez tiene más capacidad para influir en lo que se decide en ella.

La influencia española no termina en Bruselas. España es también un actor relevante en Naciones Unidas y en el sistema multilateral internacional. Nuestro país defiende expresamente el papel central de las Naciones Unidas y un orden internacional basado en el derecho internacional y el Estado de derecho.

España fue elegida además miembro del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para el periodo 2025-2027, lo que constituye un reconocimiento internacional a su presencia diplomática y a su participación en el sistema multilateral. España también ha reforzado su estrategia de acción exterior para el periodo 2025-2028, buscando utilizar con mayor intensidad sus instrumentos de diplomacia económica, científica y pública y reforzar la proyección internacional del país.

Esto significa algo muy sencillo: cuando se habla de los grandes problemas internacionales, España cuenta. Cuenta en Europa. Cuenta en las Naciones Unidas. Cuenta en el Mediterráneo. Cuenta en América Latina. Cuenta en la política energética. Cuenta con la transición ecológica. Cuenta en la diplomacia. Y cuenta cada vez más en las discusiones sobre el futuro de Europa.

Una voz propia ante los grandes conflictos internacionales

El derecho a tener derechos, o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad, debería ser garantizado por la humanidad misma.

(Hannah Arendt)

España es una potencia media, no una superpotencia militar. Pero eso no significa que carezca de capacidad de influencia. Una de las características de la España contemporánea es precisamente la voluntad de utilizar su peso diplomático para defender determinadas posiciones en el ámbito internacional.

La política española respecto a Gaza constituye un ejemplo particularmente significativo. España reconoció oficialmente al Estado palestino y ha defendido la solución de dos Estados. En 2025 impulsó junto con Palestina una resolución sobre protección de la población civil en Gaza que fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas con una mayoría abrumadora.

El Gobierno español ha sido además especialmente crítico con la actuación del Gobierno israelí en Gaza y ha defendido medidas diplomáticas y políticas para presionar por el respeto del derecho internacional y la protección de la población civil. Se puede estar a favor o en contra de esta política. Pero resulta difícil negar que España ha decidido ejercer una voz propia. Y eso tiene valor.

Ser aliado de Estados Unidos, formar parte de la OTAN y pertenecer a la Unión Europea no significa necesariamente renunciar a tener posiciones propias. Una política exterior adulta consiste precisamente en ser capaz de decir "sí" cuando corresponde y "no" cuando se considera necesario. España puede mantener relaciones estratégicas con Estados Unidos y, al mismo tiempo, discrepar públicamente de Washington en determinados asuntos. Puede pertenecer a la OTAN y defender posiciones diplomáticas diferentes. Puede ser profundamente europea y mantener una política exterior propia. Eso no es debilidad. Es soberanía democrática.

El patriotismo del siglo XXI no puede ser el patriotismo del XIX

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

(Antonio Machado)

Aquí aparece quizá la cuestión fundamental. ¿Qué significa ser patriota en 2027? No debería significar pensar que España es mejor que todos los demás países. Tampoco despreciar a nuestros vecinos. Mucho menos convertir la bandera en un arma contra otros españoles. El patriotismo democrático puede ser otra cosa. Puede significar sentir emoción al escuchar el himno en una competición deportiva. Sentirse orgulloso cuando un científico español descubre algo que salva vidas. Alegrarse cuando un deportista español gana una medalla. Sentir admiración ante una película española premiada en el extranjero. Defender nuestro idioma. Viajar por España y descubrir que seguimos viviendo en uno de los países con mayor diversidad cultural, histórica, gastronómica y paisajística del mundo.

Puede significar sentir orgullo cuando un desconocido dona un órgano y permite que otra persona viva. Puede significar mirar a una persona que cruza el Mediterráneo buscando una vida mejor y recordar que nosotros también hemos sido un país de emigrantes. Puede significar defender la libertad de quien piensa exactamente lo contrario que nosotros. Ese debería ser el patriotismo moderno.

Un patriotismo inclusivo, democrático, europeo y orgulloso de su diversidad.

No estamos viviendo en un país perfecto; estamos viviendo en un país extraordinario, pero España sigue teniendo problemas graves. Tenemos que mejorar la productividad, reducir el desempleo juvenil, mejorar el nivel de los salarios y la precariedad laboral, facilitar el acceso a la vivienda, afrontar el envejecimiento de la población, mejorar la educación, reducir la burocracia, reforzar la sanidad pública y garantizar que la prosperidad llegue a más ciudadanos.

Tenemos una deuda pública elevada y debemos continuar mejorando las cuentas públicas.

Tenemos problemas de polarización política. Tenemos territorios que sienten de manera diferente su identidad nacional.

Tenemos ciudadanos que viven dificultades económicas. Y precisamente porque esos problemas existen, el patriotismo no puede convertirse en autocomplacencia. Pero tampoco puede convertirse en autodesprecio. Una nación que sólo habla de sus defectos termina olvidando sus virtudes. Y España tiene muchas.

De hecho, una de las claves del momento actual es entender que el crecimiento español no elimina nuestros problemas estructurales. La productividad sigue siendo uno de ellos y la inversión en I+D debe crecer. Pero reconocer una asignatura pendiente no invalida el progreso; al contrario, una nación madura es aquella que puede decir simultáneamente: "Hemos avanzado muchísimo" y "todavía podemos hacerlo mucho mejor".

España, sobre todo, ha demostrado algo que quizá sea su mayor logro: es capaz de cambiar. La España de 2027 no es la España de 1975. Y afortunadamente, no lo es.

Porque mientras algunos siguen añorando una España más cerrada, más pobre y con menos libertades, España ha avanzado, se ha integrado en Europa, ha conquistado derechos y se ha convertido en un país moderno, plural, próspero e influyente.

Han pasado más de cincuenta años desde 1975 y más de cuarenta desde nuestra entrada en la Unión Europea. No necesitamos volver atrás para ser grandes: somos grandes precisamente porque hemos sabido avanzar.

Quizá por eso, al comenzar 2027, podamos decirlo sin complejos y sin utilizarlo contra nadie:

Es un orgullo ser español.

No porque España sea perfecta, ni porque sea mejor que los demás, sino porque hemos construido un país extraordinario y todavía podemos hacerlo mejor.

Y al nostálgico del bigotillo, aquel que sueña con devolvernos a una España que ya no existe, sólo cabe recordarle una cosa: el pasado puede añorarse, pero convertir la ignorancia del pasado en proyecto de futuro es quedarse, literalmente, en otro tiempo. España no necesita volver atrás. España necesita seguir avanzando.